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28
de agosto de
2005

Por
entre la maleza, procuraba distinguir las figuras en el campamento
enemigo que se encontraba a unos cien metros pasando una quebrada
y unos árboles de pepeto y guayaba.
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GANADORES
DEL LIBRO
Casa prestada
Álvaro Najarro
Imelda Guadalupe Alvarado B.
Roxana Cecibel Ventura
Pueden reclamar su libro en
El Diario de Hoy, o llamar a los teléfonos
2231-7717 y 2231-7688.
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Enfocó
con cuidado los binoculares y agudizó la mirada para
no perder ningún detalle. Debía estar seguro de
cada movimiento que hiciera y estar prevenido ante todos los
riesgos que pudieran surgir al lanzar su ataque.
El calor era insoportable y apenas le quedaba algo de agua en
la cantimplora. Trataba de no hacer ningún movimiento
que pudiera delatar su posición.
Revisó nuevamente el equipo con que contaba: cuatro granadas
de mano, un cuchillo especial, los binoculares, cantimplora,
pistola con dos cargadores y un radio de comunicación
que mantenía apagado por el momento.
De repente, algo en el campo enemigo llamó su atención:
llegaban refuerzos y eran muchos. Lo tomó completamente
por sorpresa.
Esto alteraba los planes, pues en el cuartel general le habían
dicho que sólo había unos ocho enemigos en el
campamento, pero ahora había ocho más.
También sabía que era de la mayor importancia
el poder cumplir con la misión asignada; todos confiaban
en él. Podía morir si lo hacía, pero era
un hombre valiente, impulsado por el deber, que siempre demostraba
ser el mejor y el más osado, por eso lo admiraban tanto.
Con movimientos calculados y felinos comenzó a acortar
el camino hacia su destino. Pensó en sus seres queridos
y cómo lo extrañarían si le pasaba algo,
pero ya había tomado su decisión: cumpliría
con lo encomendado.
Logró llegar a escasos cinco metros del campo, oculto
detrás de unas palmeras y un palito de marañón.
Sacó las cuatro granadas y las colocó frente a
él para poder lanzarlas fácilmente. Preparó
su pistola y se dispuso a atacar.
Los latidos de su corazón eran tan fuertes que eran como
campanadas estallando en su pecho y en su cabeza.
Todos los músculos de su cuerpo estaban tensos y listos
para la acción. Gotitas de sudor le entraban en los ojos
y se pasaba la mano polvorienta por el rostro para limpiarse.
Entonces saltó de su escondite y con un movimiento de
relámpago quitó los seguros de las granadas y
las arrojó con tal exactitud que muchos enemigos cayeron
con esta primera andanada. Con pistola en mano, penetró
en el campo, esquivando balas y devolviendo el fuego.
Entró en la tienda principal, recogió los documentos
secretos que tenía que conseguir y, agachado, escapó
por donde había llegado. El ataque había sido
tan fulminante que el enemigo, confundido, no supo ni por dónde
perseguirlo.
En territorio más seguro, caminaba con tranquilidad y
satisfacción por haber tenido éxito una vez más
en estas peligrosas misiones. Al llegar al cuartel general,
escuchó una voz que decía: Vaya, hijo, lávese
las manitas que ya está la comida.
Con cuidado, puso sobre una mesita su pistola de agua, un cuchillo
de plástico, unos rollos de papel higiénico unidos
con cinta, la botellita de agua que llevaba al colegio y un
radio viejito y arruinado que le había regalado una tía.
Las granadas, digo las pilas viejas, las recogería más
tarde en la parte más alejada del jardín de su
casa.
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