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23
de octubre de
2005
Metáfora
de la libélula
...Expresamos
la creencia de que el mundo visible es sólo un caso
aislado en relación con el universo, y que hay muchas
otras realidades latentes (Paul Klee).
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| El
viaje y despedida, óleo sobre tela. La danza
cotidiana es presencia cotidiana en sus obras. |
Al fundador
del realismo, Gustave Courbet, se le atribuye la famosa oración
Muéstreme un ángel y pintaré un
cuadro religioso. Desde luego, este pintor francés
inició con el romanticismo literario y fue, ante todo,
anticlerical, bohemio y rebelde sistemático.
A tono con sus creencias sostuvo que sólo el realismo
era verdaderamente democrático. Este movimiento del
siglo XIX fue tan efímero como las escuelas y tendencias
que lo sucedieron (entre ellas el impresionismo), porque el
arte ya empezaba a vislumbrar su etapa contemporánea
que se caracteriza por el cambio, la variedad, la evolución
explosiva y la permanencia efímera de los estilos.
El realismo de Courbet me lleva inexorablemente a la pintura
de Carlos Zavala, no por similitud de pensamiento, ideología
o creencias, sino por la expresividad, la fuerza de los colores
y los tonos suaves.
Además de la persistencia en trabajar sobre escenarios
y estampas contemporáneas donde la luz, el movimiento,
los escorzos, los planos, los ejes y las diagonales juegan
un papel fundamental en la composición final de la
obra.
Con todo, Carlos es un realista literario, lleno
de bondad y lúdica lucidez sorprendente.
Amante de la danza (es profesor de esta especialidad), sus
últimas creaciones donde destaca el dibujo y la pintura
en acrílico están íntimamente ligadas
a la figura humana que forma arabescos y toda suerte de movimientos
rítmicos, físicos y ornamentales.
Los detalles no siempre perfectos, porque en torsos, manos
y músculos se necesita un intenso estudio de la anatomía,
para llegar a esa perfección señalada por los
renacentistas Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael.
La personalidad transparente de este hacedor de imágenes
lo ha llevado por buen rumbo al grado que todo lo relacionado
con la plástica se lo plantea con seriedad y profesionalismo.
En la precisión de la pintura y el dibujo de Zavala
aprecio su ingenio y creatividad, pero también distingo
sus dictámenes. Y es porque su obra figurativa se descifra,
se siente y vuela dentro del sentimiento y la sensibilidad
de los espectadores catadores de las buenas cosas. Los fundamentos
estéticos de su pintura corren parejos con su calidad
humana.
Es un artista libre y despojado de ataduras convencionales.
Su imaginación es fuerte y telúrica. Y en el
proceso de gestación de su obra incluye investigación,
estudio, selección de colores, observación,
meditación y, finalmente, un dominio de los elementos
pictóricos.
No sólo lo he visto en sus últimos trabajos
relacionados con la danza clásica y moderna, sino con
esa serie de lienzos de gran tamaño que está
pintando para la iglesia de la Inmaculada Concepción,
de Santa Tecla, tarea compartida con el talentoso artista
Fausto Pérez. Zavala con la figura humana y Pérez
con los fondos.
La obra de este joven artista es intensa y rica en elementos
pictóricos, porque no se detiene en la simpleza de
reflejar la superficie, sino que penetra en el interior, en
la misma psiquis del ser humano. Por eso decía al principio
que tiene similitud con Courbet en cuanto a apalear más
a la verdad y al realismo sincero de la figura humana. Su
talento no sólo radica en el formalismo del dibujo,
sino también en la expresividad de la pintura y el
color.
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| Paisaje
esotérico para una libélula. Imaginación
fecunda de Zavala. |
El efecto
final de su composición pasa inevitablemente por la
luz, el color y los planos. Zavala es una especie de constructor
de puentes, de esas uniones coherentes para medir tiempos
y espacios, con la salvedad de estar hechos con la sensibilidad
del dibujante apasionado y el explosivo colorista.
No destruye su pasado, con su misma inventiva va superando
etapas y creciendo como artista y forjador de imágenes
con movimiento y gracia espacial.
El mismo
realismo literario dominante en su obra le permite trabajar
con serenidad sobre cosas bellas y como lo decía Klee
la belleza, que quizá no pueda separarse del
arte, no se refiere al objeto, sino a la representación
plástica. Zavala no produce figuras grotescas porque
en su realismo literario ha encontrado el punto exacto donde
supera el arte lo feo sin eludirlo.
Muchos me dirán que esta realidad nuestra tiene muchas
dimensiones y aristas; ciertamente, pero no todos los pintores
comparten la misma escuela e iguales sentimientos.
Botero es un realista perplejo y acosado por la aventura;
Antonio Bonilla, en nuestro medio, es un ferviente seguidor
del Bosco, con su propia identidad, sus particulares fantasmas
y simbolismos; pero Carlos Zavala es romántico y plasmador
de la estética y del sonido de los colores. Esas son
algunas de las diferencias que hace muchos siglos y actualmente
caracterizan a los verdaderos artistas.
La palabra y la sintaxis eran cosa viva para Azorín,
Jorge Luis Borges o Alejo Carpentier. El sonido y el color
son parte del misterio y de las leyes físicas. Por
eso se plantea siempre un reto para el artista: dominar la
profundidad de la pintura, como lo es para el músico
controlar los sonidos; pero en esencia el gran reto radica
en trabajar con todos esos misterios, porque al fin y al cabo
la luz y el color están integrados por palabras y ecos
lejanos del sonido.
El realismo literario de Carlos Zavala interpreta esos signos
y siempre va en busca de algo más que el
color y la luz. Obedece a las normas del oficio, pero es libre
y sin ataduras.
La teoría del color es importante; pero también
está la posibilidad de alejarse de ella, porque el
que se atiene a las reglas con demasiado rigor se pierde en
un campo estéril. Se puede cambiar el punto de vista
y también las cosas. De todos modos, el movimiento
libre es casi un deber moral. Siempre se puede representar
algo, solamente por interés de la norma. Pero
el artista no cumple de este modo con su deber, ya que la
finalidad de un cuadro siempre es la de testimoniar algo y
por supuesto hacernos felices.
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| Sueño
americano, acrílico. Una metáfora
y un homenaje a los emigrantes salvadoreños. |
El otro
aspecto por destacar en la figuración de Zavala son
los desnudos femeninos y los fondos un tanto surrealistas
que no barrocos como se ha querido pretender, a no ser por
esa afectación de mentes y corazones debido
a la fuerza de su color, las llamaradas de luz
y las formas, sonidos y detalles literarios ya señalados.
El propósito de este artista en su integración
plástica es exaltar la belleza femenina y desde luego
llevarla a todas las esferas de la vida. La belleza
escribía Baudelaire es una promesa de felicidad.
En su óleo Viaje y despedida no sólo
encontramos una rica composición, cromatismo, movimiento
y luz lateral y frontal, sino que belleza de los cuerpos desnudos.
En cambio, en su acrílico Sueño americano
hay mucho simbolismo, diagonales que convergen hacia un eje
central donde está el desnudo en una especie de caja,
y en la parte superior el ferrocarril conduciendo al sueño
americano o a la muerte, en esa dualidad a la
que no escapan los fugitivos del dolor, la angustia y tantas
veces la ilusión. En Paisaje esotérico
para una libélula encontramos dos desnudos en
colores claros fundidos con la naturaleza, y al medio el corazón
de la libélula como eje central. un simbolismo más
surrealista que esotérico.
Zavala es un artista disciplinado, profesional hasta el cansancio.
Reconoce ciertas debilidades en su figuración, pero
en su necesidad de crecer y llevar su obra a planos más
altos inyecta rigor y esfuerzo en los escorzos, en la anatomía
general del cuerpo humano y en los detalles más precisos
de manos, brazos y músculos superiores. La belleza
debe ser proporcional a la misma anatomía y a la dimensión
de espacios donde se mezclan la luz, los colores y la perfecta
composición. En esto no puede haber azar ni descabelladas
coincidencias. Si su pintura es cálida, rica en luz
y color, profunda y emotiva, también debe ser exacta
en el dibujo y en la perfección de los cuerpos.
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| El
ángel del tedio. La figura humana con fondo
surrealista. |
Leonardo
da Vinci, sólo para citar a un genio del Renacimiento,
observador constante de la naturaleza y poseedor de un tremendo
poder analítico, fue descubriendo a cada instante misterios
del cuerpo humano (compraba cadáveres y los despedazaba
para un estudio metódico de la anatomía), pero
también incursionó en otras ramas del saber
humano como las máquinas de guerra, leyes aerodinámicas,
submarinos, helicópteros, etc. Todo lo dibujaba y en
seguida lo dejaba en una secuencia interminable de proyectos
inconclusos, como si el objeto de su vida fuera la búsqueda
de algo inalcanzable.
El ejemplo nada más para ilustrar que los auténticos
artistas tienen la obligación ineludible de profundizar
en todo lo relacionado con su disciplina: historia del arte,
estética, teoría del color, estudio consciente
de la anatomía (sobre todo para pintores figurativos
como Carlos Zavala), puntos de fuga, planos, diagonales, eje
central y todo lo relacionado con la luz y la composición.
Con todo, este joven artista se encuentra en plena madurez
pictórica y toda su serie plástica está
plasmada de versatilidad, imaginación, fuerza cromática
y rica composición, ubicándolo en esa apología
de la ortodoxia de tantos buenos artistas latinoamericanos.
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