6 de agosto de 2006

Arria Marcella
Símbolo del amor mítico

"Arria Marcella, recuerdo de Pompeya” es un cuento de estética neoclásica, de una fantasía pompeyana llena de nostalgia por una época desaparecida, cuyos valores de libertad franca por los amores sensuales y refinados contrastan con los principios burgueses y filisteos del siglo XIX, estigmatizados por Téophile Gautier.

Alexandra Domarchi
(Especial para Hablemos desde México)

Hablemos


En este relato, el personaje de Octavien (¿acaso no le predestinaría este apellido a vivir un amor latino?) vive en la época contemporánea a la del escritor con un sentimiento de nostalgia por algo que todavía no ha experimentado.

No es nada sorprendente que este joven romántico, disgustado por los placeres de su tiempo, se emocione por unas mujeres míticas o inventadas por los artistas, tanto pintores como escultores de gran talento.

Octavien es capaz, por ejemplo, de enamorarse de la Venus de Milo.

Podría ser que esta sensibilidad profunda del personaje hacia el arte sea un reflejo romántico de la bandera del “arte por el arte” bajo la cual Théophile Gautier obraba en el grupo parnasiano.

El relato de Arria Marcella narra una iniciación amorosa en donde se entrecruzan varios espacios y tiempos paralelos.

Es un cuento fantástico que nos proporciona una percepción polifacética de Arria Marcella: cuerpo fragmentado, personaje de ficción, mujer ideal e inalcanzable, polvo, fantasma, recuerdo de Pompeya, alegoría de la vanidad y sueño posible del pintor francés Jean Auguste Ingres, exponente de la escuela clásica.

Antes que todo, el nombre de esta mujer increíblemente bella puede oírse como un homófono del italiano “aria”. Sería la forma musical de un amor paradójico: intemporal e interrumpido, eterno e imposible. Por otra parte, “Arria” nos recuerda la etimología latina de la palabra “arte” (“ars, artis, artificium”).

Una historia magnética

A lo largo del relato, Arria Marcella tomará formas distintas, como si su metamorfosis continua proporcionara a la imaginación del personaje fascinado de Octavien, así como a la del lector, una compleja variedad de signos.

La primera aparición de Arria es bajo la forma de una huella creada en un pedazo de ceniza fosilizada, guardada en el museo de los Studii en Nápoles.

Este recuerdo de la erupción del Vesubio, que sepultó a Pompeya en el año 79, se vuelve a mediados del siglo XIX un objeto de contemplación para Octavien, que se queda parado frente al molde de un seno perfecto.

Toda la narración cobra vida a partir de la contemplación de esta forma hueca, la cual, precisamente, llena el corazón de Octavien. El joven turista parisino interpreta este signo como el encuentro con una feminidad ideal y anhelada.

En el mismo día, Arria es mencionada por un guía vulgar en medio de otros vestigios de la ciudad antigua. El guía habla del esqueleto de la mujer, de sus pendientes de oro, de su túnica fina y de la famosa huella de su seno conservada en el museo de los Studii en Nápoles. Es el momento en que Octavien, conmovido por la muerte trágica sucedida unos veinte siglos antes, siente “un amor retrospectivo” por esta mujer ideal.

Durante una noche extraña, Arria vuelve a la vida, “en carne y hueso”, llamada por el amor de Octavien. Rodeados de la Pompeya antigua, ambos son espectadores de una obra de Platón en el anfiteatro del Teatro Cómico de Pompeya.

El flechazo es “eléctrico” y Octavien se olvida del espectáculo para seguir a esta mujer encantadora, quien por el medio de su esclava le ha transmitido un recado sin ambigüedad sobre sus deseos: “Mi maestra le ama. Sígueme”. Como confirmación de este brevísimo mensaje, Arria exhibe su mano entre las cortinas de su litera.

Una vez en la casa familiar, Arria Marcella invita a Octavien a compartir su “biclinium”, es decir su doble cama. Cuenta en unas cuantas palabras haber sentido a través de los siglos el amor de su amante cuando contemplaba la huella de su seno. Comenta también que este amor había borrado las distancias temporales.

Sin dejar de abrazarla fogosamente se le dificulta mucho a Octavien identificar a su amante. No sabe si llamar a Arria sueño o realidad, fantasma o mujer, nube o magia. Sin embargo se entrega totalmente a ella diciéndole que es su “primer y último amor”.

Los besos y suspiros de la pareja se ven interrumpidos por el padre de Arria Marcella, Arrius Diomedes. Es discípulo de Cristo, y da una invectiva a su hija pagana, comparándola con los vampiros “Empouse” y “Phorkyas”.

Esto nos recuerda al personaje de Clarimonde, el vampiro femenino muy sensual de “La muerte amorosa”, otro relato fantástico de Théophile Gautier.

Con su fórmula de exorcismo, Arrius Diomedes hace que se desvanezca toda la ciudad antigua, y que la bella Arria Marcella se reduzca a cenizas, huesos calcinados y unas pocas joyas de oro: los mismos vestigios que serían descubiertos siglos después en las excavaciones de la ciudad antigua.

Otra noche, intentando encontrarla de nuevo, Octavien buscará entre las ruinas de Pompeya: pero Arria Marcella se había quedado definitivamente bajo la forma de un polvo inerte.

Un penúltimo avatar de Arria Marcella será su recuerdo obstinadamente presente en la mente del melancólico Octavien. Ninguna mujer viva rivalizaría con esta mujer muerta que había desaparecido en el tiempo del emperador romano Tito.

En fin, Arria Marcella es también el título de un relato fantástico escrito por Théophile Gautier.
Todas estas distintas facetas del personaje de Arria Marcella corresponden a una serie de metamorfosis que, además de formar la materia de un relato, representan lo irrepresentable.

El relato “Arria Marcella” se lee como una alegoría de la obra de arte: multifacética, evanescente, idealmente presente y físicamente alucinada.

El autor

Pierre Jules Théophile Gautier nació en Tarbes, Francia, el 31 de agosto de 1811, y murió el 23 de octubre de 1872.

En un primer momento Gautier quiso ser pintor, pero después prefirió la literatura.
Junto con el poeta Charles Baudelaire y el Dr. Jacques Joseph Moreau, así como otros intelectuales de su época, era parte del club dedicado a la experimentación con drogas, en especial el hachís, llamado el “Club des Hashischins”. En la publicación “Revue des Deux Mondes” en 1846, Gautier detalló sus experimentos.

Entre sus obras más importantes están “Arria Marcella, recuerdo de Pompeya”, “Alberto”, “Señorita de Maupin”, La muerta enamorada”, “La comedia de la muerte” y “Viaje a España”, entre otros.

Gautier escribió sus primeros versos en la corriente del romanticismo. Luego se interesó por las ideas “del arte por el arte” e influyó en el movimiento poético parnasianismo.

 

 


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