27 de noviembre de 2005

Actualidad
La violencia se pinta de SIDA

El 25 de noviembre se celebró el “Día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer”, y sólo siete días después, el 1 de diciembre, se ha declarado como “Día mundial del sida”. Como están las cosas, estos dos males parecen más ligados que nunca.

Morena Rivera
Fotos: Sandro Stivella y Archivo

Hablemos@elsalvador.com

Por más de cuatro años, la violencia de género le dejaba magulladuras en su piel, y también en sus emociones. Rosa, de 33 años ahora, sabía que su pareja se acostaba con otras mujeres, pero nunca pudo convencerlo de que usara preservativos para protegerse ni con ella ni con sus amantes.

Un día, esas huellas se hicieron más profundas, como un clavo que se incrustó muy adentro, sin regresos, sin retornos. Su compañero íntimo, 25 años mayor que ella, al que amaba muy a pesar de las agresiones que le daba, la contagió de Sida.

Y aún con esa carga ella pudo vivir un par de meses más a su lado hasta que se atrevió a cortar ese círculo vicioso en el que había girado su vida. “Pensé que iba a ser feliz con él, pero todo fue un fracaso”, dice triste y sin la certeza de que va a poder seguir junto a sus dos hijos.

La violencia de género, en especial ésa que es ejercida por los compañeros íntimos, está demostrando una relación estrecha con el riesgo de contagio de VIH/Sida para las mujeres. Y esa asociación, a juicio de Alba América Guirola, directora de Cemujer, ha estado relegada por las autoridades de salud en El Salvador.

Son pocos los estudios nacionales que indican esos lazos. Uno realizado por el proyecto Acción Sida de Centroamérica (Pasca) revela que las diferencias de género caracterizadas por las relaciones de poder y control de los hombres sobre las mujeres determina el aumento de la infección para ellas.

Quienes han presenciado la evolución de la pandemia en El Salvador manejan cifras, casos y perfiles de ese binomio que vulnera física, sexual y emocionalmente a las mujeres, sobre todo porque son sus esposos o sus compañeros íntimos los que llevan la infección a la casa.

Infectadas por su pareja


Laura Valladares, coordinadora del Centro de Educación Sexual de Fundasida, refiere que de los 30 mil infectados con la pandemia, casi el 40% está representado por las mujeres. Y de éstas, el 90%, un porcentaje que aflige, es ama de casa y por si fuera poco fieles a una sola pareja.

Otra parte de ese 90% es también jefa de hogar, es decir que tiene como figura a alguien del sexo masculino, pero sobre ellas recaen los gastos económicos de la familia. “Da respeto tener un hombre en la casa”, se justifican muchas de ellas.

El que los hombres tengan múltiples parejas fomenta la diseminación del VIH, según Pasca.

Cumpliendo parte de ese perfil llegan a Fundasida. De las 50 mujeres, entre 200 casos que han atendido en lo que va del año, la mayoría registra marcas de golpes en la piel, con sentimientos de culpa y muchas veces la misma historia.

Casadas, fieles a una sola pareja o conviviendo con un único compañero sexual, el único que pudo llevarles la enfermedad a sus vidas. El Estado de la Población Mundial 2005 estima que más de cuatro quintas partes de las infecciones de mujeres con VIH ocurren en el matrimonio o en relaciones largas.

A nivel mundial la tendencia es parecida. En la India el 90% de las mujeres que viven con el VIH era virgen al contraer matrimonio y se había mantenido fiel a su pareja. En África el 80% ha recibido la infección de su esposo.

En lo que va del año, refiere Alba América, el programa “Prevención de la violencia de género para prevenir el VIH” de Cemujer, ha atendido diez mujeres que además de estar contagiadas de sida han sido víctimas de abuso sexual y sicológico de parte de sus parejas.

“Son mujeres, son violentadas y tienen sida”, se indigna Alba América. Lo peor de todo es que en términos generales ellas no tienen la capacidad para negociar el uso de preservativos durante las relaciones sexuales. “Tienen miedo de hacerlo, de que se enoje o se vaya la pareja”, considera.

Educadas para cumplir


Sin capacidad para negociar
El Estado de la Población Mundial 2005 reseña que el sida surgió en el decenio de 1980 como una enfermedad masculina, pero el número de mujeres infectadas ha crecido en proporción con los homres, desde el 35% en 1990 hasta el 48% en el 2004.
Detalla además que las mujeres víctimas de abuso corren mayores riesgos de contagio con el VIH. Esas probabilidades aumentan en los casos de violación, e indirectamente por temor a negociar el uso de condones.
Las mujeres casadas prefieren correr un riesgo de infección antes que pedir a sus esposos el uso del condón. Datos de la Encuesta de Salud Familiar
(Fesal) demuestran que el uso del condón en los hombres salvadoreños no es consistente. Sólo el 20.3% reportó haberlo usado en el último año, previo a la entrevista.

Edith Barrera, sicóloga del Centro de Atención Integral de la Salud y Adolescentes del Ministerio de Salud, sostiene que en las relaciones maritales es el hombre el que tiene la autoridad, el que decide, y también lo hace en las relaciones sexuales.

Y el hombre es irregular en el uso de preservativos. Los usan casi siempre cuando se acuestan con trabajadoras del sexo, pero sólo algunas veces cuando se trata de otras relaciones extramaritales.

Muchos suelen pensar, dice Barrera “esta mujer se ve sana, no creo que tenga sida”.

Mucho menos quieren usarlos con su pareja estable. “¿Y yo por qué? Que se cuide la mujer”, “es que da cáncer” y “con eso se pierde la erección” son algunas de las expresiones que Edith ha escuchado a sus pacientes.

“Creen que si los usan serán menos machos”, matiza la especialista.

Contra esas concepciones no hay peros que valgan. Y las mujeres tampoco se sienten empoderadas para sugerir ni mucho menos exigir la protección a sus parejas.

“Es injusto que siendo fieles sean contagiadas, pero más injustos son los patrones culturales, el hecho de que no se les haya educado para negociar”, agrega.

A juicio de Valladares, sólo el empoderamiento de la mujer puede llegar a romper esa espiral de violencia y VIH/Sida. Y eso incluye la formación de niños y niñas para que vayan creciendo con otras concepciones.

Y de esa forma lograr que los hombres sean más sensibles y las mujeres aprendan a negociar cuestiones como la violencia y el uso de preservativos.

Para que casos como el de Rosa no engrosen la lista de mujeres víctimas de la relación que existe entre violencia de género y VIH/sida.

El círculo que absorbió a Rosa

Primero fue la violencia: golpes y burlas de su pareja, pasando por las escenas de infidelidad. Hasta que un día se enteró de su veredicto final: el resto de su vida debía estar atada al sida.

Nada ha sido fácil para Rosa, sobre todo hoy cuando sabe que como una flor arrebatada de su planta, su vida irá marchitándose más rápido de lo normal.

“Puedo llorar ahora”, confiesa. El día después de hoy espera guardarlo para sus dos hijos, uno de 16 y el otro de 12 años. Quizás no habrá pasado mañana, tal vez entonces deje de pensar en su tragedia.

En ese círculo vicioso que la fue absorbiendo, luego de conocer a aquel hombre, 25 años mayor que ella, con el prestigio que da tener una casa amplia en la capital y vivir tres meses en Estados Unidos y el resto del año en El Salvador.

Se enamoró de él. Era a la vez una segunda oportunidad para cerrar el capítulo que había abierto con el padre de sus dos hijos, quien por seis años la había retenido bajo amenazas de asesinato.

“Pensé en rehacer mi vida, pero la arruiné por completo”, dice. Se acompañó con él y lo convirtió en su única pareja, en su íntimo compañero. A los cinco meses empezó su desdicha.

Cuando lo cuenta parece más demacrada, su cuerpo se ve más frágil y hasta sus ojos resienten el pasado. Se enteró de las infidelidades de su compañero, incluso las domésticas que empleaba en la casa eran parte de sus aventuras y, un día, lo halló con otra mujer en la cama.

“Vos sos la mujer de la casa”, le respondía él cuando ella le increpaba sobre sus amores furtivos. A veces Rosa le pedía que usara preservativos con ella y con las mujeres con quienes se acostaba.
“¿Cómo crees? Eso no sirve de nada”, le gritaba él.

Cuando estaba borracho también la agredía físicamente y la obligaba a tener relaciones sexuales. Un 31 de diciembre, rememora Rosa, le tiró la bebida en la cabeza sólo porque no quiso brindar con él, la empujó y le dio una patada.

Rosa vive amparada en la BIblia. Asistir a una iglesia le ayuda a sobrellevar su tragedia.

Pero seguía con ese hombre por amor. Un día, una de las domésticas lo demandó por abuso sexual. Él fue detenido, y entre las pruebas realizadas a la denunciante se descubrió que era portadora del VIH. Rosa supo que las probabilidades también eran grandes para ella.

Tuvo que soportar las recriminaciones de su marido. “Vos sos la culpable”, le decía cuando ella solía visitarlo en la cárcel, aun después de comprobar que ambos estaban contagiados.

Él le prometía que al salir iba a seguir con ella. Y Rosa, como siempre, volvía a creerle.

La doméstica retiró los cargos y el violentador pudo volver a su casa. Junto a él ya no sólo estaba Rosa; la “supuesta abusada” se fue a vivir con ellos. “Me escondían la comida y él me daba un dólar a la semana para los niños”, refiere.

En las noches se le metía en el cuarto y la buscaba para tener intimidad con ella. Rosa volvía a sugerirle el uso de preservativos, pues aunque los dos eran VIH positivos sabía que reinfectarse podía agravar sus situaciones. Nunca logró negociar esa protección.

Después de cinco años en ese calvario, Rosa se cansó y se fue, junto a sus hijos, a vivir a la casa de su hermano. Allí pasa triste, sin muebles, con los retrovirales rozando su garganta a cada instante y sólo con la ayuda económica que puede darle su hijo de 16 años y la orientación sicológica que recibe en CEMUJER.

Sumisas en las relaciones

¿Por qué se dice que la violencia de género es un factor de riesgo para que las mujeres se infecten con el VIH?
Por la posición de dependencia y subordinación que la mayoría de ellas ocupa en la relación con los hombres y la probabilidad de ser víctimas de abuso sexual o violación de parte de su pareja.

¿De nuevo los patrones tradicionales de los hombres están influyendo en la propagación de la pandemia?
En nuestras culturas muchos hombres prestan menor atención a su salud y a su seguridad sexual. Tienen más parejas sexuales, es más probable que se inyecten drogas y otros se relacionan sexualmente con otros hombres.

Dr. Ricardo González, especialista en temas de género, consultor de la Organización Panamericana para la Salud.

¿Por qué muchas mujeres no están en posición de negociar las relaciones sexuales?
Porque también en las relaciones de pareja, incluso en las relaciones sexuales, se reproducen las formas más tradicionales de la cultura. Hay dominio, control masculino y pasividad, y dependencia femenina por otro lado.

¿Qué tiene que ver para que las mujeres tengan más capacidad para negociar el uso de preservativos?
Involucrarse en relaciones afectivo-sexuales menos apegadas al patrón tradicional. Los hombres deben sustituir el dominio por la cooperación, y las mujeres superar la subordinación y la dependencia.

¿Se cree que el matrimonio o tener una sola pareja significa seguridad para evitar el contagio, o se trata de un mito?
Sí, será un mito si el matrimonio se toma nada más como una formalidad, sin el contenido moral que lo sustenta. O si la monogamia es practicada sólo por la mujer.

Se ha comprobado que el riesgo más bajo de contraer VIH en una relación sin protección es teniendo sexo con compañeros de quienes se tiene la plena seguridad de que no están infectados y que no tienen relaciones sexuales con otras personas.

 

 

 



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