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22
de mayo de 2005

Por
los yates que permanecen anclados en sus aguas y los tripulantes
foráneos que los abordan, la bocana El Cordoncillo,
en La Paz, se ha ganado el mote del pequeño Miami
de El Salvador.

A Santos Mejía, un residente en la isla El Cordoncillo,
en La Paz, le gusta decir que no tiene ni una hora ni un minuto
ni un segundo en la escuela. Pero sabe tripular su lancha
como nadie y es el que repara motores en la zona.
Su taller, el celular que lleva adherido a su cinturón
y la tiendita que administra su esposa lo vuelven privilegiado
en comparación con sus vecinos. La mayoría se
rebusca ahí por sacarle provecho a la marea.
Algunos pescan en lanchas rentadas y pagan cinco dólares
al final de la jornada. Otros, los curileros, tienen sus manos
heridas de hurgar al pie de los manglares.
En esa rutina vienen y van en sus cayucos. A veces pasan ajenos
frente a esos lujosos yates que ya se han acostumbrado a ver
desde hace tres años.
Pero hay otros habitantes, hombres sobre todo, que están
cambiando de trabajo con el paso y la estancia de turistas
en la zona. Ahora se les descubre reparando y limpiando veleros,
y hasta haciendo trabajos de albañilería en
la empresa que un canadiense ha montado en la isla.
Murray Barret, hombre corpulento de mirada calculadora, vino
un día desde Canadá, junto a su esposa Colette,
y detuvo su velero en aguas salvadoreñas. El plan era
descansar un poco, adquirir provisiones, a lo sumo tres días
y seguir con la travesía.
Llegaron los tres días, las tres semanas, los tres
meses y ya han pasado tres años desde esa vez. Posiblemente
siga echando más raíces aquí, dice
Murray, mientras hace una mezcla de cemento a orillas de la
bocana.
Compró un terreno en la isla, amuebló su casa
y ancló el yate frente a su nuevo hogar. Él
tiene ahora muchas ideas para desarrollar. Ha comenzado con
un taller de reparación de veleros de todo el mundo.
Trabajan junto a él unos siete isleños que antes
se dedicaban a la pesca por completo. En estos días
hacen labores de albañilería, pero ya tienen
allí algunos yates, de Sudáfrica y de Francia,
listos para ser reparados.
A cambio reciben entre ocho y diez dólares diarios.
A veces les regalamos zapatos, aceite para el motor
de sus lanchas, medicinas y útiles para la escuela,
cuenta Colette, una enfermera de emergencia que al igual que
su esposo se halla jubilada.
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Murray
y su esposa Colette. Al fondo se halla su velero.
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Siete
hombres trabajan en la nueva empresa de Murray.
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Yanis
Turner lleva cinco años viviendo en su yate.
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Nancy
McCanell y sus hijos, originarios de California.
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Carlos
Bolaños lleva dos años como empleado de la familia
Barret. Sus jornadas de atrapador ya no son como las de antes,
ahora pesca más que todo para el consumo de su familia.
Esta gente nos ha hecho un bien, dice, parado
frente a un velero y sosteniendo una piocha en su hombro.
Vienen y van
Los veleros que se detienen en la bocana proceden de diferentes
nacionalidades. Casi todos ondean las banderas de sus países,
entre ellos Canadá, Estados Unidos, Suiza, Alaska,
Suecia, México, Inglaterra, Finlandia y hasta Sudáfrica.
Durante su viaje, los tripulantes se enteran a través
de radiocomunicadores que esta zona es buena para anclar,
debido a que escasean los fuertes vientos.
Al llegar avisan al destacamento naval del estero de Jaltepeque,
encargado de brindarles seguridad durante la estadía,
y se registran en la oficina de migración habilitada
en el hotel Bahía del Sol.
Se trata de gente aventurera, considera el teniente de corveta
del destacamento naval, Henry Perla. A veces dejan
la comodidad de sus yates y salen de compras por San Luis
La Herradura y Zacatecoluca, otras aprovechan para conocer
sitios turísticos del país.
Algunos se trasladan a San Salvador, suelen viajar en bus
y conviven de cerca con los habitantes del lugar. Como el
mexicano Benjamín Medina, de 21 años, que después
de seis meses de tener estacionada su embarcación hasta
dice haber aprendido de cultura e historia salvadoreña.
Cocina, se baña y duerme en su yate Gomera,
denominado de esa forma en alusión a una isla de Escocia.
Su destino final es Francia, hacia donde piensa partir en
julio, pues su deseo es establecerse allá para estudiar
astronomía.
Salir a navegar es un coraje, considera Benjamín.
Hay que pelearse con el viento, dice. Pero tiene sus maravillas.
Sentado desde la proa ha visto animales marinos como tortugas,
ballenas y medusas durante su recorrido.
En El Cordoncillo ha entablado estrecha amistad con Santos
hijo, un joven de 25 años que luego de trabajar en
la capital decidió retornar a la isla, pues se dio
cuenta de que la presencia de turistas en el lugar le abría
nuevas oportunidades de trabajo.
Santos es el único que habla inglés en El Cordoncillo
y el que tiene más contacto con los visitantes. Es
contratado para pintar y raspar los veleros. Para
hacer lo último pasa dos minutos ininterrumpidos bajo
el agua, un récord que en la zona sólo es superado
por su padre.
También hace artesanías en madera y las vende
entre los extranjeros, sobre todo las figuras mayas que simbolizan
los cuatro puntos cardinales, y los tripulantes suelen llevarse
cuando continúan su viaje.
El alcalde de San Luis la Herradura, Milton González,
cree que la estancia de los extranjeros en la bocana ha traído
desarrollo económico a los habitantes.
Los comerciantes venden sus productos y los lugareños
tienen nuevos trabajos, considera. Por eso no cobran
ningún impuesto a los tripulantes de los veleros, sino
que se les facilita su estadía al brindarles seguridad.
Siempre hay veleros allí. Si zarpan unos, hay otros
esperando anclar sus naves marinas. A veces se cuentan más
de cincuenta a lo largo de la bocana. Somos el Miami
de El Salvador, tenemos un lugar en el turismo del Pacífico,
dice el alcalde.
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Cinco
años en la bocana
De
la isla El Cordoncillo le atrajo la simpatía
de la gente y la belleza de sus paisajes. Es un
país pequeño, pero el corazón de
la gente es más grande, refiere Yanis Turner,
originaria de Vancouver, Canadá.
En esa nación se dedicaba a los negocios, pero
luego de su jubilación, el 28 de mayo de 2000,
ella descubrió la bocana El Cordoncillo a bordo
de su yate Quamtum Leap. Venía en
compañía de su esposo.
Pensó en quedarse cinco días, como lo
había hecho en México y en Guatemala,
pero los días se le hicieron años. Su
esposo decidió regresarse un día a Canadá;
ella, en cambio, siguió viviendo en el velero,
y compró un terreno en el centro de la isla donde
quiere construir sus sueños.
Piensa vender su casa de Vancouver, y construir una
en El Cordoncillo. Pequeña, porque el resto del
terreno estará dedicado a sus proyectos.
Quiere instalar jardines de frutas y vegetales, una
comunidad donde podrían vivir quienes carecen
de vivienda y crear talleres de costura y de artesanías
para mejorar la situación económica de
la gente.
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Para
facilitar el turismo
* Los extranjeros no pagan ningún impuesto por
permanecer el tiempo que quieren en la bocana El Cordoncillo.
* La Fuerza Naval es la encargada de recibir y dar el
permiso de salida a los veleros. Además les brinda
seguridad a través de patrullajes diurnos y nocturnos.
* En el hotel Bahía del sol se ha instalado una
oficina de Migración para registrar la situación
migratoria de los tripulantes. |
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