4 de junio de 2005

SEMBLANZA
"A mi me pagan por divertirme"


Capitalino de nacimiento, su profesión es diseñador gráfico y su vocación, el arte. A sus escasos 25 años ha sido catedrático de la Universidad José Matías Delgado y ahora es uno de los maestros de planta de la carrera de diseño de la Universidad Don Bosco.

Thania Urías
Fotos Juan Carlos Quintero

Hablemos El Diario de Hoy


Conocimos a Rosemberg Rivas un día soleado, nos esperaba vestido de negro, con el cabello recién peinado y el entusiasmo de un niño que espera una sorpresa. Los sorprendidos fuimos nosotros.

Nos encontramos con un ser extraordinario, que vive la vida con alegría y disfruta cada momento como si fuese el último. Un artista nato que tiene tantas ideas que al contarlas parecen escapar de sus labios de prisa, apuradas.

Había preparado un escenario para la entrevista. Apilados en una pequeña mesa de madera colocó bebidas de cola y galletas con figuras y sabores extraños, y pobló su jardín de espejos y paraguas.

Con música de fondo de la “new age” este hombre alto y delgado, con porte de bailarín de ballet, se presentó ante nosotros como una persona común y corriente. “Sólo soy un diseñador”, dijo sin aspavientos y con cierta picardía.

Pronto descubrimos que más que eso es un ser poco convencional, como un personaje de cuento.
Todo en él es una sorpresa cotidiana, como cuando sale a la calle vestido de un amarillo intenso porque el día está gris o celebra cada cumpleaños instando a sus invitados a lucir los trajes más extrafalarios y locos.

Nació la noche de brujas de hace ya 25 años, y aprovecha la ocasión para celebrar con sus amigos a lo grande. Cada año disfrazados según a Rosemberg se le ocurra recorren la ciudad en un colorido autobús bailando y cantando para celebrar la vida.

“Me invento un concepto, y se lo digo a los invitados. Es interesante porque ellos inventan sus disfraces. El año pasado fue ‘sublime’ y en el autobús iba una orquesta filarmónica tocando con violines”, dice.

Pese a esta forma peculiar de ver la vida, Rosemberg no se considera una persona excéntrica, sí un poco distinta al común de la gente.

“Lo que la gente mira excéntrico en mí es sensibilidad a comunicar algo, sensibilidad a la vida. Una cosa es vivir y otra cosa es saber vivir, y yo sé vivir. Creo que la vida es maravillosa, es una gran escuela, es un gran proyecto...”, dice convencido.

Trayectoria artística


Rosemberg tiene una hermana baletista, once años menor que él, y sus padres están dedicados a los negocios y nada tienen que ver con el arte.

Fue su abuela paterna (fallecida), una maestra de párvulos, quien marcó su niñez de esa fantasía que hasta hoy parece no abandonarlo.

Ella, dice, lo invitó siempre a explorar cosas, a probar lo diferente, lo extraño.
Se crió en San Salvador y desde los siete años fue inscrito en los talleres del Centro Nacional de Arte (Cenar); estudió teatro, danza, música y escultura y también pintura y dibujo junto al reconocido maestro Tamayo y luego se inscribió en la Escuela Nacional de Danza.

También hizo televisión en el desaparecido programa “Tierra de infancia”,donde también estuvo el actual presidente de Concultura, Federico Hernández.

Hizó la primaria en el Colegio Cristóbal Colón y fue el encargado de poner el color a los murales del aula.
Cuando llegó el momento de entrar a la universidad, aunque consideró la arquitectura, descubrió el diseño gráfico y lo hizó su carrera.

Y le fue tan bien que llegó a ser el coordinador de la carrera en la Universidad Matías Delgado, cuando contaba apenas con 23 años; más tarde lo llamaron para trabajar en la Universidad Don Bosco y descubrió una nueva pasión: la docencia.

“Me encanta enseñar. Me interesa llegar más allá; la transformación de estos seres que entran con una curiosidad no captada. Esta eterna exploración me encanta”.

Una de las lecciones básicas para sus alumnos es que en todo lo que hagan apliquen una dosis de locura, rompan esquemas, creen conceptos. “Les digo que deben ser muy sensibles; primero que se cuestionen y se conozcan a sí mismos para luego proyectar todo lo que quieran a la gente”, explica.

“Diseñar es una experiencia de los 365 días del año, es una trascendencia de toda una vida. Vivimos diseñando, aunque no estemos frente a una computadora”, asegura.

Partiendo de eso, él no se ve trabajando en una empresa que lo sujete a un horario, por eso ha creado “Rosemberg Diseño Integrado”.

“Mi trabajo va más allá; es un diseño integral, que mezcla el espacio, el color, las gráficas, las imágenes, el sonido, la tridimensión. Trato de darle respuesta a cualquier situación que no sea común, una línea de diseño vanguardista, conceptual”, dice.

“Hago una multiplicidad de trabajos; hago espacios, diseño gráfico, fotografía, coordinación de eventos, diseño de objetos, la creatividad no tiene límites”, añade.

Sus clientes son empresas que buscan mantener la imagen corporativa y de marca, y su labor incluye desde el diseño de tarjetas, logotipos y publicaciones hasta el mantenimiento de la imagen.

Además realiza montajes de escenografías para eventos específicos, como estrenos de películas o inauguraciones de centros comerciales y restaurantes.

Lector voraz de libros de diseño, de filosofía, de motivación y de teatro, es además amante de la ópera y la música clásica, colecciona paraguas y sombreros, pero considera que su más grande afición es su trabajo. “A mí me pagan por divertirme”, dice riéndose.

Sueña con contribuir de alguna manera a crear un diseño gráfico organizador, un diseño que transforme, más que una idea que diga compre esto; le gustaría que esta idea haga a la gente pensar.

“Yo les digo a mis alumnos que yo confío mucho en que un día un diseñador o un creativo llegue a la presidencia o a un puesto político porque va a ser una política más humanizada, más de cambio, y al final si en muchos países sólo se presentan tres propuestas de opciones para solucionar un problema, con un creativo político tendríamos 111,111 ideas para solucionar un problema”, expresa sonriendo.

TALENTO


“Gran parte del trabajo de un creativo es creer en lo que hace. Si uno no se cree las cosas que está viendo, no percibe su aroma, no las toca, no las investiga, ahí se muere su talento”.

“Cuando salgo a la calle vestido de forma extraña y la gente me mira y se burlan no me importa porque no sé si esta persona ha venido de pelearse con su familia o no le alcanza el dinero para suplir sus necesidades básicas, y viene y ve me a mí y sonríe; quizá sea su primer sonrisa del día y me encanta hacer eso... Yo no sé ni quién es, pero no importa; me encanta haberlo hecho sonreír”.

 



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