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20 de marzo de 2005

Conozca
la vida y el trabajo de una de las pocas fincas ganaderas
que continúa funcionando con bonanza en la zona oriental
del país gracias al esfuerzo y el trabajo de un hombre
que ha dedicado su vida al arduo trabajo del campo.
Situada
a unos 180 kilómetros de San Salvador y separada de
la carretera por un accidentado camino de tierra, la finca
inicia sus labores cuando la mayoría de la gente aún
duerme.
Unas cuatro viviendas de adobe y ladrillo rodean la casa del
patrón. Ahí habita una docena de campesinos
cuyas pertenencias incluyen apenas un par de mudadas de ropa,
gastadas hamacas y un puñado de arroz y frijoles, única
dieta disponible en los alrededores.
A las tres de la mañana, en todas las viviendas, los
candiles alumbran los rostros morenos de los campesinos.
Al aproximarse a las casas se les encuentra acomodándose
sus gastadas ropas y cociendo café o arroz para el
desayuno. Minutos después están listos para
el trabajo.
Santiago es el encargado de traer el ganado hasta el corral.
En medio de la oscuridad se le ve salir a todo galope.
Don Leno Bonilla, único hijo varón
del patrón, aparece con sus botas bien puestas y una
sonrisa que parece eterna, para dar las indicaciones a Chiyito,
el capataz de la finca.
Chiyito no sonríe, es un moreno quemado
por el sol, alto y de contextura gruesa, parco y seco al hablar.
Él, sin duda, es el hombre de más confianza
en estas tierras.
Blanca y espumosa faena
Mientras don Leno revisa con el capataz las tareas a asignar,
Santiago, Ronald y Cristino son los encargados de ordeñar
un promedio de 35 vacas por día y de obtener unas 425
botellas de leche cada uno.
En la finca se les conoce como los corraleros
y son los únicos capaces de controlar las vacas, ordeñarlas,
aplicarles inyecciones, bañarlas y limpiar las siempre
abundantes plastas de estiércol.
Sus tareas inician antes que ninguna otra. Vigilados de cerca
por el patrón, toman un lazo para arriar el ganado
y se ajustan sus sentaderas, pequeños trozos de madera
que se amarran a la cintura y que hacen las veces de sillas
a la hora de ordeñar.
Este es sin duda uno de los momentos más importante
en la finca. Uno a uno, los terneros son sacados de los corrales
para llevarlos junto a sus madres.
¡Yadira, Yadira! grita Cristino mientras
deja salir a un ternero que por su corta edad (de cuatro días)
corre con dificultad en busca de su madre.
La vaca también lo busca y corre de un lado a otro;
parece entender el llamado de su nombre. Son más
inteligentes que la gente, afirma Santiago, y luego
demuestra como la enorme vaca recibe cariñosa a su
cría.
Regalo, Princesa, Mocha,
Diabla, Moneda, Xiomara,
Caribeña, Nathalia, Corbata
y tantas otras vacas son llamadas una a una para avisarles
que su ternero está libre y buscándolas.
Sentados en la oscuridad y rodeados por el penetrante olor
a estiércol, los corraleros permanecen ordeñando
por espacio de unas tres horas y cada vez que llenan la cubeta
con blanca y espumosa leche la vacían en enormes piletas
a donde Antonio Abadí, el quesero, está listo
para elaborar hasta 70 libras de queso por día.
Él es uno de los empleados de más jerarquía
en la finca. Aprendió el oficio de manos de don Antonio
Bonilla, el patrón, y ahora es un experto en el trabajo.
A las cinco y treinta de la mañana, Antonio está
tan concentrado en su trabajo y apenas tiene tiempo para conversar,
mientras en sus brazos, gruesos y musculosos se reflejan las
duras tareas a las que se somete a diario.
A veces hago más de 100 libras de queso por día;
me toca sacar el suero, y hay que apretar bien para que quede
seco, dice, y se limpia las gruesas gotas de sudor que
corren por su frente.
A las seis de la mañana, cuando el sol despunta, la
finca trabaja a todo vapor: por un lado los corraleros continúan
ordeñando; por otro, don Antonio elabora queso, y a
lo lejos, otro grupo de campesinos, vigilados de cerca por
Chiyito, cerca y limpia los campos y prepara el
alimento para el ganado.
Don Leno, el hijo, y don Antonio, el padre, están orgullosos
de contar con este grupo de campesinos que hace funcionar
lo que consideran un tesoro familiar.
Este trabajo es duro, pero yo no lo cambiaría
por nada. El campo es mi vida, dice don Antonio, quien
llega a la finca luego de que el sol aparece.
Él ha sido ganadero toda la vida y anhela que Juan
Diego, su nieto de siete años, continúe manteniendo
a flote el legado familiar.
Esta vida es única, dice orgulloso y respira
profundamente, quizá para aspirar un aroma donde se
mezcla el olor a estiércol con el de la leche recién
ordeñada, el del café cocido y el del trabajo
de toda una vida.
El
patriarca
Todo
comenzó con una vaquita
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| Don
Antonio Bonilla, el dueño del Güiscoyol |
Don Antonio
es delgado y no mide más del metro y medio, camina
despacio y cansado, quizá por el peso de sus 79 años.
Desde los 16, cuando quedó huérfano de padre,
abandonó la escuela, junto a Tomás, su hermano
mayor, para hacerse cargo de sus cinco hermanas y su madre.
Trabajó en tantas labores que se pierden en su mente.
Mi vida es una historia, dice con el tono de un
abuelo cargado de recuerdos.
Trabajó en algodoneras, en salineras, en sandilleras,
en la siembra de maíz y un día eligió
al ganado como su fuente de ingresos. Todo comenzó
con una vaquita que se llamaba Toronja, cuenta con una
sonrisa que muestra sus dientes amarillos quizá de
tanto fumar.
Este es mi vicio, dice y busca entre sus bolsillos
los fósforos para encender otro cigarrillo. Lo único
que encuentra es una calculadora. Yo antes, podía
hacer las cuentas en la mente; hoy sin este asunto no puedodice.
Fumar no es su único vicio, el otro es el trabajo.
Aunque ahora su hijo Leno, está a cargo de la finca,
él continúa supervisando las tareas. Casado
desde hace cincuenta y tantos años con doña
Aminta, don Antonio procreó cinco hijos con ella, sólo
dos sobrevivieron: Marcelina, que se hizo profesional y vive
en el extranjero, y Leno, quien ahora es el otro patrón
de la finca.
Don Antonio ha vivido toda su vida en Pasaquina, la ha visto
padecer sequías y una guerra que expulsó a cientos
de lugareños; pero a él nada lo arrancó
de estas tierras que hoy le regresan un poco de tanto trabajo.
50 dólares
semanales gana cada uno de los trabajadores en la finca.
100 libras
de queso son elaboradas a diario, mismas que son vendidas
en Santa Rosa de Lima y en La Unión.
425 botellas
de leche se producen en la finca El Güiscoyol.
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| Los
empleados de la finca inician sus labores a las tres de
la madrugada. Cuando el sol despunta, en El Güiscoyol
todos están ocupados, tanto ordeñando las
vacas como en otras tareas del campo. |
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| Arriba:
don Antonio, el quesero, en plena labor. Abajo: nicaragüenses
preparan alimento para el ganado. |
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