30 de enero de 2005

El culto a aquellos hombres y mujeres que un día “subieron a los altares” se mantiene vigente con el pasar del tiempo. Algunas personas los consideran milagrosos, intercesores y dignos de veneración, y otras, por el contrario, no creen en ellos.

José OsmÍn Monge
Fotos: Jorge Colindres


Doña Fermina Castro de Domínguez, de 72 años, acude a la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, en el centro de San Salvador, para rendirle tributo al santo de su devoción: San Judas Tadeo.

Al pie de la antigua imagen, y con un poco de dificultad, la mujer se arrodilla, enciende una vela, se persigna e inicia su acostumbrada oración.

“Amado siervo de Dios, por este caminar de la vida, tú que sabes de mis alegrías, penas y amarguras que entristecen mi alma, pongo ante ti lo que me oprime de noche y de día”, expresa en voz baja mientras fija su mirada en el barbado rostro de la figura.

De repente, la plegaria de la septuagenaria es interrumpida por el humo de la vela que penetra sin avisar a su garganta para luego enredarse en sus pulmones.

En ese momento, de la boca de la anciana no emergen palabras de agradecimiento o petición, sino escandalosos tosidos que se dejan escuchar por todo el templo.

San Pedro de Betancurt, de Guatemala, es el primer santo centroamericano. A él se le han atribuido muchos milagros.

En medio de la inesperada crisis, la mujer le pide con el pensamiento a San Judas que le aleje esa tentación.

Al parecer el santo obedece las súplicas de la cristiana, pues de inmediato cesan las bruscas expiraciones.

“Él es el santo de los casos imposibles; es el más milagroso. Desde niña yo lo venero, pues me ha hecho muchos favores”, le dice la señora a uno de los feligreses que reza a su lado.

Después de propinar una retahíla de oraciones, de santiguarse tres veces y colocar la vela frente al altar, doña Fermina se pone de pie, y con paso lento se dispone a abordar el transporte que le lleva hasta su lugar de residencia. Se marcha segura, confiada en la protección de su patrono.

Hay para escoger

Así como doña Fermina, en nuestro país existen millares de católicos que creen de manera ferviente en San Judas Tadeo, el apóstol que suele ser confundido con su tocayo de apellido Iscariote: el traidor. Sin embargo, Tadeo no es el único bienaventurado que tiene muchos devotos; existe una larga lista de santas y santos a los que se les venera y se les rinde mucho respeto.

En El Salvador, algunos de los santos más reconocidos son San Antonio de Padua, San Francisco de Asís, San Juan Bosco, San Marcelino Champagnat, San Vicente de Paúl, Santiago Apóstol, San Miguel Arcángel, San Pedro y San Juan Evangelista, entre otros.

Las santas no se quedan atrás; muy venerables son Santa Marta, Santa Rita, Santa Ana, Santa Luisa de Marillac, Santa Catalina de Alejandría, Santa Lucía y, por supuesto, la Santa Virgen María en sus diferentes advocaciones (Candelaria, Socorro, de los Pobres, Guadalupe, La Paz, Remedios, del Carmen, etc.).

A estos y otros personajes religiosos (en su mayoría mártires) la gente les ha atribuido milagros y los ha convertido en patronos de pueblos, profesiones y situaciones.

Algunos católicos tienen la costumbre de colocar al lado de las imágenes los llamados “casos de gratitud”.

Así, por ejemplo, San Juan Bosco y San Marcelino Champagnat son considerados los santos de los jóvenes; San Jerónimo Emiliani, patrono de los huérfanos; Santa Marta, patrona de las empleadas domésticas; Santa Cecilia, patrona de los músicos, y Santa Lucía, protectora de los ciegos.

No están claros los méritos que deben tener los santos para convertirse en patronos. Algunos nombramientos nacen por analogía directa con el martirio, como es el caso de Santa Apolonia, patrona de los dentistas, a la que le destrozaron la mandíbula, o Santa Rufina, quien es considerada la “abogada” de los alfareros, ya que fue ejecutada por no adorar a un ídolo de barro. En otras ocasiones, basta algún milagro o meras creencias para concederle el honor.

De cada uno de esos personajes se han creado imágenes de madera o yeso o han sido plasmados en cuadros. Esas esculturas y pinturas engalanan los altares y camarines de iglesias y hogares, y es en torno a ellas que los devotos dan muestras de veneración.

Frente a las figuras, los creyentes elevan plegarias, hacen rezos y novenas, encienden velas e incienso y algunos suelen tocarlos e incluso besarlos.

A los canonizados más milagrosos, como Tadeo y San Antonio de Padua, se les colocan “casos de gratitud”, que son pequeños escritos donde la persona hace público el agradecimiento por el favor recibido ante un problema familiar, económico o de salud.

“La imagen no es algo pasivo; es una presencia misteriosa de Dios y del mismo santo. La santiguación es una muestra de fe, amistad y agradecimiento”, expresa el padre Hilario Contrán, de la parroquia San Antonio de Padua.

Alegre santidad

Según el antropólogo Gregorio Bello Suazo, en nuestro país la costumbre de venerar a esas personas que otrora vivieron en gracia de Dios se originó con la llegada de los españoles, quienes suplantaron las deidades indígenas por santos católicos.

Desde entonces los creyentes también suelen celebrar las fiestas patronales dedicadas al santo reconocido como benefactor de cada población.

Como muestra de ese fervor religioso, en el país existen santos más populares que otros; así, la Inmaculada Concepción ocupa el primer lugar, ya que se le dedican 28 fiestas; le siguen San José, con 20; San Sebastián Mártir, con 16, y la Virgen de Candelaria, con 14 celebraciones.

“Hoy en día las fiestas patronales parecen alejarse de su verdadero objetivo, que es rendirle tributo a un santo o una santa. Ahora las festividades se destacan por sus bailes, elecciones de reinas, ferias, jaripeos, etc. Al parecer, el aspecto religioso se está dejando de lado”, manifiesta el licenciado Bello Suazo.

¿Veneración o idolatría?


Aunque la veneración a los santos está bien arraigada en nuestros pueblos y ciudades, hay muchos cristianos que están en desacuerdo con ella. Las iglesias protestantes o evangélicas no aprueban esta acción, ya que la consideran idólatra, lo que es mal visto por los ojos de Dios.

“La Biblia es clara al decir ‘No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas porque Yo, Jehová, tu Dios, soy un Dios celoso’. Yo no creo en los santos”, expresa el señor Alfredo Cruz, miembro activo de la iglesia Bautista Miramonte.

A pesar de todas las críticas, los católicos mantienen viva su fe en esas personas que vivieron con la gracia divina, pues están seguros de que ellas son intercesoras entre Dios y los hombres.

“Los católicos no adoramos a los santos, sino que los veneramos; les demostramos amor y devoción”, añade el padre Hilario.

Aun con la oposición de los cristianos protestantes se seguirán agregando nuevos miembros al santoral católico. Quién quita que algún día su nombre se escriba en él; sólo necesita que usted supere las tentaciones de la vida, que esté unido íntimamente con Dios, que haga algún milagro y, por supuesto, que tenga muchos devotos.

Santos falsos
En algunas regiones de nuestro territorio se veneran a falsos santos. Le rinden culto a personas que no mostraron el grado de virtud para ser ejemplos y que están asociados a supersticiones, brujerías y blasfemias.

• Uno de los falsos más reconocidos es el hermano Simón, al que se le ha dado el calificativo de “santo”. Este muchas veces es confundido con el apóstol que lleva su mismo nombre, e incluso sus fiestas se realizan el mismo día (28 de octubre).

Este falso santo se caracteriza por lucir traje y sombrero negros. Sus “devotos” suelen invocarlo para pedirle dinero, poder, alejar enemigos, atrapar amores, etc. La gente coloca junto a la imagen licor, puros, dinero y agua.

• La “Santa Muerte”. Cuando la iglesia dice que hay que prepararse para la “santa muerte”, muchos en su ignorancia creen que se trata de una santa, e incluso se han hecho imágenes de ella. Se trata entonces de un santo que no existe. Es representada por un esqueleto cubierto con un capuchón.
El hermano Simón y la “Santa Muerte” son dos de los muchos santos falsos que suelen ser utilizados en actos de brujería y santería. Ante sus imágenes se suelen realizar extraños rituales.
Patronos del trabajo
Cada país y pueblo tiene su santo patrón; también las profesiones tienen los suyos. He aquí algunos de ellos.

• Astronautas: San José de Cupertino. Se le atribuía la facultad de levitar al orar.

• Bailarines: San Vito. Bailaba tanto y muy de prisa.

• Barrenderos: San Martín de Porres. Vivió en un convento dominico, donde barría y se ocupaba de la barbería. Le llamaban “Fray Escoba”.

• Bomberos: Santa Bárbara. Un juez quiso condenarla y un rayo acabó con su vida.

• Empleadas domésticas: Santa Marta. Hermana de María y Lázaro, cultivaba en su casa de Betania dos grandes virtudes: recibir y servir.

• Carteros: Arcángel Gabriel. El enviado por Dios para anunciar a María la encarnación de Cristo.

• Cocineros: San Lorenzo. Fue martirizado en la persecución de Valeriano. Mientras lo asaban vivo dijo a sus verdugos: “Ya estoy bastante asado por este lado; podéis darme la vuelta”.

• Fotógrafos: Santa Verónica. La mujer que consigue grabar el rostro de Cristo en un lienzo.

• Mecanógrafos: Santa Tecla. Condenada a morir en un circo. Su única relación con esta profesión es su nombre.

• Médicos: San Cosme y San Damián. Dos hermanos médicos que derraman su sangre por Cristo.

 



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