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30
de octubre de
2005
¡Muertos...
pero de gusto!
La actual
celebración del día de los muertos tiene orígenes
prehispánicos y un sincretismo con las tradiciones
cristianas. Ahora conoceremos la diversidad y belleza de esta
fiesta al estilo mexicano.
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| Típico
altar mexicano para el día de los difuntos, donde
se incluye hasta licor.
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Documentado por Brenda Guadrón
En varios países del mundo se acostumbra a realizar
actividades especiales para conmemorar a los muertos.
El ser humano siempre ha mostrado reverencia hacia sus antepasados,
y acostumbra llevar a cabo actividades especiales para conmemorar
a sus difuntos.
Las diferentes manifestaciones han traspasado las barreras
de tiempo y mantienen un lazo estrecho con nuestros orígenes
prehispánicos.
Teotihuacanos, toltecas, aztecas, huaxtecos, totonacas, otomies,
purépechas, mixtecos, zapotecos, mayas, entre otros
pueblos, practicaron el culto a la muerte y sus ritos eran
similares; los enterraban con objetos, comidas y ofrendas
para su viaje a la otra vida.
Dentro del calendario prehispánico de los grupos nahuas
(centro y sur de México, Guatemala y El Salvador) había
por lo menos seis fiestas dedicadas a los muertos.
Para ellos, la relación entre la vida y la muerte era
muy estrecha. Los enterraban según la jerarquía
social o la forma de morir, por ejemplo, los gobernantes eran
enterrados en fosas que se cavaban en los templos o en las
bases de las pirámides; a las mujeres muertas en partos,
en los patios de los templos, y la gente común en fosas
cavadas dentro de alguna habitación de su casa, en
pozos, cenotes o cuevas.
Con la llegada de los españoles, y la asignación
de terrenos para la construcción de iglesias, se hicieron
espacios en donde se podían enterrar a los muertos,
y el lugar era asignado dependiendo del rango de la persona
fallecida; frente al altar o en el atrio de la iglesia. Existía
la creencia de que entre más cerca del altar se estuviera,
la salvación quedaba garantizada.
| La
muerte artística |
En
el arte popular, la muerte es un tema muy recurrente entre
las obras de muchos artistas. José Guadalupe Posada
ha plasmado este culto en sus pinturas, esculturas y grabados.
También en estas fechas se acostumbra escribir
las calaveras literarias, versos cómicos que a
manera de epitafios burlones y satíricos se dedican
a las personas, desde un miembro de la familia hasta personajes
del mundo artístico y de la política.
Coplas calaqueras
Si miras a dos calacasdándose sabrosos besos,
comprobarás que el amor
nos deja en los puros huesos.
Una calaca gritaba
este sentido pregón:
Si cualquier día han de morirse,
¡disfruten el vacilón!
Ay, calaca, calaquita,
invítame y vamos juntos
porque ya están preparando
la pachanga los difuntos
Documento preparado por Brenda Guadrón
Fuente: Muertos... pero de
gusto, de Emilio Ángel Lome.
Editorial Altea. Grupo Santillana |
En el
siglo XIX se propuso sacar de las iglesias los cementerios,
ya que los cuerpos enterrados despedían gases que contaminaban
el aire y propagaban enfermedades, por lo que se reubicaron
en las afueras de los pueblos.
Una de las creencias sobre el origen del día de los
difuntos es que los evangelizadores cristianos, para reforzar
la creencia de la salvación del alma, hicieron traer
los restos de santos europeos y asiáticos, muertos
en el martirio o la santidad y se organizaron en su honor
procesiones y rezos desde su desembarco, en el puerto de Veracruz,
hasta el lugar de su destino.
Este hecho tuvo como consecuencia que a partir de ese momento
se celebrara el 2 de noviembre como el día de los fieles
difuntos, y las familias se reunían en los panteones
para recordar a sus muertos y compartir algunos alimentos.
En México existe una tradición muy arraigada
de montar ofrendas y altares para los difuntos. Éstos
varían de acuerdo con las costumbres de cada lugar;
sin embargo, la finalidad y el sentido son comunes: recordar,
recibir, celebrar y compartir con los muertos los alimentos
y las cosechas del año.
En cada casa, por lo general, hoy en día en México
se colocan tres mesas con diferentes niveles, que simbolizan
el cielo, la tierra y el inframundo (o nueve niveles, que
representan los lugares que recorren los muertos para llegar
al Mictlán, o lugar de los muertos). Sobre estas mesas
son colocadas las ofrendas.
Bajo la cosmovisión de los nahuas, las almas pueden
llegar a tres lugares: el primero, llamado tonatiuhchan, la
casa del sol (del nahuatl tonatiu: sol; calli: casa),
lugar al que iban los que morían en los campos de batalla
o en la piedra de los sacrificios, comerciantes o mujeres
que morían en el primer parto; su trabajo consistía
en acompañar al sol durante cuatro años.
Pasados estos años, las almas se transformaban en colibríes
que libaban flores de la tierra.
El segundo lugar: Tlalocan o el sitio de Tláloc, dios
de la lluvia. Los que llegaban aquí son los que habían
muerto por algún medio relacionado con el agua (ahogados,
fulminados por rayos o enfermos de la piel). Se encargaban
de cuidar los arroyos.
El tlalocan era considerado un paraíso donde había
mucha vegetación, la gente no sufría y disfrutaba
de estabilidad, gozo y paz perpetua.
Tercer lugar: el Mictlán, donde habitan los dioses
de la muerte. Llegaba la gente común, muertos por vejez
y por enfermedad. Su trabajo consistía en continuar
con el oficio que en vida tenían o en conducir al sol
durante la noche; se creía que para que el alma lograra
su descanso eterno tenía que pasar por nueve misteriosos
lugares o pruebas, en un viaje que duraba cuatro años.
Ofrendas
Los elementos que conforman la ofrenda son nueve:
Agua: porque se cree que las almas vienen sedientas después
de un largo recorrido. Simboliza la pureza del alma.
Sal: sirve para que el cuerpo no se descomponga en su viaje
de ida y regreso; también simboliza sabiduría,
purificación.
Pan: sirve de alimento para las ánimas. En la época
prehispánica se acostumbraba elaborar pan con figuras
humanas o de los dioses y eran sacrificadas según la
tradición prehispánica, es decir, se cortaba
el pan en trozos pequeños que se daban a los fieles
para que comulgaran el cuerpo de los dioses.
Esta costumbre tiene relación con el catolicismo, en
la que los sacerdotes ofrecen el cuerpo de Cristo representado
en la hostia.
Cirios: velas, la función es servir como señal
de duelo y alumbrar en su camino a las almas. Los mayas creían
que sirven como alimentos para las almas de los difuntos.
Flor de cempasúchil: del náhuatl, cempoalli,
veinte, y xóchilt, flor: flor de 20 pétalos.
El color amarillo intenso que tiene esta flor simboliza la
riqueza; la representación de Tonatiuh (dios del sol)
es considerada la luz que ayuda a las almas a no perder el
camino.
Petate: su uso es variado; puede servir de mantel, mesa, cama
o mortaja. Funciona para que las almas descansen, para colocar
los objetos y alimentos de la ofrenda, para envolver al muerto,
como se acostumbraba en la época prehispánica.
Juguetes: generalmente de barro, son ofrendas dedicadas a
los niños, para que se entretengan las almas de los
angelitos. El juguete más común
y que no debe faltar es el perrito o izcuintle, que ayuda
a los muertos a pasar el río Chiconahuapan.
Copal: sirve para purificar y limpiar el lugar donde se ubica
el altar y la ofrenda, también para ahuyentar a los
malos espíritus y así el alma pueda entrar a
las casas sin ningún peligro.
Comida: el objetivo es deleitar a las almas que nos visitan.
Otros elementos que se pueden observar en los altares:
Cruz de madera: sirve para que al llegar el ánima pueda
expiar sus culpas pendientes. El retrato del difunto, calaveras
de azúcar: representan a la Santísima Trinidad
y al Padre eterno.
En la
época prehispánica se acostumbraba adornar los
altares y las ofrendas con huesos y cráneos de los
restos de guerreros caídos en batallas, pues se creía
que contenían la esencia y la valentía del difunto,
y que brindaban protección y buena suerte a quien lo
portara.
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