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24
de julio de 2005

Las
ocho de la noche y trataba de protegerme de la lluvia bajo
el techo de la parada junto con otras seis personas.
Me sentía
muy cansado, pero la brisa de la lluvia me hacía sentir
bien y refrescado. Todos poníamos atención cuando
se acercaba un bus para ver si era la ruta que esperábamos
y dábamos un paso atrás cuando no era el correcto.
La brisa, las luces de los carros, la lluvia suave, la gente
caminando de prisa hacia las paradas o buscando algún
sitio donde guarecerse. En realidad una noche de rutina para
mí. Pensaba si había algo en la casa para prepararme
cena porque, con lo poco que andaba en el bolsillo no me podía
dar el lujo de gastar en algo para llevar.
Dando vuelta en estos pensamientos sentí un escalofrío
súbito, levanté la mirada y me di cuenta de
unos hermosos ojos fijos en mí. No había reparado
en ella cuando llegué a la parada; de hecho, estoy
seguro de que no estaba, y no había llegado nadie más
desde entonces.
Me sonrió de pronto e hizo uno de esos gestos adorables
que saben hacer muy bien las mujeres para llamar la atención
de un hombre. Me sentí inmediatamente interesado y
pensé que era una de esas oportunidades que uno no
busca sino que le salen al paso; hasta me sentí más
guapo y fuerte, mi ego masculino estaba feliz.
Ella se me acercó y con una encantadora sonrisa dijo:
Hola, ¿se acuerda de mí?. Me impactó
la pregunta porque estaba seguro de que no la conocía;
cómo olvidarse de una mujer así, supuse que
me estaba confundiendo.
Perdóneme, por favor, pero no la ubico, ¿de
dónde nos conocemos?. Con una sonrisa más
seductora que la anterior me reclamó: Qué
bárbaro usted, si he llegado varias veces a su trabajo
y me ha atendido, y no se acuerda de mí. Perdóneme,
perdóneme, es que veo a tanta gente que se me olvidan
las caras, pero tiene razón, ya me acordé, discúlpeme,
cómo no la reconocí. Yo estaba seguro
de no conocerla y empecé a ponerme algo nervioso ante
su insistencia.
Al fin apareció el bus de la ruta que esperaba y le
dije que tenía que irme.
Qué casualidad, en ese me voy yo también,
me dijo sonriendo, así que nos subimos y me senté
en el primer espacio que encontré libre. Me sentía
extraño, había algo que no estaba bien, pero
no sabía lo que era. De pronto, se sentó a la
par mía y pegó su cuerpo al mío todo
lo que pudo.
Era una mujer muy bonita, fuera de lo común realmente,
así que no debería haberme incomodado, al contrario,
pero había algo raro en ella
Su manera de verme
me asustaba, era una mirada que parecía penetrar hasta
mi alma.
Comenzó a conversar sobre el clima, lo caro que estaba
todo, los nuevos centros comerciales y otras cosas. Me parecía
que se fijaba en cada detalle de mi persona a medida que seguía
el hilo de sus comentarios.
De parada en parada, el bus se había quedado vacío,
con excepción de nosotros dos y el motorista. De repente,
acercó su rostro al mío y súbitamente
me besó apasionadamente, o al menos eso pensé
que hacía, porque lo que me hizo sentir no fue pasión,
sino un profundo dolor y la horrible sensación de que
me estaban succionando la vida y hasta mi alma.
Reaccioné tratando de alejarla de mí, la empujé,
pero me di cuenta de que era mucho más fuerte que yo
y no lograba despegar su boca de la mía.
Quería gritarle al motorista para que me ayudara, pero
no podía. Empecé a sentirme cada vez más
débil, como si toda mi energía me abandonara;
poco a poco mi visión se empañaba cada vez más
y ya no tenía fuerzas para rechazarla. Mi corazón
latía cada vez más despacio y la idea de que
estaba a punto de morir cruzó por mi mente con absoluta
certeza.
Casi en mi último aliento me soltó y escuché
un alarido espantoso como de un animal salvaje y pude verla
corriendo fuera del bus. Frente a mí, el motorista,
con una cara de espanto, una barra de hierro en una mano y
un escapulario en la otra, me preguntaba si estaba bien y
me ayudó a incorporarme en el asiento.
Me dio un poco de agua para beber y mojé mi rostro
para refrescarme cuando de la lejanía nos llegó
una carcajada tenebrosa que nos hizo sentir el pánico
que produce el miedo. El motorista corrió a arrancar
el bus y salimos a toda la velocidad que el vehículo
pudo dar.
Cuando al fin llegué a mi casa, me aseguré de
cerrar todo muy bien, saqué de una caja de cosas viejas
un crucifijo que me había dado mi madre. Lo puse junto
a mi cama y por primera vez desde hacía años
me hinqué a decir una plegaria
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