4 de junio de 2006

FOTOREPORTAJE
Tras la careta de Brandon

Después de dedicarse a los estudios, Brandon Cortez ayuda a sus padres con la venta de carbón, con el único fin de asegurar un mejor futuro. Desde temprano por las mañanas se va a sus clases, pero al terminar “vuela” al negocio de sus padres.

Texto y fotos: Miguel Villalta
Hablemos


Como cualquier niño de su edad, Brandon es un pequeño que le gusta jugar y disfrutar en su tiempo libre.

Sin duda alguna, los mejores ejemplos que un padre puede dar a sus hijos son la importancia que tiene el trabajo, orientarlos por el camino correcto y mostrarles las verdaderas razones por las cuales el hombre se vuelve útil a la sociedad.

Este es el caso del padre de Brandon Cortez, un niño de siete años que cursa el primer grado en un colegio privado de la colonia Santa Marta en San Salvador.

Puntual, atento, estudioso, juguetón y muy trabajador son algunos de los calificativos que pueden darse a Brandon, quien con su afán de llegar a ser profesional nos muestra la importancia de trabajar para ver cumplidas sus metas.

Sus maestros lo describen como un alumno atento y dedicado, aunque admiten que a veces es difícil de tratar, pues es muy inquieto como la mayoría de los pequeños de su edad.

Como cualquier otro infante, Brandon se levanta temprano para asistir a clases, y al regresar a casa se desespera por llegar al negocio de venta de carbón de su familia, que por más de 20 años ha dedicado a la producción y comercialización de ese producto en el mercado Central de San Salvador.

Lo que le gusta es ayudar a su mamá a embolsar y vender. Por lo general atiende a los clientes con su rostro manchado por el negro del carbón, pero siempre mostrando una amable sonrisa.

Cuando se aburre de ayudar prefiere buscar a sus amigos y correr tras la pelota (su pasión) en los pequeños espacios que hay entre las ventas del mercado.

Pero sin duda alguna lo que Brandon disfruta más es aprovechar los días libres que le dan en el colegio, pues solamente de esa manera puede pedir a su madre que lo lleve hasta San Vicente, lugar donde sus padre y abuelos procesan el carbón.

A pesar de la situación en la que vive, es un niño dedicado a su familia.
En vacaciones visita a sus abuelos para ayudar en la búsqueda de leña.
Le pone mucho empeño a sus estudios, así como a la venta de carbón.
Le gusta visitar un parque cercano a su vivienda para divertirse con sus amigos.
No conoce obstáculos a la hora de echarle el hombro al trabajo.

Desde temprano en la mañana, Brandon y su familia inician la labor de cortar, recopilar y quemar la madera que se convertirá en carbón y que finalmente será trasladada hasta San Salvador.

Incansablemente el niño recorre el terreno llevando a cuestas trozos de madera para que sean quemados; sin embargo, en el lugar no existe mucha diversión, se lamenta el pequeño, ya que su única forma de divertirse es bañarse hasta cuatro veces al día en una improvisada alberca elaborada por sus abuelos, cortar mangos y corretear junto a su perrita “Pirringa”.

Al caer el día y finalizar las vacaciones, Brandon regresa de nuevo a su vida cotidiana, esperando que lleguen nuevamente los días de descanso.

No todo es trabajo; también hay tiempo para descansar.
La energía de Brandon es interminable.
Incluso el hermanito pequeño acompaña a la familia en el puesto de venta.
Con sus manos ennegrecidas por el carbón acaricia a su hermanito de seis meses.

 

 

 


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