22 de mayo de 2005

Ha pasado parte de su vida estudiando los pólenes que viajan por el viento, escribiendo libros sobre botánica y clasificando árboles y flores. Ahora la publicación de un nuevo texto se agrega a su currículo.

“Morena Rivera
Fotos: Jorge Colindres



Jorge Adalberto Lagos, de 79 años, habla de sus investigaciones en el campo de la botánica y debe interrumpir a cada instante su relato.

Reseña un estudio y se levanta para ir en busca del reconocimiento, pues cada trabajo que ha encabezado tiene un libro, un diploma, una medalla y un recuerdo que lo acompaña.

Se ha destacado en una rama poco indagada en El Salvador. Esa donde abundan los nombres científicos y donde el trabajo minucioso se divide entre el campo y el laboratorio.

Pero también donde se explora el mundo verde y colorido de la vegetación. “Ha sido una gran satisfaccción, como no tiene idea”, sostiene Adalberto, quien da la impresión de ser un hombre de pocas palabras, y a veces hasta su mirada se vuelve esquiva.

Al principio de la entrevista prefiere dar una breve introducción de su trayectoria, y lo demás contarlo con su currículo y sus publicaciones, pero al final termina hasta compartiendo anécdotas de sus sentimientos por la botánica.

Luego de ser maestro de biología de escuelas primarias se convirtió en el curador del herbario del Instituto Tropical de Investigaciones Científicas, que funcionaba en la Universidad de El Salvador, en 1955.
Tres años después, este instituto lo mandó a Alemania durante cuatro años para que cursara estudios sobre botánica pura, recuerda. Sobre todo morfología y taxonomía de las plantas.

En esa nación europea, Adalberto redescubrió su vocación, y la impresionante disponibilidad de recursos económicos y bibliográficos allí dedicados a esta disciplina.

Congresos y distinciones

Cuando retornó de sus estudios se convirtió en profesor de botánica agrícola en la Facultad de Ciencias Agronómicas y de Biología en la Escuela de Medicina de la Universidad de El Salvador.

Aceleró sus publicaciones técnicas en este campo, entre ellas “Malas hierbas en plantaciones del algodonero en El Salvador” y “Contribución al estudio de los pólenes anemófilos en la atmósfera de San Salvador”.

Y vinieron los congresos y las distinciones internacionales. Su estudio sobre pólenes fue el que hizo más eco en el extranjero, pues fue presentado en el Segundo Congreso Latinoamericano de Botánica, celebrado en Brasil, en 1978.

En 1980, la Universidad Autónoma de Madrid, España, institución con la que él colaboraba con sus investigaciones, hizo honor a su nombre al llamar “Lagosina” a una sustancia química encontrada en la altamisa.

“Ésta se investigaba como tratamiento contra el cáncer”, dice Adalberto. Esa vez le comunicaron la noticia a través de una carta. Igual sucedió 22 años después, cuando la Universidad J.A. Szeged de Hungría le concedió la Medalla Conmemorativa de Laboratorio.

Este reconocimiento llegó a sus manos porque sus trabajos sobre pólenes se habían publicado en destacadas revistas de ese
país. Dos años después de este logro asistió al XI Congreso Internacional sobre Palinología, realizado en Granada,
España, y allí presentó un nuevo estudio sobre pólenes.

Y en días recientes, el pasado 13 de mayo, su libro “Organigrafía vegetal ilustrada”, donde se hace la clasificación de 72 plantas, fue presentado en el auditorio de la Universidad Pedagógica, lugar donde sigue enseñando botánica y biología general.

Él espera que su nuevo libro también sirva de guía a los maestros que imparten estas áreas en las universidades, pues los anteriores —dice— siguen sirviendo a los profesores de botánica y biología; algunos de ellos fueron un día sus alumnos.

También el lenguaje

El botánico también tiene vena de escritor. En 1991, Adalberto publicó el libro “Remembranzas de mi pueblo”, donde narra los acontecimientos que marcaron su infancia, cuando vivía en Usulután. Ahora está por editar la segunda parte de este libro.
En 1993 fue incorporado a la Academia Salvadoreña de la Lengua.

Sus raíces

Jorge Adalberto Lagos nació en San Salvador el 19 de abril de 1926. A los siete años se trasladó a Usulután, donde vivió la mayor parte de su infancia. Es padre de cuatro hijos.



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