30 de octubre de 2005

Un paseo por el Louvre

El Louvre, considerado uno de los museos más famosos del mundo y que atrajo el último año a siete millones de visitantes, es un gigantesco laberinto.

Petra Klingbeil
DPA

Hablemos


Vista del Museo del Louvre de París con su famosa pirámide de cristal.

Por la mañana, poco antes de las nueve y media, es un horario casi ideal para visitar el Museo del Louvre de París, Francia. En este día soleado, la fila delante de la entrada en la famosa pirámide de cristal sólo abarca a unos pocos turistas de España, China, Japón y la provincia francesa.

Esta mañana funciona el pequeño robot limpiacristales, que se mueve con agilidad sobre la fachada de vidrio diseñada por el arquitecto Ieoh Ming Pei y supone una visión fascinante, que hace más llevadera la espera.

El Louvre, considerado uno de los museos más famosos del mundo y que atrajo el último año a siete millones de visitantes, es, desde los sótanos hasta la buhardilla, un gigantesco laberinto, que de vez en cuando se convierte en decorado cinematográfico, como hace poco para el rodaje de “El código Da Vinci”, de Dan Brown.

Bajo secreto estricto se rodó de noche durante semanas. Potentes reflectores desde el exterior simulaban la luz del día en el interior. “Los permisos de rodaje en el Louvre son escasos, y más para superproducciones como ésta”, dice un representante del gobierno de la ciudad. Como todo es tan secreto, nunca se sabrá si la Mona Lisa en la película es la verdadera o no.

Para el visitante normal, el laberinto comienza en la sala de entrada subterránea. Ya allí todas las intenciones de visitar determinadas secciones se desvanecen en la perplejidad. Los planos apenas sirven de algo y la orientación parece imposible.

El confundido visitante se puede consolar con el hecho de que también los empleados de la casa sufrieron durante un tiempo el mismo problema. “Al principio, utilizaba una brújula cuando quería ir a determinada sección”, admite el empleado de seguridad.

Para el visitante, la solución más sencilla es sumarse a la masa una vez que pagó su entrada en caja. El consejo suele ser: proponerse metas modestas. Lo que los franceses ampliaron, reformaron, derribaron y volvieron a levantar durante siglos no puede comprenderlo un simple mortal en un día, y muchos menos en unas pocas horas.

Camino a la “Mona Lisa”

La “Mona Lisa”, de Leonardo da Vinci, está custodiada por un vidrio blindado.

Poco después de salir del “hall” de entrada se percibe una contenida pero clara tensión en el aire. El visitante que por primera vez descubre este tesoro artístico se siente invadido por cierto nerviosismo. Irresistiblemente se deja llevar hacia donde van todos, aun cuando no sea ése su objetivo:

El camino hasta la Mona Lisa está marcado con pequeñas flechas en las paredes, y hasta que uno no la ve a “ella” recorre los más maravillosos tesoros artísticos de los últimos siglos como en trance.

La Mona Lisa es como un imán. Desde hace pocos meses, el cuadro reina en una sala renovada del Louvre detrás de un cristal blindado no reflectante, dominando en solitario una pared de color bronce claro.

En esta sección, todo es nuevo: el equipo climatizador, el suelo, las paredes. Para algunos empleados del Louvre, eso es motivo de recuerdos nostalgiosos. “Antes, aquí todo era todo antiguo y muy bonito. Me gustaba el olor de castillo viejo, esa mezcla de madera, polvo y humedad.

Todo eso desapareció”, recuerda el cuidador Frédéric, que pertenece desde hace más de veinte años al equipo del Louvre, que comprende más de 2,000 empleados.

Delante de la Mona Lisa se agolpan las masas, pero muchos visitantes, según parece, apenas miran a la bella mujer de la sonrisa misteriosa. Lo que les importa es sacarle una foto.

Otros quedan tan fascinados por la dama de suave sonrisa, que incluso se olvidan de la obligada fotografía. “Mira, su mirada te sigue a todas partes, ya estés a la derecha o a la izquierda”, comenta un joven francés.

Una cosa está clara: Una vez que se vio a la Mona Lisa, la tensión cae. Ahora se puede admirar con tranquilidad y admiración el resto de los tesoros artísticos.

Ambiente más relajado

Vista del Museo del Louvre de París con su famosa pirámide de cristal.

Junto a la Venus de Milo, una planta más abajo, la aglomeración es menor. Tampoco en este caso los historiadores de arte lograron resolver el misterio de la postura corporal de la estatua de Afrodita, porque nunca se hallaron sus brazos.

También aquí se toman fotografías, pero el ambiente es más relajado. No hace falta abrirse paso entre la multitud como en un centro comercial antes de Navidad, sino que uno se puede dar el lujo de observar relajado, sin que ningún cuidador del museo le sugiera continuar.

Aquí, al igual que en las secciones de bronce, cerámica, escultura griega y romana, el Louvre aún es viejo.

El climatizador está puesto a una temperatura elevada, porque las estatuas de bronce lo requieren así, y el viejo suelo de parqué cruje debajo de los pies como en un castillo antiguo.

Aquí la mirada cae de vez en cuando en las ventanas por las que se puede ver el Sena. El ambiente es tan tranquilo que tres agotadas jóvenes españolas duermen sobre un banco debajo de un fresco griego. Un divertido turista británico aprovecha para tomarles una fotografía como si de una pieza más de la exposición se tratara.

Aun cuando muchas de las obras de arte se puedan ver en fotos, láminas o en televisión, en el Louvre hay tanto por descubrir que muchas veces uno se queda sin palabras ante tanta belleza.

Por ejemplo, en el sótano del palacio del rey persa Darío de Susa, en el actual Irán. Impresionan los frisos azules y verdes con los arqueros del siglo V antes de Cristo, así como los frescos de leones que hay al lado.

También son extraordinarias las fuentes de terracota verde y los platos de fabricación francesa del siglo XVII, decorados con serpientes, peces y crustáceos.

Comenzó con 600 pinturas
Nadie debe creer que la pintura de los últimos siglos es ya conocida de sobra. ¿Quién conoce al pintor flamenco Paul Brill, que en el siglo XVI pintaba escenas de caza con delicados paisajes boscosos, con tan suaves tonos de verde, que parece que cada hoja de cada árbol en la que se refleja la luz del sol tenga vida propia? En la seguna planta del Louvre se pueden admirar estos cuadros.

Al comienzo de la existencia del museo, en 1793, sólo había 600 pinturas, esculturas y obras de arte expuestas en el Louvre, reunidas a partir de colecciones reales y donaciones de iglesias o emigrantes.
“Hoy hay entre 250,000 y 300,000 piezas”, estima la conservadora Guillemette Andreu. “El corazón de la colección fue reunido por Francisco I en el siglo XVI”, dice. “Sus 36 obras maestras, entre ellas, la ‘Mona Lisa’, siguen siendo hoy favoritos del público”.

Un encanto propio tienen los imponentes fundamentos del museo, poco detrás de la entrada principal. Recuerdan las transformaciones que sufrió el edificio, de fortaleza medieval en palacio hasta convertirse en el actual museo.
Los fundamentos forman parte de la fortaleza levantada por Felipe Augusto en torno a 1200 para defender París. Sólo durante cien años, los reyes franceses vivieron en el Louvre, tras la muerte de Enrique II en 1559 y hasta la partida de Luis XIV a Versalles.

Luego, la construcción sirvió de casa de moneda y fábrica. Y allí tuvieron su sede la lotería nacional y algunos ministerios.

En el Louvre también hay problemas de los que el visitante nunca se entera. Por ejemplo, el de la iluminación. Cambiar las lámparas especiales en los altos techos de lo que en su momento fueron las escaleras reales es todo un desafío.
“Los techos son demasiado altos para escaleras y los suelos demasiado delicados para otras estructuras”, dice el jefe de logística, Alain Boissonet. Por eso se recurre a la ayuda de acróbatas, que forman una escalera humana. El hombre que esté más arriba es el que cambia el fluorescente.
Boissonet ya tiene experiencia con desafíos de lo más extraños: por ejemplo, cazar una paloma que se pierde en la galería de pinturas.

Poco a poco, el museo se está convirtiendo en víctima de su propio éxito y sus responsables se rompen la cabeza para pensar en cómo “dividir” a las masas, que se reúnen allí todas al mismo tiempo.
En realidad, el museo puede recibir al año a hasta 4,5 millones de visitantes, y no a siete como el año pasado. Para dividir al público, resultó una muy buena idea abrir por la noche.

 

Corona de Luis XV, resguardada en el museo.
El David, de Miguel Ángel.    

 

 

 


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