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2
de abril de 2006
CUENTO
El primer
milagro
Esa
mañana los pájaros no cantaron y el sol no brilló
como de costumbre. El gallo en el corral dormitaba cabizbajo.
Pero nadie se fijó en ello.
Los niños dados siempre al desenfreno de sus fantasías,
estaban ahora quietos obligados a sentir el luto
rezando el Santo Rosario. Ellos siempre son escuchados por
el Señor.
La radio lo gritó la noche anterior ¿Quién
hubiese imaginado que existiera tanta maldad en el corazón
de los hombres? Desde Jesús, esto era lo peor.
Mientras encomendaban a todas las almas y una en
especial al Creador, Tomasa pensaba cómo haría
para viajar hasta la capital sin tener que llevar con ella
a los nietecitos, que sus hijas desde hacía años
le habían encomendado su cuido.
¡La Marta! recordó con alegría.
Amén.
En el autobús la gente iba cuchicheando y miraba con
recelo a los desconocidos que subían o bajaban. No
había duda de que en adelante nadie podría hablar
con tanto garbo en la vía pública. No más.
Tomasa tomó el rosario entre sus manos y rezó
quedita, como siempre lo hacía para que el Santísimo
cuidara el automotor y tomara el timón personalmente.
Dejar esa tarea a humanos era muy arriesgado. Pero esta vez
su mente no estaba en eso, sino en el clamor porque viniera
el Juicio Final, pronto. ¡Sí, pronto! El agravio
era demasiado.
En la plaza, la gente se arremolinaba en un frenético
intento por ver con sus propios ojos al mártir.
Era un momento histórico, nadie que dijese llamarse
cristiano debía de perderse esa oportunidad; mientras,
de los parlantes salientes de las torres de la iglesia, cánticos
y rezos apenas entendibles por la estática aguijoneaban
el oído.
Ante el tumulto, Tomasa pensó que nunca llegaría
a la capilla ardiente y tocaría el féretro.
¡Imposible! Por cualquier lado el muro de carne se interponía.
Insistió, empujó, suplicó a las espaldas
sordas, jaló brazos huraños y todo en vano.
Mas, de pronto, la muchedumbre enloqueció ante un rumor
de guerra. El muro se le fue encima a Tomasa. La estampida
arrollaba todo a su paso. Zapatos por allá, carteras
por acá, mechones, mantillas negras, ganchitos sandinos
y una que otra pistola. Y la muerte frenética clavaba
su hoz sin detenerse ante nada.
La carnicería era cruel y las personas dejaban todo
a su paso en el afán de salvar la vida. No hubo madre
que volviera a ver a su hijo; hijo que recordara a su madre.
Todos corrían con una idea fija en la mente. El terrible
egoísmo humano emergió campante.
Pero hubo una mano, una sola, que salió entre el caos
y levantó a Tomasa, la jaló y la condujo entre
cadáveres aplastados, gritos despavoridos y cuerpos
enloquecidos que se estrellaban entre sí. No había
tiempo para ver rostros, sólo el suelo ensangrentado
y pronto estuvo a salvo en el sótano de la iglesia
catedral.
Vamos cipotes dijo en la tarde recién llegada
a casa, desaliñada y descalza, vamos Marta, rezaremos
al Santo; sin duda ya lo es, pues ha obrado en mí su
primer milagro.
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