28 de agosto de 2005

Isfahan, cuya historia se remonta a los siglos V y IV antes de Cristo, vivió su época de esplendor en el siglo XVII con la dinastía Safávida, que la convirtió en capital de la nación.

María Luz Climent Mascarell
DPA
Hablemos


Vista del palacio Ali Qapu, construcción de seis plantas con una amplia terraza cubierta. Foto DPA/María Luz Climent Mascarell

El nombre de Isfahan aparece estos días en los medios de comunicación ligado a la presunta amenaza de un peligro nuclear. Sin embargo, esta ciudad iraní constituye una joya arquitectónica de la antigua Persia y una de las urbes más refinadas del mundo islámico, cuyo esplendor la hizo ostentar el título en 1650 de “la mitad del mundo”.

Tras horas de carretera por paisajes desérticos de piedra, donde apenas algún matorral se atreve con las tórridas temperaturas de más de 40 grados que marca el termómetro en verano, Isfahan es una suerte de oasis ubicado a los pies de los montes Zagros y cuenta con la inestimable compañía del río Zayandeh, que riega los inesperados verdes parques y jardines interiores.

Los parques, lugar de esparcimiento de los iraníes, son el equivalente de las plazas en Occidente.

A la caída del sol, allí se reúne la familia y conversa animadamente mientras los niños juegan tranquilos.

Cualquier zona verde sirve para sentarse y tomar un respiro, como ocurre con el centro neurálgico de la ciudad, la plaza del Imán, una de las más grandes del mundo (500 x 160 metros), que data de 1612 y que congrega algunos de los edificios más suntuosos de la arquitectura islámica. Deslumbran sus cúpulas amarillas o de intenso azul turquesa, sus majestuosas entradas de labrados mosaicos y los elevados minaretes de las mezquitas que apuntan al cielo, dando a la construcción religiosa ese aire espiritual.

La mezquita del Imán, situada en uno de los extremos de la construcción rectangular, está considerada como una de las más bellas del mundo. Tras la deslumbrante entrada principal, el edificio sorprende por su sencillez arquitectónica, pero no queda un pequeño rincón de la cúpula o la pared que no esté cubierto por los profusos mosaicos, donde el azul, el blanco y el amarillo se funden en una sinfonía de color que tan solo interrumpen los versos del Corán escritos en blanco.

Es preciso buscar un rincón tranquilo para poder contemplar y asimilar la recargada y extasiante belleza de la mezquita, a la que está permitida la entrada a las mujeres no musulmanas, algo que no ocurre en todos los lugares del país, sobre todo en las ciudades más espirituales como Qom, la segunda ciudad santa del país, donde nació la revolución islámica y que sigue siendo uno de los centros más conservadores de la nación.

Vista del puente Khayu en la ciudad de Isfahan. Foto DPA/María Luz Climent Mascarell

Para recuperarse de la impresión, conviene tomar un té en alguna de las teterías instaladas en la zona con pórtico de la plaza, antes de entrar en la mezquita del jeque Lotfollah, más pequeña que la anterior, pero equiparable en belleza y distinción, y donde la armonía se revela como eje de los incesantes juegos geométricos que decoran las paredes.

Las dos mezquitas fueron construidas durante el reinado del Shah Abbas I (1587-1629), el que mayor esplendor dio a la dinastía Safávida, la creadora de lo que se ha denominado tercer imperio persa y que impuso el chiismo como religión del país.

Frente a ella, en la misma plaza, se encuentra el palacio Ali Qapu, una construcción poco corriente por sus seis plantas con una amplia terraza cubierta que ofrece unas maravillosas vistas sobre la plaza.

Estos tres edificios exponen las líneas básicas que ensalzan la arquitectura persa, una monumental simplicidad en la arquitectura combinada con una profusa ornamentación colorida que no llega a rayar en lo excesivo.

Además, en el extremo opuesto a la mezquita del Imán se encuentra el principal bazar de la ciudad, donde resulta fácil encontrar trabajos de artesanía local como las minipinturas sobre huesos de camellos, los manteles pintados a mano o el producto estrella de Irán: las alfombras persas.

En la visita a Isfahan no se debería olvidar la mezquita Yameh, un compendio de arquitectura islámica, ya que fue construida en el siglo XI, pero las continuas remodelaciones han hecho que albergue estilos de hasta el siglo XVIII. Junto a la bella austeridad de algunas cúpulas de piedra con dibujos geométricos conviven coloridos mosaicos de posteriores reformas.

Asimismo, conviene dar una vuelta por el barrio armenio, al otro lado del río que cruza la ciudad y, al caer la tarde, detenerse en una de las teterías junto al río, por ejemplo en la parte baja del puente Khayu, a tomar un té o el “fadulleh”, especie de helado con aroma de rosa que goza de una gran popularidad entre los paladares locales.

Pero Isfahan cuenta sobre todo con un incentivo que la hace aún más atractiva: la amabilidad de su gente que, ajena a la actividad nuclear de la central ubicada a las afueras, acoge al turista con una naturalidad que, sencillamente, desarma.

 

 

 


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