20 de febrero de 2005

La selección y la certificación de las semillas de café es un trabajo realizado sólo por mujeres. Conozca por qué el Centro Tecnológico Cafetalero, de la Fundación Salvadoreña para la Investigación del Café (Procafé), las prefiere sólo a ellas para ese trabajo tan delicado.

Orsy Campos Rivas
Fotos: Luis Villalta


En un completo silencio, Angélica María Mejía Aquino, de 27 años, observa con mucha concentración los granos de café. Se auxilia de una lupa del tamaño de una paila, la que tiene adherida una lámpara que derrama luz blanca, con lo que se asegura mucho más que las semillas escogidas son excelentes.

Ella limpia el café como si estuviera espulgando. Sus dos manos se mueven con rapidez, halan las semillas, les da vuelta, inspeciona sus lados, mientras sus ojos pareciera que quieren traspasar los granos. Luego, con mucho cuidado, aparta los malos mientras resguarda los mejores.

Ángelica es una de las dos que le dan la última inspección al grano. Después de ellas ya nadie más los revisa. Ambas lo reciben de las otras diez mujeres que también espulgan muy atentas, en un trabajo que requiere mucha dedicación, y que es realizado de noviembre a febrero en el Centro Tecnológico Cafetalero, ubicado en la finca San Antonio, en Santa Ana.

Aquí no hay música, la conversación es casi nula; incluso la mayoría de cubículos, donde las mujeres limpian el café, tiene separadores para evitar la distracción. Pero para prevenir la fatiga en una jornada de nueve horas, a media mañana y a media tarde tienen 15 minutos de descanso, señala el ingeniero Gregorio Tenorio, jefe regional de occidente de Procafé.

En la mira
Las mujeres que seleccionan y certifican las semillas han sido capacitadas para detectar los defectos que se encuentran en los granos. Presentamos algunas de esas imperfecciones por las que son descartadas:
• Semillas quebradas.
• Triángulo, porque tienen tres lados.
• Brocado, es el dañado por la broca (gorgojo) del fruto del café.
• Caracol, por la apariencia redonda.
• Deforme, ya sea un grano demasiado grande, muy pequeño o presenta formas irregulares.
• Manchados.
• Granos negros.

Con una experiencia de 15 años en la corta de café y dos en la certificación del grano, Angélica inspecciona cada día 50 libras de café en pergamino. “Este trabajo es fácil porque las semillas las pasan más limpias, aunque a veces lo pasan algo sucio, y de ocho libras le saco tres libras de resaca, o sea café malo”, dice ella sin despegar la vista de los gránulos.

Corina Flores, quien también tiene 27 años, es otra de las trabajadoras que se mantiene muy concentrada en esas semillitas color beige. Quisimos retarla escogiendo varios granos de los desechados, que a simple vista parecían buenos.

No obstante, con mucha seguridad y en forma tajante nos aclara: “Ese no porque está negra la rayita. Este no porque está reventado; éste tiene una manchita y ése es un triángulo”. En realidad, estar inspeccionando esos granos es un reto a la agudeza visual.

Por qué solo mujeres

De cinco mujeres consultadas, todas dijeron que seleccionar semillas es una labor fácil y limpia; sin embargo, ninguna dijo por qué razón es un trabajo sólo para mujeres.

Según el ingeniero Tenorio, este trabajo lo realizan ellas porque son más hábiles con sus manos, son más cuidadosas con la semilla, mientras que el hombre es más rudo. También se obtiene un mejor rendimiento y mejor calidad de producción.

Pero no sólo eso: las mujeres son más rápidas para ejecutar la tarea, y tienen la habilidad de detectar mejor los defectos de los granos, o sea que tienen una excelente visión.

Todas estas ventajas permiten que sean las mujeres las escogidas para ese trabajo tan delicado, ya que los granos que ellas apartan serán vendidos a los caficultores, quienes renovarán sus plantaciones con las mejores semillas.

Pero para llegar a eso, cada mujer que hace la primera selección recibe diariamente cinco libras de café, y ella lo tiene que repasar cuatro veces, para así eliminar bien los defectos, y de esta manera entregar semillas con las características óptimas para la reproducción, menciona Tenorio.

Aquí eligen lo mejor de lo mejor de los cafés pacamara, pacas y teksic (bourbon), de los que posteriormente se ha cosechado un café de alta producción, con el 95 por ciento de germinación y de buena calidad de bebida, que incluso ha logrado mayores puntajes de la “Taza de la Excelencia”, señala el ingeniero Jorge Alberto Sandoval, gerente técnico de Procafé.

Pero mientras las mejores semillas de café esperan a que un caficultor las compre, Angélica clava su vista en esos granos, y así descubrir cuáles apartará, indiscutiblemente los que reúnen la excelencia, de donde saldrá una bebida de alta calidad, que será saboreada hasta por los gustos más exigentes en tierras lejanas.

El proceso
La certificación de café inicia con la recolección en tres sitios, donde están los bancos de semilla: cantón Los Andes (Santa Ana), Extensión Experimental de Santa Tecla y finca San José, de Santiago María, Usulután. Luego sigue un proceso cuidadoso.
Se corta el café de una sola variedad, por ejemplo sólo pacas, pacamara o teksic. Se pesa y se deposita en las pilas de uva, donde pasa a un sifón que elimina la suciedad. Las semillas de mayor tamaño, las mejores, pasan a una criba que elimina el 20% del fruto. Por medio de sifones son eliminados los granos más pequeños y menos pesados.
El pulpero le quita la cáscara y queda como pergamino. Luego pasa a la pila de maduración. Después de quitarle la miel al café es lavado, se escurre y es secado en sombra de tres a cinco días. Cuando secan el café pasa de 50 a un 35% de humedad, verificándolo con este aparato. Cuando el café tiene poca humedad, una máquina vibradora escoge el grano óptimo por el tamaño.
 

Angélica María Mejía selecciona el mejor café, el cual después embolsa, lo trata con fungicida y lo etiqueta con los datos de la variedad, la fecha de vencimiento y otros.

 

Para escoger la mejor semilla, estas mujeres revisan el café hasta cuatro veces; luego se lo entregan a Angélica, para que los revise bajo la lupa.

El cultivo en El Salvador

No hay una fecha exacta de cuándo fue introducido el café en El Salvador. Algunos historiadores lo fijan entre los años 1779 y 1796. Otros estiman que ocurrió entre 1800 y 1815.
Se cree que las primeras plantas del cafeto fueron encontradas en los terrenos de dos campesinos de Ahuachapán, quienes habían obtenido las semillas de la hacienda del Soyote, propiedad de los señores Álvarez de Asturias, en Jutiapa, Guatemala.
A partir de 1857 se expandió el cultivo por todo el país. La ruta se inició en Ahuachapán, para luego pasar a Santa Ana y Sonsonate. Posteriormete se introdujo en el oeste de San Vicente, en las montañas de Berlín y en el volcán Chaparrastique, en San Miguel, entre otros lugares.
Este auge se debió a que el Estado promovió esta nueva actividad productiva. El capitán general Gerardo Barrios impulsó este cultivo en todo el país.
En la actualidad, el parque cafetalero de El Salvador se extiende en 229,921 manzanas, de las cuales el ciento por ciento está cultivado bajo la sombra de árboles de diversas variedades.

(Fuente: “El Salvador, tierra de café”, publicación de Procafé)

Las semillas son protegidas en un cuarto frío, donde controlan temperatura y humedad. El café embolsado cuesta $4 la libra.

 

 


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