2 de julio de 2006

TERTULIA
El mulús

Supe que algo extraño ocurría cuando observé una mañana varios arañazos sobre el poyetón de mi cocina. Las huellas salían de abajo del comal.

Mario Martínez
Hablemos


Era como un arado en miniatura. El suelo de las hornillas también había sido rascado. Me preguntaba quién habría hecho eso.

Me inquieté porque significaba que alguien llegaba en las noches a hurgar en mi cocina; pero en el campo silencioso y solitario, ¿cómo una persona se puede aventurar en medio de la noche hacer esas travesuras? La casa más cercana estaba a varios cientos de metros de la mía. Aquí la gente se mantiene aislada y sobrevive gracias al ingenio de procurarse su propio alimento.

En los siguientes días ocurrió lo mismo: alguien se robaba la ceniza.

Comenté mi intriga a un viejo que vive en el terreno vecino, don Manuel.
—Puede que sea el Cipitío, a él le gusta comer ceniza ––me dijo—. No tema, no hace daño, excepto si vive con usted alguna mujer joven. A ellas les hace crueles bromas.

La explicación del viejo me consoló, porque aparte del Cipitío no existe otro ser que coma ceniza, de acuerdo a lo que me han contado.

Su presencia sería como la de algún gato montés que suele hurgar en las cocinas durante la noche. Por otra parte no había más personas en mi casa: yo era un recién llegado que prefería la privacidad y soledad del campo al bullicio de la ciudad.

Pero bien, me nació entonces la curiosidad por conocer a este ser que es como un niño vivaracho. Por más que hice para estar despierto a la hora en que llegaba no pude pillarlo.

Seguro que ese malandrín se asustaría con mi presencia.
Mi obstinación rindió frutos, pues en una ocasión escuché unos sonidos que venían de la cocina, la cual está a un extremo del corredor. Sin duda era él: rascaba y rascaba mientras ladridos de perros vagabundos —que por primera vez oí— atemorizaron mi ser.

Me levanté en silencio, tomé una lámpara de mano y llegué a la puerta, pero hice ruido al intentar mover la pesada tranca, así que cuando escuché que huía, quité el palo rápido y abrí. No pude verlo, pero escuché que aplastaba la maleza para luego —en el campo abierto— emitir con las patas un sonido parecido al galope de un caballo. La jauría igual, se alejó con él, como persiguiéndolo.

Al siguiente día de nuevo se lo comenté a don Manuel, incluso lo del galope y de los perros ladrando y aullando. Al escuchar esto, el anciano palideció y me miró con ojos inmensos. Su reacción me asustó:
—Es el mulús —me dijo y caminó pronto hacia mi terreno.

En el trayecto no habló y tal parecía que llevaba prisa por descubrir algo; yo por mi parte no tenía idea de lo que significaba eso, pero no quise interrumpir el silencio del viejo.

Al llegar fue directamente hacia atrás de la casa y descubrió unas huellas pequeñas; eran como si hubiesen sido hechas con un chuzo, de los que utilizan los campesinos para labrar el suelo.

Con su rostro horrorizado me confirmó lo del mulús. Pero yo aún no comprendía lo que me estaba diciendo, así que le pedí que me lo explicara. Me contó que éste es un animal infernal cuya cara horripilante mata de forma inmediata a todo aquel que la ve.

Es cuadrúpedo, las patas parecen las de un cerdo con pequeños casquillos, éstas son desproporcionadamente chicas para su alargado y rollizo cuerpo lampiño; además tiene una piel suave y brillante de color café oscuro. Y cuando su comida favorita escasea se ve forzado a comer ceniza.

Le pregunté entonces cuál era el alimento preferido del ser:
—La carne humana —respondió con una voz entrecortada y profunda. Eso me sobresaltó, pero luego me contó que esta bestia frecuentaba los cementerios donde desenterraba a los muertos recién llegados para luego devorarlos.

Que en realidad era una criatura nerviosa, la cual suele huir de la presencia humana y de los perros, los cuales sí la pueden ver sin peligro, y salvo infortunados encuentros frontales con el hombre, no era peligrosa; sin embargo, su aparición era mal augurio.

Yo había escuchado de niño, de boca de mi fallecida abuela, antiguas historias sobre petates enrollados que asomaban de las tumbas: era el signo del Mulús —me confirmó el viejo—.

Aquí en estas tierras, la gente —de mayoría indígena— solía en el pasado sepultar a sus difuntos en esas alfombras hechas de bambú.

Don Manuel me dijo que a raíz de esto, los indios adoptaron los ataúdes —introducidos por los españoles— en los que colocaban crucifijos. Sólo así la criatura tuvo dificultades para llevar a cabo su macabra cena.

Y que él recordara, la última vez que ocurrió algo así fue en su niñez, por lo cual en posteriores años todo el mundo se había olvidado de su existencia.

En lo personal, él creyó que había regresado a su hogar: al infierno junto a Lucifer que es su amo.

En la noche me sentí preocupado al meditar que una criatura diabólica estuviera rondando mi casa. No comprendía por qué la mía y no las de otras personas.

Quizá tenía que ver con que el espectro no sólo comía muertos, sino que podía adivinar quién sería el próximo difunto.

Actuaba, sin duda, como cualquier bestia carroñera de la selva: merodeaba a su víctima mortalmente herida o enferma, antes de que ésta desfalleciera, para después caer con avidez sobre el inmóvil despojo.

¿Moriría yo esa noche? El reloj de puño marcaba pasada las doce. De nuevo escuché los arañazos en la cocina, pero esta vez el terror se apoderó de mí, me arropé sobre la cama y miré fijamente a la luz de una vela la puerta de entrada. La tranca de nada serviría para detener al ser impío, a la maldita mascota de Satanás; nada me podría salvar si el ser la echaba al suelo con una estocada.

Y conforme el miedo se apoderaba de cada fibra de mí ser, el animal hacía más ruidos: botaba un huacal, le daba vueltas a las ollas, quebraba una silla, roía los horcones del corredor. Y los perros también llegaron. Se escuchaba una jauría que le ladraba, el escándalo era ensordecedor, algunos canes aullaban ante la maléfica presencia y se escuchaban chillidos de otros que quizá habían sido atacados.

Por suerte, el tumulto de los perros y algunos rugidos espantosos —que sin duda eran de la bestia— se fue alejando poco a poco, lejos, más lejos, hasta que desapareció.

A las cinco de la mañana llamaron a la puerta. Yo me alegré porque al fin había acabado aquella noche espantosa y escuchaba a una persona. Los golpes de la puerta eran seguidos por súplicas de que me apurara. Era una mujer.

Cuando abrí miré a la anciana María ––rezadora y vecina del lugar–– que lloraba y se retorcía de pesar, llevando las manos a su vientre mientras jugosas lágrimas bajaban por sus mejillas.
––Manuel, ¡Manuel muerto! ––se alcanzó a incorporar y señaló con una mano hacia la casa del viejo.
Hubo poco que sepultar. La bestia aprendió a matar.

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Cine venezolano
Serán los días 3, 4, 6, 7 y 8 de julio en el auditorio del Museo de Antropología “Dr. David J. Guzmán”.

Se exhibirán para cada día: “Simón Bolivar, ése soy yo”, “Manuela Sáenz, la libertadora del libertador”, “Una casa con vista al mar”, “La revolución no será transmitida” y “Oriana”. Hora: 5:30 p. m. Entrada gratis.
Concierto sinfónico
La Orquesta Sinfónica invita a los conciertos de la Temporada Sinfónica 2006, los días miércoles 5 y jueves 6, a las 7:00 p. m., en el auditorio de Fepade, ubicado en calle El Pedregal y calle de acceso a Escuela Militar “Cap. General Gerado Barrios”, Antiguo Cuscatlán, frente a la Gran Vía.

Las piezas a interpretar son obertura de la ópera “El buque fantasma” (de R. Wagner), Concierto para dos pianos y orquesta Kv 242 (de W. A. Mozart), con el dúo israelí Silver-Garbur, como solistas, y la Sinfonía Nº 4 (de R. Schumann) bajo la dirección de German Cáceres. Entrada gratis.
Comedia francesa
La Alianza Francesa invita al Festival de Comedia Francesa, que se exhibirá en Cinépolis del centro comercial Galerías, del martes 4 hasta el martes 11 de julio.

Las películas a presentar cada día son “La cabra”, “Papá Noel es un desastre”, “Les bronzés”, “Gazón Maudit”, “Los visitantes”, “Astérix y Obélix: misión Cleopatra”, “Bernie” y “Liberté Olerón” (todas subtituladas en español). Los filmes podrán verse a partir de las 7:00 p. m. Entrada $2.50.
Exposición fotográfica
Las imágenes del fotógrafo francés Klavdij Sluban serán expuestas en dos lugares: la Alianza Francesa, ubicada en la colonia Escalón, 51ª Avenida Norte # 152, San Salvador, cuya inauguración será el miércoles 5 de julio, a las 7:30 p. m.; y la Sala Nacional de Exposiciones del Parque Cuscatlán, cuya inauguración será el jueves 6 a las 7:00 p. m. Las muestras podrán verse hasta el martes 25 de julio y el domingo 6 de agosto respectivamente.

 

 

 


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