21 de agosto de 2005

Durante julio y agosto, la capital de España acostumbra a vaciarse de gente y de coches. Su ritmo se relaja y parece como si se tomara un respiro para soportar el aluvión de prisas de los diez meses restantes.

Diego Casado Rubio / DPA
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En la Plaza de San Juan de la Cruz, una escultura de Botero se levanta entre las fuentes y los edificios. Foto DPA


El calor aprieta y el recorrido por las calles y monumentos más significativos de Madrid ya está hecho. Sólo queda esperar a que caiga la noche para descubrir la otra cara, la de los bares, tabernas y plazas atestadas de gente. Pero la ciudad esconde entre sus mejores secretos algunos rincones que el turista no debería dejar de ver.

Cualquier turista ataviado con gorra, abanico o sandalias tendrá un primer impulso de visitar lo conocido, aquello que muestran las guías a todo color: la Puerta del Sol, la Estación de Atocha, la Cibeles, la famosa Gran Vía, la Catedral de la Almudena, el Madrid de los Austrias...

Pero la ciudad está llena de rincones secretos que pasan quizá inadvertidos al ojo del turista.

Puede parecer poco creíble, pero desde lo alto de la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica de Obras Públicas, en el paseo de la Infanta Isabel frente a la Estación de Atocha, se divisa el “mar”. Es un horizonte de casas, vías de tren y contornos difuminados por el calor, que visto a través de las enormes cristaleras que cubren los andenes de la estación produce un efecto óptico que bien podría ser el mar que tanto se echa en falta en la ciudad.

Desde allí, bajando por el Paseo del Prado se llega a la plaza de la Platería de Martínez, un lugar que hay que visitar a partir de las ocho y media de la tarde cuando el sol se coloca entre los edificios de cinco plantas con balcones e ilumina las farolas todavía apagadas, pero que dan la sensación de estar encendidas.

Pero para ver un buen atardecer hay dos rincones en Madrid que se llevan la palma. Cerca de Plaza de España, en los jardines del Templo de Debod, hay un banco en concreto desde el cual el sol se pone lento por las montañas de la sierra, al mismo tiempo que deja ver el perfil anaranjado de la Catedral de la Almudena rodeada del Madrid castizo que se va oscureciendo.

Y es justo allí, en los alrededores de la Catedral, donde está el segundo rincón. Paseando por Bailén hasta llegar al Viaducto, la ciudad se divide en dos. Desde allí arriba, a un lado, los edificios de ladrillo marrón empequeñecidos por la altura y la distancia. Al otro, sorprende un entramado de tejados y antenas en cuyo desorden se encuentra el secreto de la belleza.

Desde el Viaducto se ve a un lado un curioso entramado de tejados y antenas. Foto DPA

Una vez cruzado el puente se llega a la calle de la Morería, cerca de la plaza de las Vistillas, desde donde la Almudena se alza blanca y elegante, dejando que el sol decaiga hasta la noche.

Olas en el asfalto

En otra zona de la ciudad, las numerosas fuentes distribuidas a lo largo del Paseo de la Castellana llenan de agua las calles y de su sonido que se hace audible por la escasez de coches.

Llegando hasta la Plaza de Colón el agua vuelve a ser protagonista: una cascada ruidosa oculta tras de sí al Centro Cultural de la Villa sobre el que se expanden los jardines del descubrimiento y la estatua de Cristóbal Colón.

Justo debajo de la enorme columna que sostiene a la estatua hay agua y sentarse allí cuando ya es casi de noche amortigua la sensación de estar en una ciudad sin mar. Será por eso que los carriles destinados a los autobuses públicos y a los taxis están separados por unas bandas azules que se levantan unos centímetros del suelo en forma de cresta de ola. A lo largo de toda la Castellana estas olas conviven junto al asfalto del paseo.
Dejando atrás al descubridor de América, se llega hasta la Plaza de San Juan de la Cruz, que ofrece una de las mejores vistas del Madrid cosmopolita.

Hasta allí se puede llegar por cualquiera de los laterales de la Castellana que sumergen al viandante en un paseo tranquilo por un parque aislado del trasiego de coches.

El centro financiero levanta sus rascacielos más emblemáticos. En esta plaza hay otra fuente a través de la cual se ven los edificios altos y junto a la cual hay una escultura de Botero. Es una mano, engordada y apuntando hacia arriba como queriendo tocar la luna o quizá diciendo que desde Madrid siempre se llega al cielo. Es bonito comprobarlo tumbándose en el césped que rodea la escultura.

Ya es de noche y Madrid sigue abierto, a cualquier hora lo está. Sus calles llenas de gente y llenas también de una luz diferente que le da otro estilo a la ciudad. Hay un último rincón en el que la capital desaparece. Paseando por la calle Fuencarral, se llega hasta la calle Colón que la atraviesa, y desde allí surge otra calle llamada Valverde. Está en cuesta y de noche solitaria, al caminar por ella la ciudad se convierte en un pueblo, tan solo vuelve a ser ciudad si se alza la vista al cielo para descubrir que allí está el pico de un gran edificio, situado en plena Gran Vía.



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