28 de agosto de 2005



Por entre la maleza, procuraba distinguir las figuras en el campamento enemigo que se encontraba a unos cien metros pasando una quebrada y unos árboles de pepeto y guayaba.

Fernando Figueroa
Hablemos


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Enfocó con cuidado los binoculares y agudizó la mirada para no perder ningún detalle. Debía estar seguro de cada movimiento que hiciera y estar prevenido ante todos los riesgos que pudieran surgir al lanzar su ataque.

El calor era insoportable y apenas le quedaba algo de agua en la cantimplora. Trataba de no hacer ningún movimiento que pudiera delatar su posición.

Revisó nuevamente el equipo con que contaba: cuatro granadas de mano, un cuchillo especial, los binoculares, cantimplora, pistola con dos cargadores y un radio de comunicación que mantenía apagado por el momento.

De repente, algo en el campo enemigo llamó su atención: llegaban refuerzos y eran muchos. Lo tomó completamente por sorpresa.

Esto alteraba los planes, pues en el cuartel general le habían dicho que sólo había unos ocho enemigos en el campamento, pero ahora había ocho más.

También sabía que era de la mayor importancia el poder cumplir con la misión asignada; todos confiaban en él. Podía morir si lo hacía, pero era un hombre valiente, impulsado por el deber, que siempre demostraba ser el mejor y el más osado, por eso lo admiraban tanto.

Con movimientos calculados y felinos comenzó a acortar el camino hacia su destino. Pensó en sus seres queridos y cómo lo extrañarían si le pasaba algo, pero ya había tomado su decisión: cumpliría con lo encomendado.

Logró llegar a escasos cinco metros del campo, oculto detrás de unas palmeras y un palito de marañón. Sacó las cuatro granadas y las colocó frente a él para poder lanzarlas fácilmente. Preparó su pistola y se dispuso a atacar.

Los latidos de su corazón eran tan fuertes que eran como campanadas estallando en su pecho y en su cabeza.

Todos los músculos de su cuerpo estaban tensos y listos para la acción. Gotitas de sudor le entraban en los ojos y se pasaba la mano polvorienta por el rostro para limpiarse.

Entonces saltó de su escondite y con un movimiento de relámpago quitó los seguros de las granadas y las arrojó con tal exactitud que muchos enemigos cayeron con esta primera andanada. Con pistola en mano, penetró en el campo, esquivando balas y devolviendo el fuego.

Entró en la tienda principal, recogió los documentos secretos que tenía que conseguir y, agachado, escapó por donde había llegado. El ataque había sido tan fulminante que el enemigo, confundido, no supo ni por dónde perseguirlo.

En territorio más seguro, caminaba con tranquilidad y satisfacción por haber tenido éxito una vez más en estas peligrosas misiones. Al llegar al cuartel general, escuchó una voz que decía: “Vaya, hijo, lávese las manitas que ya está la comida”.

Con cuidado, puso sobre una mesita su pistola de agua, un cuchillo de plástico, unos rollos de papel higiénico unidos con cinta, la botellita de agua que llevaba al colegio y un radio viejito y arruinado que le había regalado una tía. Las granadas, digo las pilas viejas, las recogería más tarde en la parte más alejada del jardín de su casa.

 


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