23 de octubre de 2005

Metáfora de la libélula

“...Expresamos la creencia de que el mundo visible es sólo un caso aislado en relación con el universo, y que hay muchas otras realidades latentes” (Paul Klee).

Enrique S. Castro
Hablemos


El viaje y despedida”, óleo sobre tela. La danza cotidiana es presencia cotidiana en sus obras.

Al fundador del realismo, Gustave Courbet, se le atribuye la famosa oración “Muéstreme un ángel y pintaré un cuadro religioso”. Desde luego, este pintor francés inició con el romanticismo literario y fue, ante todo, anticlerical, bohemio y rebelde sistemático.

A tono con sus creencias sostuvo que sólo el realismo era verdaderamente democrático. Este movimiento del siglo XIX fue tan efímero como las escuelas y tendencias que lo sucedieron (entre ellas el impresionismo), porque el arte ya empezaba a vislumbrar su etapa contemporánea que se caracteriza por el cambio, la variedad, la evolución explosiva y la permanencia efímera de los estilos.

El realismo de Courbet me lleva inexorablemente a la pintura de Carlos Zavala, no por similitud de pensamiento, ideología o creencias, sino por la expresividad, la fuerza de los colores y los tonos suaves.

Además de la persistencia en trabajar sobre escenarios y estampas contemporáneas donde la luz, el movimiento, los escorzos, los planos, los ejes y las diagonales juegan un papel fundamental en la composición final de la obra.

Con todo, Carlos es un “realista literario”, lleno de bondad y “lúdica lucidez” sorprendente. Amante de la danza (es profesor de esta especialidad), sus últimas creaciones donde destaca el dibujo y la pintura en acrílico están íntimamente ligadas a la figura humana que forma arabescos y toda suerte de movimientos rítmicos, físicos y ornamentales.

Los detalles no siempre perfectos, porque en torsos, manos y músculos se necesita un intenso estudio de la anatomía, para llegar a esa perfección señalada por los renacentistas Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael. La personalidad transparente de este hacedor de imágenes lo ha llevado por buen rumbo al grado que todo lo relacionado con la plástica se lo plantea con seriedad y profesionalismo.

En la precisión de la pintura y el dibujo de Zavala aprecio su ingenio y creatividad, pero también distingo sus dictámenes. Y es porque su obra figurativa se descifra, se siente y vuela dentro del sentimiento y la sensibilidad de los espectadores catadores de las buenas cosas. Los fundamentos estéticos de su pintura corren parejos con su calidad humana.

Es un artista libre y despojado de ataduras convencionales. Su imaginación es fuerte y telúrica. Y en el proceso de gestación de su obra incluye investigación, estudio, selección de colores, observación, meditación y, finalmente, un dominio de los elementos pictóricos.

No sólo lo he visto en sus últimos trabajos relacionados con la danza clásica y moderna, sino con esa serie de lienzos de gran tamaño que está pintando para la iglesia de la Inmaculada Concepción, de Santa Tecla, tarea compartida con el talentoso artista Fausto Pérez. Zavala con la figura humana y Pérez con los fondos.

La obra de este joven artista es intensa y rica en elementos pictóricos, porque no se detiene en la simpleza de reflejar la superficie, sino que penetra en el interior, en la misma psiquis del ser humano. Por eso decía al principio que tiene similitud con Courbet en cuanto a apalear más a la verdad y al realismo sincero de la figura humana. Su talento no sólo radica en el formalismo del dibujo, sino también en la expresividad de la pintura y el color.

“Paisaje esotérico para una libélula”. Imaginación fecunda de Zavala.

El efecto final de su composición pasa inevitablemente por la luz, el color y los planos. Zavala es una especie de constructor de puentes, de esas uniones coherentes para medir tiempos y espacios, con la salvedad de estar hechos con la sensibilidad del dibujante apasionado y el explosivo colorista.

No destruye su pasado, con su misma inventiva va superando etapas y creciendo como artista y forjador de imágenes con movimiento y gracia espacial.

El mismo realismo literario dominante en su obra le permite trabajar con serenidad sobre cosas bellas y como lo decía Klee “la belleza, que quizá no pueda separarse del arte”, no se refiere al objeto, sino a la representación plástica. Zavala no produce figuras grotescas porque en su realismo literario ha encontrado el punto exacto donde supera el arte lo feo sin eludirlo.

Muchos me dirán que esta realidad nuestra tiene muchas dimensiones y aristas; ciertamente, pero no todos los pintores comparten la misma escuela e iguales sentimientos.

Botero es un realista perplejo y acosado por la aventura; Antonio Bonilla, en nuestro medio, es un ferviente seguidor del Bosco, con su propia identidad, sus particulares fantasmas y simbolismos; pero Carlos Zavala es romántico y plasmador de la estética y del sonido de los colores. Esas son algunas de las diferencias que hace muchos siglos y actualmente caracterizan a los verdaderos artistas.

La palabra y la sintaxis eran cosa viva para Azorín, Jorge Luis Borges o Alejo Carpentier. El sonido y el color son parte del misterio y de las leyes físicas. Por eso se plantea siempre un reto para el artista: dominar la profundidad de la pintura, como lo es para el músico controlar los sonidos; pero en esencia el gran reto radica en trabajar con todos esos misterios, porque al fin y al cabo la luz y el color están integrados por palabras y ecos lejanos del sonido.

El realismo literario de Carlos Zavala interpreta esos signos y siempre va en busca de “algo” más que el color y la luz. Obedece a las normas del oficio, pero es libre y sin ataduras.

La teoría del color es importante; pero también está la posibilidad de alejarse de ella, porque el que se atiene a las reglas con demasiado rigor se pierde en un campo estéril. Se puede cambiar el punto de vista y también las cosas. De todos modos, “el movimiento libre es casi un deber moral. Siempre se puede representar algo, solamente por interés de la norma”. Pero el artista no cumple de este modo con su deber, ya que la finalidad de un cuadro siempre es la de testimoniar algo y por supuesto hacernos felices.

“Sueño americano”, acrílico. Una metáfora y un homenaje a los emigrantes salvadoreños.

El otro aspecto por destacar en la figuración de Zavala son los desnudos femeninos y los fondos un tanto surrealistas que no barrocos como se ha querido pretender, a no ser por esa afectación “de mentes y corazones” debido a la fuerza de su color, las “llamaradas” de luz y las formas, sonidos y detalles literarios ya señalados.

El propósito de este artista en su integración plástica es exaltar la belleza femenina y desde luego llevarla a todas las esferas de la vida. “La belleza —escribía Baudelaire— es una promesa de felicidad”. En su óleo “Viaje y despedida” no sólo encontramos una rica composición, cromatismo, movimiento y luz lateral y frontal, sino que belleza de los cuerpos desnudos.

En cambio, en su acrílico “Sueño americano” hay mucho simbolismo, diagonales que convergen hacia un eje central donde está el desnudo en una especie de caja, y en la parte superior el ferrocarril conduciendo al sueño “americano” o a la muerte, en esa dualidad a la que no escapan los fugitivos del dolor, la angustia y tantas veces la ilusión. En “Paisaje esotérico para una libélula” encontramos dos desnudos en colores claros fundidos con la naturaleza, y al medio el corazón de la libélula como eje central. un simbolismo más surrealista que esotérico.

Zavala es un artista disciplinado, profesional hasta el cansancio. Reconoce ciertas debilidades en su figuración, pero en su necesidad de crecer y llevar su obra a planos más altos inyecta rigor y esfuerzo en los escorzos, en la anatomía general del cuerpo humano y en los detalles más precisos de manos, brazos y músculos superiores. La belleza debe ser proporcional a la misma anatomía y a la dimensión de espacios donde se mezclan la luz, los colores y la perfecta composición. En esto no puede haber azar ni descabelladas coincidencias. Si su pintura es cálida, rica en luz y color, profunda y emotiva, también debe ser exacta en el dibujo y en la perfección de los cuerpos.

“El ángel del tedio”. La figura humana con fondo surrealista.

Leonardo da Vinci, sólo para citar a un genio del Renacimiento, observador constante de la naturaleza y poseedor de un tremendo poder analítico, fue descubriendo a cada instante misterios del cuerpo humano (compraba cadáveres y los despedazaba para un estudio metódico de la anatomía), pero también incursionó en otras ramas del saber humano como las máquinas de guerra, leyes aerodinámicas, submarinos, helicópteros, etc. Todo lo dibujaba y en seguida lo dejaba en una secuencia interminable de proyectos inconclusos, como si el objeto de su vida fuera la búsqueda de algo inalcanzable.

El ejemplo nada más para ilustrar que los auténticos artistas tienen la obligación ineludible de profundizar en todo lo relacionado con su disciplina: historia del arte, estética, teoría del color, estudio consciente de la anatomía (sobre todo para pintores figurativos como Carlos Zavala), puntos de fuga, planos, diagonales, eje central y todo lo relacionado con la luz y la composición.

Con todo, este joven artista se encuentra en plena madurez pictórica y toda su serie plástica está plasmada de versatilidad, imaginación, fuerza cromática y rica composición, ubicándolo en esa apología de la ortodoxia de tantos buenos artistas latinoamericanos.

 

 


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