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|20
de febrero de 2005

Las
aves cantan en sus montañas, las pozas reciben a los
turistas en sus aguas frescas y el pueblo ha recobrado a sus
hijos. Los vestigios de antaño, aquellos que relatan
los años de guerra, también tienen voz en Cinquera.
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Vuelven
a escucharse los suaves murmullos de la gente entre las calles
del pueblo. Quienes huyeron del conflicto armado aún
siguen retornando a su terruño y donde antes sólo
quedaba el viejo campanario de la iglesia ahora se elevan
nuevas construcciones.
Todo parece ser más reciente en Cinquera, Cabañas.
Hasta las áreas agrícolas que fueron abandonadas
durante la guerra volvieron a poblarse de árboles,
en un periodo de 4 a 30 años, según los expertos,
y ahora éstos se yerguen en los cerros, tupidos en
el invierno y desnudos en el verano.
En esas veredas escabrosas, donde antes se abrían paso
las botas de los guerrilleros, ahora se han trazado senderos
interpretativos y los turistas se pasean por allí,
presos de la aventura y de la riqueza biológica e histórica
que ofrece la montaña de Cinquera.
Se trata de una reserva natural, propiedad privada, extendida
en 5,000 manzanas compartidas también por los municipios
de Jutiapa y Tejutepeque, en Cabañas; y Suchitoto y
Tenancingo, en Cuscatlán.
La Asociación de Reconstrucción y Desarrollo
Municipal (ARDM), con 66 miembros, lucha por demostrar que
el ecoturismo es ahora el futuro de esta zona. Luego
del conflicto no nos quedaba más que proyectar nuestros
recursos naturales, dice Pedro Fuentes, uno de los asociados.
Conquistado por la calma
Durante el atardecer de un fin de semana, el pueblo se percibe
envuelto en el silencio, interrumpido sólo por la llegada
de un bus procedente de Ilobasco y la voz de un hombre sentado
en la acera que grita: ¡Ay! Ya no aguanto este
pueblo, ni a v... le siento gracia.
Esa calma que se respira hasta en el aire de Cinquera cautivó
hace seis años a don Lázaro Sánchez,
un tipógrafo que dedicó gran parte de su vida
a trabajar en el Diario Oficial y se había establecido
en Soyapango, San Salvador.
Hace seis años decidió olvidarse de la rutina
agitada de la capital y comenzó a recorrer el campo.
El día que entró por primera vez a Cinquera,
luego de ir por otros sitios, se encontró con un hombre
sentado al pie de la iglesia, frente al parque. No había
más presencia humana.
El hombre resultó ser el alcalde, y luego de intercambiar
impresiones con él decidió renunciar a la casa
de dos plantas, a los dos teléfonos, a la refrigeradora
y al televisor que tenía en Soyapango.
Ahora vive en la ribera del río Paso Hondo, su terrenito
es parte de la reserva natural de Cinquera. Construyó
una casa de lodo con varas de bambú y ni siquiera tiene
luz eléctrica; pero se siente dichoso mientras escribe
poesía, escucha radio con baterías y vuelve
a releer obras como María y Las mil y una noches.
Por el patio de su casa pasan los turistas que deciden visitar
el salto de Los Mancía. Allí se llega luego
de bajar por rocas inclinadas que obligan a apoyarse de un
lazo, pero ya en el lugar vale la pena el encuentro con la
poza El caracol.
Hábitat de especies
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Frente
a la iglesia se exhiben algunos restos de bombas.
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Cinquera
es la calma de un pueblo y la aventura del bosque.
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Desde
1983 hasta finales del 91, el pueblo estuvo desolado. Poco
a poco la gente ha ido retornando a sus tierras y lo siguen
haciendo en la actualidad. Ha sido un proceso de repoblación.
Algunos vinieron y volvieron a irse, relata Pedro Fuentes.
A partir de 1997, la Asociación quiso venderle a la
gente de la comunidad la idea del ecoturismo. No había
otra alternativa y ellos comenzaron a entender que es más
rentable el manejo sostenible de los recursos, pues la agricultura
se hace difícil en esas tierras de vocación
forestal.
El proyecto está dando resultados. El año pasado
recibieron a 1,500 turistas; de éstos el 35% extranjeros
de Norteamérica, Suramérica, Centroamérica
y hasta de Europa.
Eduardo Erazo, técnico del proyecto Acciones
de protección y educación ambiental en la montañona
de Cinquera, financiado por FIAES, se ha dejado seducir
por los atractivos. Este lugar está encantado;
la gente que viene siempre quiere volver, refiere.
Erazo habla de las 175 especies vegetales y de las 209 animales.
Además, de un río sin altos índices de
contaminación. Eso lo demustran las ranas cavernícolas
que viven en las rocas de su cauce, pues suelen habitar en
zonas naturales poco alteradas.
También se puede explotar el turismo de aventura. Por
algunas rocas sólo es posible bajar con ayuda de un
lazo. Desde la cúspide de la peña El zope
se logra una vista panorámica del embalse del Cerrón
Grande, de Suchitoto, de Chalatenango y del cerro de Guazapa.
Y no faltan las iniciativas que generan recursos económicos
en la población, como un taller de costura donde se
confecciona ropa de aventura y la elaboración de artesanías
y de champú a base de plantas naturales.
Don Lázaro vive feliz entre la espesura de la vegetación
y la cultura de la gente. Los turistas recorren la montañona
y se empapan de los recuerdos del conflicto armado. Me
gusta por toda la riqueza histórica que hay,
dice uno de los visitantes de origen estadounidense.
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Una
noche en el bosque
Al
caer la tarde partimos hacia las profundidades del bosque
de Cinquera. Junto a nosotros van seis turistas estadounidenses,
Edgardo Erazo, técnico de FIAES; un guardabosques
y cinco niños guías denominados los Pumas
exploradores.
Llevamos sobre nuestros hombros tiendas de campaña,
mochilas y bolsas para dormir, pero la fresca sensación
de los primeros minutos de caminata hace que el peso
se vuelva imperceptible.
Hacemos la primera parada en la caseta de los guardabosques.
Allí, Edgardo Erazo, El Chiqui como
es conocido entre los lugareños, habla con orgullo
de los venados y hasta del puma que habita en la montaña.
También del río Paso Hondo, que nace y
muere en la misma reserva de Cinquera.
Más adelante nos detenemos en El Obraje.
Uno de los niños guías nos muestra las
pilas donde era procesado el añil a finales del
siglo antepasado. Unos pasos más y nos encontramos
frente al amate blanco: Este árbol sirve
de estación a muchas aves migratorias,
dice uno de los menores.
Nuestra próxima parada es la cocina vietnamita.
Nos explican que ésta fue copiada de la guerra
de Vietnam y que era donde los guerrilleros preparaban
su comida.
Casi al anochecer llegamos al campamento La Cascabel.
Armamos nuestras tiendas de campaña y cenamos
las pupusas que un grupo de mujeres de la zona han transportado
hasta el centro de la montaña.
Bajo la luz de la luna, disfrutamos de la obra de teatro
Mariposa, presentada por los jóvenes
de la comunidad, de una copa de chaparro y de un pedazo
de conejo asado acompañado con tortillas de maicillo.
El frío de la madrugada, el ronquido de algunos
de nuestros acompañantes y el canto extraño
de las aves nos recuerda que estamos en Cinquera. Descendemos
hacia una de las pozas del río Paso Hondo y minutos
después nos despedimos de nuestros acompañantes
de travesía.

Durante
la noche hubo teatro, charlas sobre historia, conejo
asado y chaparro.
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Riqueza
en la montaña
* A 70 kilómetros de la capital, el clima de
Cinquera oscila entre los 19 y los 33 grados centígrados,
y su altura entre 250 y 756 metros sobre el nivel del
mar.
* El bosque posee árboles pioneres como el guarumo,
el caoba y el cedro. Además, se ha reportado
el ébano (Diospyrus morenoi), especie única
de esta área.
* La fauna identificada va desde reptiles, pizotes,
coyotes, trigrillos, ocelotes, mapaches y cotuzas hasta
venados rojo y cola blanca y pumas.
* Su riqueza natural ha sido investigada. Se ha estudiado
el origen del bosque, la capacidad de carga del área
y la identificación de reptiles.
* Si usted quiere visitar la zona puede llamar el teléfono
389-5732 y contactarse con la ARDM.


El
café caliente y situarse alrededor del fuego
sirvieron para contrarrestar el frío que se impregnó
en el bosque durante la madrugada.
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