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20 de marzo de 2005

Esta
es la historia de una caracola que le sonreía a la tristeza
y sabía de qué color serían las flores
la próxima primavera.
Se arrastraba dejando a su paso un destello fugaz que se volvía
tornasol con la luz del mediodía y desaparecía
en aromas cada tarde.
Esta caracola tenía una obsesión, y era la de
tumbarse panza arriba bajo los azahares en las noches con brisas
de verano.
Lo hacía siempre que podía y así, al irse
a la cama, disfrutaba el perfume impregnado en su vientre antes
de dormir. Reconocía cada canto de los pájaros
y lloraba cada vez que un zompopo de mayo perdía sus
alas.
Un día, pasaba lentamente sobre un bejuco de lorocos
y escuchó cómo una flor suspiraba. La caracola
era triste por naturaleza, pero sabía cómo esconder
esas lágrimas bajo su concha.
Los sollozos de la flor le hicieron un nudo en la garganta y
trató inútilmente de seguir su camino sin dejarse
entristecer por el dolor ajeno. Pero no pudo.
Regresó lentamente donde la flor y la observó
detrás de una palmera adormecida. Ella sintió
el dolor de la florcita moribunda y pudo observar cómo
ésta perdía sus colores con cada suspiro.
Y fue entonces que decididamente, la caracola caminó
en círculos incesantes alrededor de la triste flor. Caminó
y caminó, se cansó pero siguió, caminó
y caminó, y la flor tratando de disimular sollozos la
observaba cada vez que con esfuerzos la caracola se arrastraba
frente a ella.
Se acercaba el mediodía y la caracola fue vencida por
el cansancio, por la muerte. Y la flor, a la luz del sol de
las 11, tenía a su alrededor el círculo tornasol
más hermoso que jamás existió. |
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1995
- 2005. El Diario de Hoy
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