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27 de febrero de 2005

Ecologistas
y científicos discrepan sobre la posibilidad de replicar
en América Latina una flamante norma mexicana de bioseguridad.
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Si alguien manipula o comercia transgénicos sin permiso
o los usa para fabricar armas será multado hasta con
127 mil 600 dólares, estipula la ley de bioseguridad
aprobada en México, que podría marcar rumbos
en toda América Latina, para irritación de grupos
ambientalistas.
México tomó la delantera al aprobar a mediados
de febrero la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente
Modificados, que reúne todo lo relativo al uso de esta
biotecnología en agricultura e introduce previsiones
para evitar que derive en la creación de armas biológicas.
Más de 22,6 millones de hectáreas de América
Latina ya están cubiertas con cultivos transgénicos,
una superficie que abarca porciones de ocho de los países
de mayor biodiversidad del mundo (Brasil, Colombia, México,
Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Costa Rica). Pero
las normas en la materia son desiguales y están dispersas.
Es una lástima que se haya aprobado la ley mexicana,
pues ahora nuestros países la querrán tomar
como ejemplo, cuando se trata de una ley terrible, pues se
alinea con los intereses de las transnacionales, dijo
a Tierramérica la directora del programa de biotecnología
de la no gubernamental Unidad Ecológica de El Salvador,
Morena Murillo.
En ese país se discute desde el año pasado una
normativa general sobre bioseguridad, como sucede también
en Brasil, Guatemala y Paraguay.
Debates mundiales en curso y acuerdos internacionales como
el Protocolo de Cartagena apuntan a regular el uso de los
transgénicos, pues se teme que esos organismos impacten
de forma negativa en la salud y en el medio ambiente.
Las semillas transgénicas fueron desarrolladas en los
años 80 con el fin de mejorar diversas características
de las plantas, entre otras, su resistencia a plagas y a factores
climáticos, su carga vitamínica y su aspecto
y color.
Los científicos mexicanos Bolívar Zapata, premio
Príncipe de Asturias en Ciencia y Tecnología,
y Luis Herrera, uno de los padres de la biotecnología,
sostienen que la ley dictada en su país se adapta a
la realidad que impone la existencia los transgénicos.
La ley mexicana puede ser de gran ayuda para quienes
estén interesados en desarrollar sus propias legislaciones,
dijo Herrera, quien junto a otros investigadores creó
en 1983 la primera planta transgénica en la Universidad
de Gante, Bélgica.
Pese a la expectativa de los científicos, en la mayoría
de países de América Latina la aprobación
de la ley mexicana pasó casi inadvertida.
En la región hay diversas legislaciones, que en general
establecen comisiones especiales para estudiar el impacto
de la liberación de transgénicos, poner límites
a su cultivo y sancionar a quienes provoquen daños.
Para los ecologistas, la mayoría de esas leyes fue
superada por la realidad y debe actualizarse.
En Argentina, estos cultivos son regulados por una ley de
semillas de 1973, a la que se han agregado numerosos
decretos reglamentarios. Este país tiene la mayor superficie
sembrada con transgénicos de América, detrás
de Estados Unidos.
En Brasil, tercero en producción de estos vegetales
en el continente, la ley de bioseguridad de 1995 fue quedando
en el olvido debido a la siembra ilegal, pero tolerada, de
soja transgénica, y de un agitado debate público
en torno a una nueva norma.
El proyecto sobre bioseguridad que se discute actualmente
en el parlamento difícilmente se aprobará,
pues contraviene la Constitución y no obliga a realizar
estudios de impacto ambiental, dijo a Tierramérica
Paulo Pacini, abogado del Instituto Brasileño de Defensa
del Consumidor, grupo que ha llevado a los tribunales su protesta
por la siembra de soja modificada.
En Chile sólo se autoriza el ingreso de semillas transgénicas
para su multiplicación y posterior exportación,
y rige un decreto gubernamental sobre la materia de 1993.
El gobierno chileno prometió dos años atrás
que presentaría un proyecto sobre bioseguridad, pero
ante un clima político poco favorable, terminó
archivando su iniciativa.
Chile no cuenta con la capacidad instalada para controlar
y fiscalizar la liberación indiscriminada de transgénicos,
dijo a Tierramérica Juan Carlos Cuchacovich, coordinador
de la campaña de ingeniería genética
de Greenpeace Chile.
Quienes se oponen a los transgénicos, sostienen que
la norma mexicana, votada por legisladores en medio de protestas,
debería llamarse ley Monsanto, en alusión
a la corporación transnacional que lidera la producción
mundial de semillas transgénicas y que ejerció
presión por su aprobación junto a otras compañías.
En 124 artículos, 33 páginas y decenas de agregados,
el texto establece el impulso a la investigación biotecnológica
y crea mecanismos de vigilancia para el ingreso de productos,
entre ellos el etiquetado obligatorio de semillas.
A juicio del científico Zapata, el rechazo a los transgénicos
obedece a la ignorancia y al miedo a lo nuevo.
Estrella y Zapata afirman que en los años en que los
transgénicos se han cultivado y consumido en el mundo
no ha surgido ninguna evidencia de que puedan provocar problemas
al medio ambiente o a la salud. Es una tecnología que
llegó para quedarse, vaticinaron.
Corresponsal de Inter Press Service (IPS). Con aportes de
Marcela Valente (Argentina), Mario Osava (Brasil), Daniela
Estrada (Chile) y Jorge Grochembake (Guatemala)
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