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2
de abril de 2006
Plástica
La metamorfósis de Otoniel
Es
un artista de fortaleza espiritual que pone en el centro de
su quehacer pictórico a la naturaleza y al ser humano.
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| Metamorfosis
de la madre naturaleza con predominio de la figura
humana. |
El pintor
Edmundo Otoniel Mejía siempre ha concentrado su atención
en la naturaleza: desde sus primeros trazos en el dibujo,
pasando por las tiras cómicas y los folletines en su
inicial trabajo en la entonces Televisión Educativa,
hasta esa etapa cuando incursionó en los cuadros de
pequeño y gran formato sobre las fincas de café
y todos esos acontecimientos y vivencias de los cortadores,
los vendedores de comida, los pepenadores, las bodas en esos
ambientes costumbristas y las familias campesinas entregadas
a los más variados oficios.
La dedicación a esta temática no es casual:
él nació en este ambiente, su familia vivía
de los ingresos producidos de toda esa actividad en torno
del café. Otoniel ejerció los más variados
oficios y desde la más corta edad contribuyó
con su trabajo a la economía familiar. Le encontró
sabor y color al esforzado trabajo en las fincas de café.
Conoció por su nombre a las más variadas especies
de la flora y la fauna. Las estampas costumbristas recreadas
en el presente en el lienzo de la vida no sólo es una
constante, sino una forma de fortalecer sus orígenes
y de preservar su identidad.
Por eso se mantiene y se acrecienta su relación con
el ambiente. Cuando incorpora en sus nuevas series Metamorfosis
de la madre naturaleza desnudos semicubiertos con lianas
y vegetación no sólo está denunciando
los atentados contra la ecología, sino rindiendo un
homenaje a la mujer creadora de vida y dejando un testimonio
del irrespeto de los depredadores humanos a los recursos no
renovables, sean éstos especies de la flora o de la
fauna.
Edmundo Otoniel con sus postales de magia nos recuerda que
ya hay muchas especies en peligro de extinción como
la rana roja, el colibrí, la guacamaya azul, el guardabarranco,
la mariposa monarca y muchas más. Artista de fortaleza
espiritual pone en el centro de su quehacer pictórico
a la naturaleza y al ser humano. Con toda justicia, sostenemos
que por todo ese proceso vivencial, alentó y ha testimoniado
para el arte de la pintura, la naturaleza.
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| Las
vivencias de su infancia en las fincas de café
son motivos recurrentes en la obra pictórica de
Otoniel Mejía. |
El origen
de toda esta vivencia de colores, sensaciones y sabores que
en alguna medida ha modificado la forma de interpretar el
ambiente está en el modo de vivir y sentir de Edmundo
Otoniel. Es un artista desprovisto de maquillaje o máscara,
es sencillo, humilde y solidario.
Ama y respeta la naturaleza porque viene y ha crecido en ella.
Más que cualquiera de sus contemporáneos quiere
a los árboles, los ríos de aguas cristalinas
(ahora tan contaminados), las quebradas, las mariposas y el
ancho cielo y, con ese su desprendimiento de un hálito
de vida les ha infundido su propia humanidad.
Esas estampillas de especies de la flora o la fauna colocadas
en las esquinas superiores de sus cuadros no sólo es
un recordatorio o un mensaje a los depredadores, sino un modo
de sentir y un grito a la dignidad de la naturaleza ultrajada.
Es lo verdaderamente auténtico e importante en las
artes plásticas: teorizar y narrar la impostergable
necesidad de que la pintura represente no sólo al ser
humano, sino a las pequeñas y grandes porciones del
universo (las especies de la fauna reivindicadas por este
artista no pertenecen sólo a El Salvador, son de muchos
lugares del mundo), desde las gotas de lluvia, como exigía
Leonardo da Vinci, hasta las estrellas.
Y aunque Edmundo Otoniel no sea un figurativo está
contribuyendo mucho más que cualquier pintor salvadoreño
a testimoniar su tiempo, a expandir la denuncia y a hacer
conciencia sobre la urgente tarea de rescatar y salvar al
mundo de una anunciada destrucción.
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| Las
estampas costumbristas son una forma de fortalecer y preservar
su identidad. |
Su mensaje
es pletórico de metáforas y simbolismo, al mismo
tiempo que colorido y alegre por esa facilidad para acometer
los temas de la naturaleza. Con ello nos compromete en la
gran batalla por preservar el ambiente y nos llena de felicidad
por esos cuadros tan sensoriales y bellos en su estructura
formal.
Y cobra mayor relevancia, pues sin ser científico,
sociólogo, arqueólogo, biólogo o antropólogo
revela y potencia las propiedades físicas de la naturaleza
y, además, colocando a la mujer como símbolo
y verdad nunca desmentida de creadora de vida va abriendo
caminos novedosos hacia una filosofía de la naturaleza.
Si en su etapa anterior su documentación y narración
metafórica estuvo dedicada con mayor fuerza al colorido
y festividad de las fincas de café, ahora ha recobrado
cierto grado de conciencia hacia todos aquellos aspectos que
dan perspectiva y autonomía al ser humano y al ambiente
donde se desarrolla.
La exigencia del colorido corre pareja con la necesidad de
la denuncia y el testimonio. El lenguaje es preciso, directo
y urgente. Con toda justicia sostenemos que en la actualidad
el color y la naturaleza son símbolos más que
complementarios para reafirmar las tendencias en el modo de
sentir de Otoniel Mejía.
La composición de sus cuadros tiene ahora el lenguaje
poético, elementos mitológicos y muchas señales
de las viejas civilizaciones, como podemos apreciar claramente
en su serie Frutas ancestrales. No sólo
evoca el contenido del Popol Vuh, libro que registra las tradiciones
mitológicas (creación del hombre y el mundo)
y pensamiento de los mayas-quichés, sino los frutos
como anonas, nances, zapotes, jocotes, pepetos, etc., dibujados
o grabados sobre cajetes (escudillas de barro).
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| Pintor.
Edmundo Otoniel Mejía. |
El pintor
recrea la historia, no la repite ni la transforma, simplemente
la narra y deja el testimonio, como corresponde a todo artista
que se respete como tal y pretenda dejar profundas huellas
en su paso por esta materia integrada por los cuatro elementos:
tierra, aire, fuego y agua.
Lo reafirmamos y nos basamos en la experiencia de grandes
tratadistas: la naturaleza, un árbol se pinta; pero
no se convierte en un motivo de historia. Por eso Edmundo
Otoniel se encuentra muy a gusto en estas series e imaginando
el mundo interior de un modo más libre que antes, cuando
prácticamente su atención se centraba en el
paisaje y en la ornamentación.
En su serie Metamorfosis de la madre naturaleza,
la figura humana, casi siempre el homenaje a la mujer, guarda
una estrecha relación con todo el ambiente, con los
árboles, las lianas, los arbustos, el agua, las flores,
las hojas y las pequeñas especies de la fauna cumpliendo
puntualmente con el ciclo biológico. Si hay un motivo
o un elemento aparentemente distractor está en el cielo
y en esas pequeñas entradas de luz; pero siempre guardando
el principio de la composición, donde sentimos la enorme
ganancia o la superación de este artista.
Ya no es el costumbrista o el colorista de motivos del café,
ahora se encuentra con el tema, el motivo y el aspecto subjetivo
del contenido, es decir, el modo de sentir del artista. Por
eso me refiero a la fusión de la forma y el contenido.
Cuando Edmundo Otoniel incursiona en esta apasionante temática,
no sólo acude a la investigación de esos motivos,
sino a la teoría del color, a los planos, las diagonales
y toda esa técnica para crear obras de valor y no simplemente
ornamentales.
Por ello lo recalcamos, el valor lírico de una
pintura resulta más evidente cuando prescinde de una
historia. Desde luego, toda pintura, como obra de arte,
tiene un valor lírico, aun cuando narre una historia.
No olvidar nunca la imaginación, la creatividad y la
fantasía del artista.
Los otros aspectos muy ligados y comprometidos con la plena
realización de una obra se refieren al color y a la
luz. Hay muy pocos fondos en esta serie de la Metamorfosis
de la madre naturaleza. Todo está comprimido
en el mensaje central, en los primeros planos, más
aquellas de la evocación del bosque perdido; pero si
nos asomamos a la anunciada alba o a la belleza del crepúsculo
en testimonios de guerra y en la recreación festiva
del trabajo, la diversión o el compromiso en las fincas
de café: mucha luz, fondo, color y primeros planos.
Esa luz tan preciada y perpendicular sobre viejas paredes
de casonas en cascos de hacienda. Es de una bella simpleza
observar ese encuadre en el reflejo de luz mortecina sobre
el adobe o el bahareque.
El realismo aquí ha ganado a la imaginación
del artista; pero todos esos detalles, todo ese registro documentado
sirvió para el propósito de las nuevas etapas
y series donde Edmundo Otoniel ha crecido en todos los aspectos:
gratificante por cuanto despeja dudas y recoge la cosecha
en tiempos de borrasca.
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