|27 de marzo de 2005

Una colectividad de pintores llenos de pasión y encendidos contrastes es lo que conforma
la familia Linares-Díaz.

Enrique S. Castro

“La niña de la mariposa”, de Iván Linares.

Una corriente intelectual sostiene que el arte debe ser esencialmente colectivo. La afirmación podría tener su respuesta una vez la obra ha sido creada y expuesta a la vista y a los oídos de los espectadores.

Así ocurre con la pintura, la música, la literatura y los mismos monumentos y centros históricos de las grandes ciudades declarados patrimonio cultural de la humanidad.

Debe aclararse, con todo, que el artista concibe en silencio y en la soledad de su aposento: el físico y el biológico.
Una tarea definitivamente individual.

Hay, sin embargo, gratas excepciones. Por el trabajo colectivo y el mismo aporte de los grupos humanos. Seres que unen su talento y su devoción para crear y dar vida a obras estelares, en cualesquiera de los géneros del arte.

La Capilla Sixtina y la Paulina fueron decoradas por el genio de Miguel Ángel, Piero Francesca, Andrea del Castagno, Benedetto Bonfigli,

Perugino, Sodoma, Bramantino, Peruzzi, Lorenzo Lotto, Giovanni Ruysch, Del Becca, Rafael y otros, hasta el aporte de los escenarios narrados por Dante en La Divina Comedia.

La familia Linares-Díaz ingresa en la premisa de lo colectivo. Antonio y Elda se conocieron en la Academia “Valero Lecha”. Años atrás, cuando los bocetos, el carboncillo, los bodegones “encajonaban” las vocaciones pictóricas, para decirlo con una palabra muy propia del maestro español.

Formaron un hogar y nacieron Iván y Eric. Al cumplir sus 15 años ya había una colectividad de pintores... un riguroso ejercicio por el dibujo, primero; por el color, la luz y la composición después. Un constante bregar con la técnica y una inspiración que venía desde las venas cargadas por los genes y una naciente vocación.

Arquitecto del paisaje

El hogar es compartido como un estudio, espiritualidad y aporte de ideas. Las diferencias se producen en el quehacer pictórico. Eric es el arquitecto del paisaje. Abre sus lienzos para captar la luz, donde se genera un espacio muy hondo, muy alto, muy despejado. Son estampas que tienen lejanías, no simplemente por el motivo geográfico muy remoto, sino porque el aire plantea problemas de transparencia y de luminosidad.

Además marca un acento fuerte en los fondos cargados de elementos surrealistas, dejando mucho al pensamiento y a la reflexión de los espectadores.

Muchos de esos paisajes son rurales; otros, urbanos, con la disposición de casitas y calles empedradas, torcidas, tan costumbristas en las comunidades de los países centroamericanos; pero también hay montañas, nubes, pinares y, tantas veces, la cinta mojada de la carretera, las quebradas, los ríos.

Antonio y Elda son los gestores, los pioneros que llegaron desde las paletas, los colores y los lienzos de la academia, y que supieron inspirar a Eric e Iván, los estilistas de la línea.

Eric, en lo particular, capta desde su seriedad y profesionalismo de arquitecto y pintor la luminosidad y las penumbras de las villas y de las aldeas que no llegan a pueblos.

En sus cuadros se plasma la dulzura y la quietud de nuestros valles, la aspereza de las montañas; el desgarramiento de nuestras nubes.

En el paisaje urbano ha logrado pleno dominio en la composición y en el balance por su misma formación de arquitecto; pero agrega luz, brillantes colores y mucho espacio.

De manera particular, me recuerda a Modigliani, de la escuela de París, dibujante formidable con un estilo más bien lineal. Aunque su interés se concentró en la figura humana.

Apasionada y sencilla

Elda se encuentra en esta misma línea. En este tiempo de abstracciones y extravagancias, no de ruptura, ella mantiene una tradición que sin ser nuestra, corresponde a los grandes paisajistas, a los románticos de las flores, a los naturalistas que en su retina conservaron por siempre los colores las luces de los ambientes urbanos y rurales; la dulzura del azul, la exquisitez de los amarillos, la esperanza de los verdes y la fuerza de los rojos: los impresionistas del siglo XIX. No es maestra como ellos; pero es apasionada, sencilla y dulce en el tratamiento de sus cuadros.

Estilistas de la línea

Antonio e Iván son dos caracterizados dibujantes, insuperables retratistas. La línea de Iván “tiene forma” por su profesión de arquitecto; ambos plantean serios contrastes en el tratamiento de la figura humana, con una particular interpretación más allá de la composición, la expresividad y los cálidos colores.

Antonio expresa unidad y continuidad, que viene de su formación como pintor en la Academia de Valero Lecha.

Evoca y registra limpieza, técnica depurada; pero además una especie de sensualidad en el tratamiento de los colores que parece ser matriz y vibrante en toda su pintura, extendida desde la figura humana al paisaje y hasta los rincones del aposento, donde las frutas y los bodegones quedan como testigos de la fidelidad al dibujo, a la línea delicada, a la forma, la luz, el color y la composición.

Iván está muy cerca de los expresionistas, sobre todo los alemanes. La intención de Iván con su figuración es provocar una reacción intensa en los espectadores.

Como retratistas consumados penetran al interior y reflejan hasta el corazón. La originalidad descansa en su particular interpretación del tema y el motivo; pero también en el carácter sicológico del ser humano.

En el fondo, desde luego, subyace el dibujo, las diagonales y la forma. No se trata simplemente de una placa, de una fotografía, sino de una realidad humana vista con perfiles sicológicos y morfológicos. Identidad y sensibilidad

Centro histórico de Santa Ana, de Eric, quien ha logrado pleno dominio del paisaje urbano.
“Niñas de Nahuizalco”, de Antonio.

 

 


1995 - 2005. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.

elsalvador.com