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24
de julio de 2005

Unas
15,000 personas salen de Italia cada año para convivir
con comunidades del Sur en desarrollo o de los países
del Este europeo.
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Turistas europeas conocen comunidades
en Burkina Faso, África. Foto Viaggi Solidali |
Cada vez
más turistas sociales prefieren convivir
algunas semanas con habitantes de los Andes peruanos o del
Tibet, en vez de disfrutar lujos en capitales europeas o balnearios
asiáticos.
Esos viajeros dejan de lado los cocteles junto a piscinas
en el Caribe, los cruceros por las islas Baleares o los hoteles
de cinco estrellas estadounidenses, para conocer de cerca
realidades del Sur en desarrollo o de los países del
Este europeo, y compartir el estilo de vida y los problemas
de comunidades locales.
Tales experiencias amplían el concepto de ecoturismo,
popularizado a comienzos de los años 90, en la medida
en que no sólo procuran una convivencia respetuosa
con el ambiente, sino también con seres humanos de
culturas distintas, indígenas, campesinos o cooperativistas,
explican expertos en la materia.
El turismo social aumenta con un ritmo de diez por ciento
anual, pero está muy por debajo del tradicional, que
mueve cinco mil millones de dólares por año,
factura el equivalente a siete por ciento del producto bruto
mundial del planeta, y da trabajo a 127 millones de personas,
reconoce la Asociación Italiana de Turismo Responsable
(AIRT).
Quince mil personas salen de Italia cada año para participar
en la ayuda a comunidades pobres brindada por 63 asociaciones
italianas. En ese turismo social, el centro de interés
es la comunidad hospedante, que tiene derecho a decidir qué
tipo de visitantes acepta, explicó a Tierramérica
el presidente de la AIRT, Maurizio Davolio.
El turismo tradicional sólo deja a las comunidades
migajas de la riqueza que genera, pero nosotros les damos
la mayor parte, afirmó.
Estos viajes no convencionales son largos, lentos y preparados
con anticipación para evitar daños al ambiente.
En la norteña ciudad italiana de Milán, la agencia
de viajes Pindorama organiza sólo 25 viajes de turismo
social al año, para grupos de 15 personas y durante
20 días, a 16 destinos en cuatro continentes. Cobra
en promedio casi tres mil dólares por persona.
El turismo social es más costoso que el tradicional,
porque los viajes son realizados por pequeños grupos
que no acceden a las rebajas de aerolíneas y hoteles
disponibles para contingentes numerosos.
Los clientes de Pindorama van al sudoriental estado mexicano
de Chiapas y se hospedan en viviendas de indígenas,
visitan en Lima a grupos de jóvenes trabajadores o
conviven con ovejeros en la austral Patagonia argentina.
Al inicio estos viajes eran para militantes, pero
hoy quienes los realizan son simplemente turistas responsables
que respetan la naturaleza y la cultura de otros pueblos,
y tienen ganas de conocer cosas nuevas, dijo a Tierramérica
Daniela Cazzaniga, representante de esa agencia.
Tiziano Colombo, un ingeniero milanés, visitó
durante 15 días Ciudad del Cabo, en el sudoeste de
Sudáfrica, y aunque no viajó con una agencia
de turismo social, contrató un tour local, Detrás
de las cortinas, que le mostró la pobreza en
los barrios periféricos de esa ciudad.
Su guía, hijo de inmigrantes que llegaron de la India,
lo llevó a hogares de tres familias para que le contaran
cómo vivían bajo el régimen racista del
apartheid. A cambio del tiempo y la paciencia de sus interlocutores,
debía comprar una bebida fría o caliente para
contribuir a la economía familiar.
Grupos que apoyan el desarrollo en países pobres obtienen
recursos al brindar servicios para turismo social. El Centro
Regional para la Cooperación (CRIC), con sede en Reggio
Calabria, al sur de Italia, organiza viajes de 20 días,
en parte sociales y en parte tradicionales, a Nicaragua, Senegal,
Ecuador y la meridional región española de Andalucía,
cobrando unos mil 400 dólares por persona.
En Senegal, los turistas van a destinos tradicionales y también
a Davio, una pequeña comunidad norteña, donde
permanecen 15 días, albergados por una cooperativa
de 70 mujeres que producen telas pintadas. Los recursos obtenidos
con esos viajes se usan para apoyar a la comunidad de Davio.
En la ciudad andaluza de Almería, los viajes organizados
por el CRIC permiten conocer fiestas tradicionales de Pascua
y el racismo contra los inmigrantes marroquíes y los
gitanos.
Son visitas más cortas, de diez días, y más
económicas, a unos mil 200 dólares por persona.
Los hospederos son grupos locales de lucha contra el racismo
y los turistas tienen encuentros con sociólogos
y antropólogos que les explican el problema, pero también
asisten a espectáculos de flamenco, indicó
Gabriele Ciapparella, del CRIC.
La Asociación Jonas, sin fines de lucro, organiza desde
hace 16 años visitas de turismo social a Padova, en
el norte de Italia, con itinerarios de bajo impacto ambiental
y propone vacaciones en bicicleta.
En Italia, 300 hoteles, residencias, sitios para acampar,
hostales, restaurantes y alojamientos en casas de familia
llevan el sello Ecolab, creado por Legambiente, el mayor grupo
ambientalista del país, para distinguir a servicios
con administración sostenible y defensa del ambiente. Colaboradora
de Tierramérica
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