|
23
de octubrede
2005
Sed
en el paraíso del
agua dulce
La peor sequía en la Amazonia en 50 años provocó
el aislamiento de poblados enteros, la muerte de toneladas
de peces e incendios sin control. La tragedia será
irreversible si prosigue la deforestación, alertan
especialistas.
 |
| Niña
brasileña parada sobre un río seco en el
municipio de Manaquiri, en el estado de Amazonas. Foto
Ricardo Oliveira |
La escasez de agua en el corazón de la Amazonia brasileña,
un paraíso de agua dulce, parece un absurdo, pero es
real y debería servir de alerta máxima sobre la
tragedia irreversible que provocará la deforestación
de proseguir a sus ritmos actuales, advierten especialistas
consultados por Tierramérica.
Ríos y lagunas prácticamente secos, cientos de
toneladas de peces muertos, poblados aislados que reciben alimentos
por helicóptero, embarcaciones atascadas en el fango
y gente que debe caminar kilómetros para buscar agua
forman el paisaje actual en muchas zonas del sudoeste de la
Amazonia.
Considerada la peor de las últimas cinco décadas,
la sequía afecta sobre todo a los estados de Acre y Amazonas,
cuya población espera la ayuda de emergencia prometida
por el gobierno, que liberó unos 14 millones de dólares
para ese fin.
En Acre la falta de lluvias de cuatro meses dio miedo,
secó ríos importantes y favoreció los incendios
que avanzaban sobre bosques sin humedad para contenerlos,
relató a Tierramérica el especialista Paulo Moutinho,
a poco de regresar de la zona.
El humo reducía la visibilidad y forzó a algunas
personas a usar equipos de respiración en las calles,
añadió Moutinho, quien coordina el no gubernamental
Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia.
Lejos de Acre, en el municipio de Caapiranga, a unos 200 kilómetros
de Manaos, la capital del estado de Amazonas, desapareció
el Gran Lago de Manacapurú, formado por el río
de igual nombre. La reducción de las aguas aisló
a una docena de aldeas ribereñas.
Los ríos son las carreteras de la Amazonia, cuya población
se mueve principalmente en embarcaciones de distintos tamaños.
En Caapiranga, que en 2004 tenía nueve mil 736 habitantes,
dos tercios rurales, el funcionario de la alcaldía Raimundo
Da Silva cuida un pozo que provee agua a 17 familias. Tres
pozos de la ciudad ya se secaron, el mío está
flojo, pero aún tiene agua suficiente, señaló.
Todo lo que necesita la ciudad llega desde el río Manacapurú,
por el que ahora solo navegan barcos pequeños, y se transporta
luego en vehículos terrestres a través de los
32,5 kilómetros del lecho seco del lago.
Hay por lo menos diez barcos más grandes atascados,
dijo Da Silva a Tierramérica, desde un teléfono
público. En sus 29 años de vida, jamás
imaginó vivir algo semejante.
Los 62 municipios de Amazonas se encuentran en estado de calamidad
pública, principalmente por falta de transporte y agua
potable.
Según algunos investigadores, la sequía se atribuye
a que la zona de convergencia intertropical, donde
se encuentran los vientos del norte y del sur trayendo muchas
lluvias, se desplazó hacia el norte debido al gran recalentamiento
del océano Atlántico Norte.
Se trata del mismo factor que ha determinado la intensidad de
huracanes como el Katrina que golpeó las costas estadounidenses
en septiembre, aducen.
El inusual estiaje de los ríos amazónicos alecciona
sobre la vulnerabilidad de este ecosistema ante fenómenos
que reducen las lluvias en la región y pueden estar ganando
más frecuencia y más intensidad, consideró
Paulo Moutinho.
El científico estadounidense Thomas Lovejoy, quien estudia
la Amazonia hace cuatro décadas, teme que la deforestación
llegue a tal punto que ponga fin al equilibrio que asegura la
supervivencia forestal, desatando un proceso de deterioro irreversible
en un ciclo vicioso.
La humedad y las lluvias locales son abundantes a causa de los
bosques, y viceversa. Al desaparecer cierta extensión
de bosques se reducen las precipitaciones, provocando pérdidas
forestales y así sucesivamente.
Muchos de nosotros (investigadores) creemos que esto puede
ocurrir si la deforestación supera 30 por ciento
de la
Amazonia, dijo Lovejoy a Tierramérica.
Mantener el ritmo actual de deforestación es un
juego muy peligroso, pues pueden ocurrir sinergias
negativas con otros factores, como el fenómeno
oceánico de El Niño (que provoca sequías),
los incendios forestales y los cambios climáticos, alertó
Lovejoy, quien preside el Centro Heinz para la Ciencia, la Economía
y el Ambiente, con sede en Washington.
Sería mejor interrumpir el proceso de deforestación
mucho antes del punto de desequilibrio, por ejemplo en 20 por
ciento, también para no perder más biodiversidad,
acotó.
La Amazonia ya perdió 17 por ciento de sus bosques, pero
el área perturbada, incluyendo pequeñas
talas no captadas por los satélites, es mucho más
extensa, dijo a Tierramérica el ex director del gubernamental
Instituto
Nacional de Investigación de la Amazonia, Eneas Salati.
Debido a la alteración climática, las masas de
aire se elevan sobre la Amazonia, pierden humedad y bajan calientes
y secas, un fenómeno que crea desiertos cuando es permanente,
explicó Salati, recordando que esto no ocurrió
en los últimos 40 años que llevo estudiando la
región y no hay registros de que se haya presentado
antes.
La duda es si el agua del Atlántico se calentó
naturalmente o debido a los cambios climáticos
inducidos por la actividad humana, comentó.
El autor es corresponsal de Inter Press
Service (IPS)
|