6 de agosto de 2006

CUENTO
Un feliz entierro

Vivía yo en un pequeño cantón al occidente de San Salvador.

Mario Martínez
Hablemos


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Era un lugar con calles polvorientas, pero muy ordenado: las manzanas eran idénticas en sus dimensiones, quizá porque antes fue una hacienda que el general Martínez repartió entre los campesinos luego del levantamiento comunista de 1932. El caserío fue planificado desde sus inicios.

Existía ahí un grupo de borrachines que era parte del paisaje. Los bolitos se mantenían en la cantina y cada colón que alguien les daba lo gastaban en aguardiente. Cuando la necesidad era grande y el dinero poco iban a la única farmacia del lugar a comprar alcohol puro.

En esos momentos cualquier visitante hubiese jurado que la farmacia era la cantina del lugar, ya que afuera se mantenía el sólido grupo de ebrios en la acera. A veces la dueña los espantaba con la escoba y agua a fin de que no dieran mal aspecto al pulcro y noble negocio.

Éstos eran Erfidio, Meme Copa, Chepe Chenga, Guayo Súper, los hermanos Guardado, don Goyo (coyoles hinchados) y el recién llegado, tío Pablo.

Tío Pablo en realidad no era un bolito como ellos; éstos eran chichipates, el escalón más bajo en la nomenclatura de esa especie: vivían y existían para y por el alcohol.

El tío no, él cada dos o tres años caía en la desgracia y comenzaba a tomar por meses, primero cerveza, luego licor y por último alcohol, que era tocar fondo: se confundía entre ellos.

Erfidio: era a veces violento, más cuando cerraban la farmacia para no venderle alcohol debido a su comportamiento descortés. Una vez recogió piedras y las lanzó contra la puerta de hierro mientras gritaba groserías contra la propietaria. ¡Qué escándalo!

Meme Copa: cuando dejaba de beber (cosa rara) era un competente reparador de electrodomésticos.
Don Goyo: tenía una extraña inflamación en los testículos, que se divisaba a simple vista sobre el pantalón. Estaba de moda una canción que decía “Don’t go, please, don’t go, don’t go away”. Los niños sustituían la letra por “don go, don gooooooyo coyoles hinchados”. El viejo, muy pacífico, ignoraba las burlas.

Chepe Chenga: era un viejito medio loco. Bueno, en realidad estaba bien loco. Todo su guardarropa lo cargaba sobre él, en uno de los hombros: pantalones y camisas. Los domingos era asqueroso verlo: barbas y bigotes con trazos de arroz con leche que una señora vendía en la calle.

Los hermanos Guadado: Manuel, el eterno enamorado de la dueña de la farmacia. Cuando le daba el dinero por el alcohol aprovechaba para presionarle un dedo y sonreía, pero luego se carcajeaba. La señora alejaba la mano con repulsión. Su hermano Miguel tenía los dedos deformes y casi no hablaba.

Guayo Súper: tenía innumerables cicatrices en la cara y manos, muestra de un pasado violento. Lo llamaban súper no por sus hazañas sino porque cuando era niño, la mamá, que era costurera, lo mandaba a comprar un “zíper” pero él decía: quiero un súper.

Una mañana, los vecinos del cantón descubrieron el cadáver de Erfidio a un lado de la farmacia, la cual estaba en una esquina. Había fallecido en la noche y nadie se dio cuenta. ¡Qué terrible pérdida!, el granítico grupo de chichipates estaba de duelo. El velorio fue en la casa de los hermanos Guardado, que de paso era lo único que les faltaba por vender.

Sólo los borrachines llegaron a la vela, y el ataúd lo compraron con dinero que recolectaron entre los vecinos generosos y respetuosos por la muerte de un ser humano.

Siempre cuando había un entierro, las campanas de la iglesia del cantón doblaban y la gente salía a las calles para dar el último adiós al deudo. Luego las personas se unían al grupo y caminaban al cementerio; en el trayecto se rezaba el santo Rosario y se encomendaba el alma del difunto al Creador.

Bien, pero en esta ocasión no doblaron las campanas y si alguien salió a la calle fue por el rumor que se escuchaba: la gente, indolente, se reía a carcajadas ver semejante espectáculo: el ataúd de Erfidio era cargado por tío Pablo, Meme Copa y los hermanos Guardado.

Don Goyo, Chepe Chenga y Guayo Súper iban detrás, sólo ellos, nadie más. Todos caminaban callados y con el rostro descompuesto, quizá por la pérdida, quizá por la goma. Era una tragicomedia.

Mi tía corrió al baño, porque como era costumbre, la risa en exceso le hacía orinarse en los calzones. Así que yo recuerde, Erfidio fue el único muerto felizmente sepultado en estas tierras.

 

 


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