7 de mayo de 2006

SEMBLANZA
Miguel Ángel Portillo
“Correr me devolvió la vida”

A los 17 años, Miguel Portillo sufrió un accidente en tren que casi lo mata. Treinta años después otro accidente volvió a poner en peligro su vida. Las dos tragedias lo dejaron médicamente inválido, pero él no se rindió y comenzó a correr en un esfuerzo por mantenerse vivo.

Jorge Adolfo Molina
Fotos: Andrés Girón

Hablemos



Era noviembre de 1948 y como todos los muchachos adolescentes Miguel gustaba de las más diversas aventuras, así que junto a su primo planificó un viaje de vacaciones a la frontera entre Guatemala y Honduras.

Por aquellos años, el transporte de buses entre un departamento y otro apenas se iniciaba en el país y los trenes comenzaban a llevar pasajeros y encomiendas a través de largas distancias.

Miguelito, con apenas 17 años, acompañado de su primo se aventuró aquel fin de año a tomar el tren rumbo al nororiente, con una sábana de maleta y la adrenalina como polizonte bañándoles el cuerpo entero.

El viaje era largo y caluroso. Así, casi al final del mismo, las emociones bajaban de nivel, por lo que los inquietos muchachos buscaron qué hacer antes de que el tren se detuviera en la última estación.

Viajar entre los vagones saltando de uno a otro, jugándose la vida, fue la fuente de energía para recargar las baterías. Pero el destino estaba marcado. Cuando el tren empezó a bajar de velocidad, el vagón a donde Miguel debía llegar de un salto se separó, y el muchacho cayó repentinamente.

Su vida entera le pasó por la mente. Tuvo mucha suerte, cayó a un costado de uno de los vagones y a poca velocidad, pero su espalda dio de lleno en uno de los durmientes.

Miguel se salvó, pero dos de sus vértebras resultaron lesionadas junto a otras costillas, aunque con un buen tratamiento y cuidados especiales logró salir de la situación y llevar una vida casi normal.

La desgracia llama dos veces

Casi 30 años después, mientras Miguel viajaba en un automóvil y la imprudencia del conductor de otro vehículo provocó una colisión y el carro en que él viajaba volcó.

Su espalda recibió el mayor impacto y las dos vértebras que desde los 17 años traía como penitencia sufrirían una nueva lesión, ahora sí irreparable para el resto de su vida.

Campeón de la vida. No ocupa primeros lugares, pero llega siempre a la meta.

Los médicos que lo atendieron le dieron la mala noticia: las dos vértebras costales habían quedado completamente soldadas con la recuperación forzada y su movilidad sería limitada; además el daño se haría mayor conforme pasara el tiempo.

La vida le había cobrado cara una travesura de adolescente. No se podía operar porque el riesgo de quedar inmóvil de piernas y brazos era muy alto.

Con el tiempo, la movilidad de sus piernas era cada vez más limitada y el dolor crecía cada día, haciéndose insoportable. La desesperación llegaba a su límite hasta orillarlo a tomar una decisión.

Sólo tenía dos caminos: rendirse a esperar que el proceso fuera rápido y que el destino marcara su último día o seguir luchando y demostrar que a sus 45 años todavía podía luchar por llevar una vida normal.

Ante la desesperación visitó a un fisioterapista, quien le dijo que la única forma de ganarle movimiento a sus piernas era moviéndolas constantemente y que debía practicar algún deporte liviano para mantener el movimiento y la sensibilidad.

Comenzó el milagro

La fuerza de voluntad fue inmensa y se propuso luchar. Todos los días salía de su casa a caminar. Al principio el dolor era casi insoportable y la movilidad limitada, poco a poco llegó el milagro.

Con el paso del tiempo, el caminar quedó atrás y comenzó a correr distancias de uno o dos kilómetros.
A las seis de la mañana se le veía salir a correr y conforme el tiempo pasaba su cuerpo se fue acostumbrando y cada mes ganaba kilómetros hasta llegar a correr distancias de medio fondo.
Paso a paso volvió a caminar correctamente, ya podía voltear su torso hacia la izquierda. Con pasos agigantados le ganaba el pulso a su destino.

Correr se convirtió en una forma de vida y con ello llegaron los kilómetros a sus piernas hasta que la distancia de los 10 mil metros estaba en su agenda diaria.

En aquel entonces trabajaba en una institución estatal que tenía un equipo de atletismo al que lo invitaron y tal fue su relevancia que hasta uniforme le dieron y empezó a ganar algunos trofeos y medallas.


Su leyenda ya le antecedía y todos los corredores regulares lo fueron alentando para que siguiera participando en competencias en las que quizás no entraba en los primeros lugares, pero era un triunfador con sólo cruzar la meta.

Con los años dejó de trabajar y se quedó sin patrocinio y sin uniforme, pero eso no impidió que buscara otra forma de participar. Con algunos centavos que tenía ahorrados se hizo un nuevo uniforme.

Era azul y blanco, con los colores de la bandera nacional. En el pecho puso su nombre y en la espalda su mote “Zacapa”, el departamento dónde nació y del que siente mucho orgullo.

Las carreras de 10 y 15 kilómetros ya no eran lo mismo si no estaba el famoso Zacapa corriendo con una sonrisa de oreja a oreja y dándole palabras de aliento a quienes amenazaban con abandonar.

En el 2007, Miguel Ángel Portillo sin duda conseguirá su otro sueño: completar las veinte carreras ininterrumpidas de Cobán, y quién sabe si ese mismo día se traza una nueva meta: cumplir con las 25 carreras.
Al fin y al cabo, él sabe que “los milagros no llegan solos; se acompañan de lo que cada uno aporte para lograrlos”.


Metas para el futuro

Desde 1988, Miguel Ángel Portillo luce el número 2376 en la tradicional Medio Maratón Internacional de Cobán, la competencia de 21 kilómetros de más prestigio en Centro América.

Cuando uno le pregunta por qué lleva ya con esta edición del 2006 haciendo la competencia por 19 años, él responde que es por la magia que le transmite Cobán.

“Yo soy como el niño que para Navidad se levanta a abrir sus regalos. En mayo, cuando corro Cobán siento que la vida me vuelve y desde principio de año me estoy preparando para esta competencia”.

“Salgo a correr todos los días, me pongo metas, tengo una rutina ya prevista y cuando llega el tercer domingo de mayo y la carrera, el solo hecho de estar allí y correr al lado de todas esas figuras internacionales me hace olvidar cualquier dolor”, asegura.

“He llegado a pensar que correr me ha devuelto la ilusión, la confianza, la salud... En resumen, correr me devolvió la vida”.

Pero el hecho de participar no es todo lo que llena a Zacapa. A pesar de sus 75 años, sus dos vértebras soldadas, su dolor costal, su rodilla izquierda que empieza a ceder por el estrago de los años, Portillo siempre llega a la meta.

Su tiempo está en 2:10 horas para los 21 kilómetros, pero su meta para este año es no pasar de las dos horas y al día siguiente de la carrera empezar a prepararse porque desde el principio se fijó la meta de llegar a correrla por 20 años consecutivos y 2007 es su meta.

Miguel Ángel Portillo es un ejemplo de vida, de tenacidad. Si él no hubiera enfrentado con valentía su desgracia quizás hoy estaría enterrado en cualquier panteón y muchos ni siquiera lo hubieran conocido.

Pero sus ganas de vivir, su voluntad de soportar el dolor y el apoyo de su familia y amigos lo han llevado de un tipo normal a convertirse un ser extraordinario.

 

 

 

 


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