24 de julio de 2005

Las ocho de la noche y trataba de protegerme de la lluvia bajo el techo de la parada junto con otras seis personas.

Fernando Figueroa
ferfigueroasv@yahoo.com

Hablemos


Me sentía muy cansado, pero la brisa de la lluvia me hacía sentir bien y refrescado. Todos poníamos atención cuando se acercaba un bus para ver si era la ruta que esperábamos y dábamos un paso atrás cuando no era el correcto.

La brisa, las luces de los carros, la lluvia suave, la gente caminando de prisa hacia las paradas o buscando algún sitio donde guarecerse. En realidad una noche de rutina para mí. Pensaba si había algo en la casa para prepararme cena porque, con lo poco que andaba en el bolsillo no me podía dar el lujo de gastar en algo “para llevar”.

Dando vuelta en estos pensamientos sentí un escalofrío súbito, levanté la mirada y me di cuenta de unos hermosos ojos fijos en mí. No había reparado en ella cuando llegué a la parada; de hecho, estoy seguro de que no estaba, y no había llegado nadie más desde entonces.

Me sonrió de pronto e hizo uno de esos gestos adorables que saben hacer muy bien las mujeres para llamar la atención de un hombre. Me sentí inmediatamente interesado y pensé que era una de esas oportunidades que uno no busca sino que le salen al paso; hasta me sentí más guapo y fuerte, mi ego masculino estaba feliz.

Ella se me acercó y con una encantadora sonrisa dijo: “Hola, ¿se acuerda de mí?”. Me impactó la pregunta porque estaba seguro de que no la conocía; cómo olvidarse de una mujer así, supuse que me estaba confundiendo.

“Perdóneme, por favor, pero no la ubico, ¿de dónde nos conocemos?”. Con una sonrisa más seductora que la anterior me reclamó: “Qué bárbaro usted, si he llegado varias veces a su trabajo y me ha atendido, y no se acuerda de mí”. “Perdóneme,

perdóneme, es que veo a tanta gente que se me olvidan las caras, pero tiene razón, ya me acordé, discúlpeme, cómo no la reconocí”. Yo estaba seguro de no conocerla y empecé a ponerme algo nervioso ante su insistencia.
Al fin apareció el bus de la ruta que esperaba y le dije que tenía que irme.

“Qué casualidad, en ese me voy yo también”, me dijo sonriendo, así que nos subimos y me senté en el primer espacio que encontré libre. Me sentía extraño, había algo que no estaba bien, pero no sabía lo que era. De pronto, se sentó a la par mía y pegó su cuerpo al mío todo lo que pudo.

Era una mujer muy bonita, fuera de lo común realmente, así que no debería haberme incomodado, al contrario, pero había algo raro en ella… Su manera de verme me asustaba, era una mirada que parecía penetrar hasta mi alma.

Comenzó a conversar sobre el clima, lo caro que estaba todo, los nuevos centros comerciales y otras cosas. Me parecía que se fijaba en cada detalle de mi persona a medida que seguía el hilo de sus comentarios.

De parada en parada, el bus se había quedado vacío, con excepción de nosotros dos y el motorista. De repente, acercó su rostro al mío y súbitamente me besó apasionadamente, o al menos eso pensé que hacía, porque lo que me hizo sentir no fue pasión, sino un profundo dolor y la horrible sensación de que me estaban succionando la vida y hasta mi alma.

Reaccioné tratando de alejarla de mí, la empujé, pero me di cuenta de que era mucho más fuerte que yo y no lograba despegar su boca de la mía.

Quería gritarle al motorista para que me ayudara, pero no podía. Empecé a sentirme cada vez más débil, como si toda mi energía me abandonara; poco a poco mi visión se empañaba cada vez más y ya no tenía fuerzas para rechazarla. Mi corazón latía cada vez más despacio y la idea de que estaba a punto de morir cruzó por mi mente con absoluta certeza.

Casi en mi último aliento me soltó y escuché un alarido espantoso como de un animal salvaje y pude verla corriendo fuera del bus. Frente a mí, el motorista, con una cara de espanto, una barra de hierro en una mano y un escapulario en la otra, me preguntaba si estaba bien y me ayudó a incorporarme en el asiento.

Me dio un poco de agua para beber y mojé mi rostro para refrescarme cuando de la lejanía nos llegó una carcajada tenebrosa que nos hizo sentir el pánico que produce el miedo. El motorista corrió a arrancar el bus y salimos a toda la velocidad que el vehículo pudo dar.

Cuando al fin llegué a mi casa, me aseguré de cerrar todo muy bien, saqué de una caja de cosas viejas un crucifijo que me había dado mi madre. Lo puse junto a mi cama y por primera vez desde hacía años me hinqué a decir una plegaria…

 

 

 


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