|
24
de julio de 2005

Tiene
40 años y pide que la identifiquemos como Sandra, a
secas. Por seis años no tuvo otra vida más que
su adicción al alcohol, y ahora que lleva dos años
de abstinencia cuenta su pasado, ése que cambiaría
por un solo día sin beber.
 |
| Sandra
es el ejemplo de lo que el alcohol puede hacer en la vida
de una mujer. |
Muchos
culpan a sus padres, a las vivencias que tuvieron en el hogar,
pero todas las historias de alcohólicos son diferentes.
Y en la mía, por más que busco desentrañarlo,
el origen no me resulta entendible. No lo encuentro en la
niñez, ni siquiera en la adolescencia.
Crecí en el centro de San Vicente, junto a mis padres
y a mis ocho hermanos. Considero que lo tuve todo: familia,
amor, educación. Sólo había algo que
me hacía diferente a los demás en la casa: mi
conducta inquieta y el que siempre quería sobresalir
en todo.
Antes de llegar a octavo grado mi vida era normal. Fue entonces
que, junto a mis compañeros de escuela, empecé
a visitar Amapulapa, un turicentro ubicado en la zona, y fue
allí que probé la primera cerveza.
Se volvió costumbre; cada vez que volvíamos
a ese lugar bebía dos, a lo sumo tres. Un día
salí embarazada de mi novio, 12 años mayor que
yo. Mis padres no me dejaron opción y tuve que casarme
con él; tenía 14 años.
Las salidas y los tragos se habían olvidado. Nació
mi hijo, continué mis estudios, me titulé de
secretaria e inició mi vida laboral. Donde trabajaba
había alcohol y en las celebraciones entre compañeros
nunca faltaban las copas y las botellas.
Pero a mí ni siquiera se me antojaba una sola gota.
Había alcanzado la estabilidad, y por qué no
decirlo, la felicidad. Me gradué como trabajadora social,
procreé tres hijos más, y un día renuncié
al trabajo para cuidarlos y atender mi negocio de pupusas.
Desde mi matrimonio habían pasado 17 años; iba
a cumplir 18 cuando mi esposo fue asesinado. Ese día
yo estaba con él y por auxiliarlo no pude darme cuenta
de la procedencia de los disparos, y la gente terminó
culpándome a mí.
Pasé tres meses sin salir de la casa, presa del miedo.
Sin embargo, en ese tiempo la idea de beber ni siquiera se
me había cruzado por la mente. Se acercaba la Navidad
de 1998.
Con una cerveza
No sé cuál fue el motivo exacto ni de dónde
me llegaron los deseos. Mi mamá estaba ocupada, los
niños jugaban, yo salí a la tienda y de regreso
llevaba una cerveza. Me la bebí y quedé con
sed de consumir otra y otra, hasta que se fueron haciendo
muchas.
Estando ebria escuchaba música y eso me hacía
sufrir. Pero descubrí que también tenía
valor de llorar, y tal vez de gritar. Me había liberado,
incluso pude decir a las autoridades que no era responsable
de la muerte de mi esposo.
La cerveza se fue haciendo suave para mí, y entonces
llegó el alcohol. Yo misma me fui un día a comprar
una botella de smirnoff; ya no había día
que yo estuviera sobria. Mi mamá y mis hermanos buscaban
ayuda, me pusieron un sicólogo y me convencieron para
que fuera a la iglesia.
No escuchaba razones. A mi madre la maltrataba verbalmente.
Hija, vas a terminar en las calles; te vas a matar, me sorprendía
ella. Yo me revelaba. Déjame vivir mi vida, me siento
bien bebiendo, era mi respuesta de siempre.
 |
| Sandra
llega a las 8:00 a. m. a Puerta de Salvación y
se retira al atardecer. |
Me iba
para la calle y si me cerraban la puerta con llave buscaba
la forma de saltarme el muro. Mis hijos lloraban, me tenían
miedo. Un día de tantos mi familia se cansó,
me dijeron que si beber quería estaba la calle para
hacerlo.
Apartaron a los niños de mí, y me quedó
el camino libre para andar de restaurante en restaurante,
de cervecería en cervecería. Poco a apoco me
fui alejando más de la casa, me iba para San Salvador,
Santa Ana y terminé en las calles de Zacatecoluca.
Hasta que me quedé sin dinero, y ya no podía
dejar el alcohol. Entonces conseguía en el lugar que
fuera, incluidas las cantinas. Llegué a pedir y a robar
para comprar la bebida, incluso a vender mi cuerpo con cualquiera.
Pues sí, te regalo un trago, Sandra, está bien,
pero algo me vas a dar a cambio.
No valía nada en la calle
Después de tres años sentí el deseo de
cambiar y me comuniqué con mi hermana en San Salvador.
Me rescató de la calle y me puso un negocio de ropa.
Con lágrimas en los ojos prometí a uno de mis
hijos que no volvería a probar una gota. Sí,
me dijo él, vamos a empezar una nueva vida, pero no
te quiero ver bebiendo más.
Al mes murió mi padre y ese fue el pretexto para volver
a las andadas. Regresé al mismo lugar de donde había
salido, por tres años más llegué a lo
último, a degradarme de tal manera que no valía
nada en la calle.
Cuando mi hermana me trajo a Puerta de Salvación yo
estaba irreconocible. Cuarenta libras de peso, con golpes
por todas partes, con cirrosis hepática; esta última
me mantuvo tres ocasiones ingresada en el hospital Zacamil.
A los tres meses de estar en Puerta de Salvación sentía
deseos de beber, de volver al mismo lugar y de buscar los
mismos amigos. Al cumplir un año de abstinencia enfermó
mi madre, y aunque siempre me había rechazado cuando
yo la buscaba para pedirle perdón, esta vez me llamaba
en su lecho de muerte.
Gracias a Dios que has hecho algo bueno, me dijo mi madre.
Al poco tiempo ella murió, y ese mismo día se
graduaba mi hijo mayor que no quería saber nada de
mí. Por primera vez pude enfrentar esa mezcla de alegría
y de dolor sin beber.
Mi mejor tesoro
 |
En los
últimos seis meses han ido llegando cosas bonitas.
La más hermosa de ellas es que he recuperado a mis
hijos. Ahora tienen 22, 17, 14 y 11 años. Aún
recuerdo el día que me trajeron a Puerta de Salvación
a uno de ellos; no podía reconocerlo. El pequeño
que antes había dejado ya era un hombre.
Al verme lloraba, temblaba, y hubo un momento en que nos dimos
el abrazo. Mamita, yo te quiero, me dijo entre sollozos. Desde
ese momento le dije a Dios que me permitiera no beber más,
y gracias a Él he recuperado la comunicación
con mis cuatro hijos.
Además, voy a cumplir dos años de abstinencia.
Es una verdadera alegría vivir sin el consumo de alcohol,
y a veces me preguntó por qué no llegué
antes, pero a la vez entiendo que nadie llega antes ni nadie
llega después.
Esta experiencia quizás es ahora mi mejor tesoro, porque
cuando muy de vez en cuando vuelvo a sentir deseos de tomar,
retrocedo mi video y me veo recibiendo golpizas, durmiendo
en los portales y pidiendo en las esquinas.
Que por qué bebe una mujer, no lo sé. Sólo
sé que es una enfermedad incurable, progresiva, insidiosa,
compulsiva y mortal. Sin embargo, se puede detener con ayuda,
como la que brinda Puerta de Salvación.
Quiero encontrar un trabajo estable y ya no regresar al pasado.
Un día sin consumo no se cambia por el mejor que vivía
bebiendo en el pasado; simplemente no tiene comparación.
Comportamiento
de la adicción
- Las
terapeutas que atienden a las mujeres alcohólicas han
detectado que ellas comienzan consumiendo cerveza y después
siguen con el licor. Algunas también toman vino porque
el cuerpo lo desecha mucho más rápido.
- Muchas son madres solteras, algunas empleadas y otras amas
de casa. La adicción no distingue clase social.
- Por lo menos el 85% de las pacientes ha sido víctima
de abuso sexual
- Ellas suelen sentir más sentimientos de culpa que
los hombres, debido a su rol de madres y al estigma que reciben
de la sociedad.
Terapias para olvidar
En la Fundación Alma ellas se reúnen para elaborar
tarjetas y carteras, hacer jardinería y recibir clases
de cocina, de cosmetología, de lavandería y
de cultura general.
En la Puerta de Salvación, el centro de rehabilitación
para mujeres con más años de existencia, se
dedican,entre otras cosas, a hacer piñatas. Éstas
son vendidas más tarde, y a veces se llevan a exposiciones
de artesanías.
|