|
8
de enero de 2006
Tertulia
Francisco Herrera Velado Irónica pluma izalqueña
Este día
se cumplen 130 años del natalicio del escritor Francisco
Herrera Velado, quien viera la luz en una fecha como hoy, pero
de 1876. Cosechó el verso y la prosa, donde reflejó
las costumbres, tradiciones y hasta los vicios de los años
20, del siglo veinte.
 |
Poeta y cuentista, Francisco Herrera Velado es una referencia
dentro de la corriente modernista en El Salvador. Sus escritos
dieron un aporte valioso a la literatura nacional al plasmar,
con humor y una fina sátira, los hábitos sociales
de su época.
Colaboró con la revista literaria La Quincena, dirigida
por el poeta Vicente Acosta. Escribió versos
modernistas que aparecieron en el Repertorio del Diario del
Salvador, señala Luis Gallegos Valdés
en su obra Panorama de la literatura salvadoreña.
En sus primeras obras se nota la influencia de Rubén
Darío y posteriormente la de (los guatemaltecos) José
Batres Montúfar y José Milla, señala
Roxana Beatriz López Serrano en su publicación
Cien escritores salvadoreños, de la Editorial
Clásicos Roxsil.
El poeta David Escobar Galindo, citado en Cien escritores
salvadoreños, dijo de Velado: Hombre fuertemente
arraigado a su terruño, supo alimentar su finísima
sensibilidad con los juegos de la tradición. Comienza
publicando versos modernistas, aunque transidos de esencias
románticas.
Luego desemboca en lo que habría de ser su peculiar
manera, en verso y prosa: la recordación de costumbres
actuales y pasadas, con estilo y gracia pulcros y castizos.
Su humor es de solera y su idioma de sencillez impecable.
Entre los libros publicados por Velado están Fugitivas
en 1909; Mentiras y verdades (1923), La
torre del recuerdo en 1926, y ese mismo año el
libro de cuentos Agua de coco.
Mentiras y verdades refleja el costumbrismo y
las creencias de los salvadoreños. La nota editorial
de la edición de la Dirección de Publicaciones
de 1977 señala que la obra comprende quince historias
versificadas, que el autor denomina «leyendas»,
para lograr una fina ridiculización de los afanes aristocráticos
tan en boga en el país.
|
Ejemplo
de canto
|
Este
es uno de los poemas de Francisco Herrera Velado,
tomado del libro La torre del recuerdo,
cuya primera publicación fue en 1926.
Lotos y rima
Hay una bella flor, la flor de loto,
que es la novia del sol, y a sus halagos
despierta amante en su retiro ignoto
y surge, desde el fondo más remoto
a la azul superficie de lagos.
Hay otra flor también: la rima inquieta
que busca así, con ansiedad secreta,
del sol de la belleza los destellos.
¡Toma esta flor! Del alma del poeta
surge en busca de luz: tus ojos bellos.

|
Para David
Escobar Galindo, el poeta y escritor Francisco Herrera Velado
(junto) con Salarrué son los dos grandes cuentistas
del primer tercio del siglo XX. Ese mérito se lo da
la obra Agua de coco, donde se desborda su ingenio,
la ironía y el rescate de las tradiciones del occidente
del país.
Eugenio Martínez Orantes llegó a considerar
que el libro Agua de coco era tal vez el
primer libro de cuentos escrito en El Salvador, hablando en
el sentido estricto de la palabra. Es decir, desde el punto
de vista de la forma.
Esto lo afirmó Martínez Orantes en su libro
32 escritores salvadoreños, de Francisco Gavidia
a David Escobar Galindo, en donde aclara y analiza que
antes de Herrera Velado ya habían intentado el
cuento Francisco Gavidia, Arturo Ambrogi y José María
Peralta Lagos. Y en su misma época Salarrué,
quien los superó en la belleza expresiva, pero no en
el aspecto formal.
Gavidia escribió pocos cuentos. La mayoría son
relatos en los que sobresale la narración. Casi no
hay diálogos. Los personajes hablan poco y no expresan
plenamente sus sentimientos y deseos. Es decir señaló
Orantes no viven. Quedan como fundidos en la narración.
Lo mismo sucede con Ambrogi, quien se solaza en el paisaje.
Salarrué utiliza el diálogo, como pinceladas
chispeantes, muy breves, de acuerdo al tamaño del relato.
Es quien más se acerca al cuento y, en algunas oportunidades,
lo alcanza.
La mayoría de los Cuentos de barro no llegan
a ser cuentos. Se quedan en estampas, en muestras, en apuntes,
en viñetas folclóricas; de singular belleza,
desde luego, escribió Orantes.
En Agua de coco, en cambio, casi todos los trabajos
son auténticos cuentos... Y, todos ellos, están
engalanados por la prosa chispeante de humorismo, que siempre
hace reír, deje una lección o no.
Herrera Velado murió en Izalco en 1966.
|