|

19
de junio de 2005

Debe
atravesar empinados cerros y cruzar peligrosas quebradas hasta
llegar a una modesta escuelita rural, donde se gana la vida
como maestra, una labor difícil que la enorgullece.
 |
Su labor va más allá de tomar un lápiz
y enseñar a sus estudiantes de parvularia a dibujar
en rústicos trazos los números del uno al diez.
Esta mujer regordeta y alegre, de origen humilde y madre de
dos niños, es sólo una muestra de los tantos
maestros que se abren camino en lejanas áreas rurales
dispuestos a cumplir con su labor; que enseñan en sitios
donde nadie llega, donde no hay autobuses ni energía
eléctrica o agua potable, donde las familias son tan
pobres que la alimentación se reduce a frijoles y tortillas
todo el año.
Son escuelas pobladas de estudiantes descalzos o con zapatos
rotos y estómagos vacíos, pero con una voluntad
a prueba de peligrosas crecientes y empinados cerros.
Cerros y crecientes que también cruza Beatriz González
para llegar hasta la escuelita del caserío La Ceiba,
en el cantón Hondable en Corinto, Morazán, donde
es maestra de parvularia y de tercero y cuarto grados.
La conocimos luego de cruzar, como ella, un accidentado camino
rodeado de quebradas, pronunciadas pendientes y cerros verde
intenso, propios de Morazán.
Su labor ahí no ha sido sencilla, no sólo porque
cada domingo le toca sortear estos accidentados caminos para
llegar al centro escolar, sino además porque debe permanecer
ahí durante la semana, y separarse de sus dos hijos,
Jacob y Marcos, de tres años y seis meses, y de su
esposo David, también es maestro en otro cantón
de Morazán.
Pese a todos estos sacrificios, reconoce que la carrera le
ha traído satisfacciones, sobre todo cuando se trata
de niños como sus alumnos que se sacrifican para asistir
a la escuela y en medio de la pobreza en que crecen logran
verdaderos progresos.
|
5,177
escuelas públicas
1,056
centros escolares públicos en la zona occidental;
2,192 en el área central y 1,869 en el sector
oriental tenía registrados el MINED hasta el
2005.
|
1,037
escuelas privadas
Para
el mismo periodo, el Ministerio contabiliza 158 centros
privados en el occidente, 796 en la zona central y 123
en oriente. |
|
PERFIL
Nombre:
Beatriz Edelmira
González, 28 años
Grado que enseña: parvularia y tercero y cuarto
Salario: $502.53
Estado civil: casada y con dos hijos
Nivel académico: profesorado en educación
|
Hija de
un agricultor y de una ama de casa se crió en el cantón
Llano El Coyol, en San Rafael Oriente, San Miguel, en un hogar
humilde compuesto por cuatro hermanos, una de ellas también
maestra.
Ella confiesa que, como la mayoría de niños
de su generación y de su pueblo, el único anhelo
que tenía era convertirse en profesora.
Por eso no dudó en inscribirse en la Universidad Modular
Abierta en Usulután en la carrera de profesorado eliminada
más tarde por el Ministerio de Educación
que ahora exige la licenciatura para ejercer esta profesión.
Es nuestra primera casa
La noche nos sorprende conversando con Beatriz y sus dos compañeros,
Idalia y Gerardo. Mientras él intenta escuchar en su
pequeño walkman el partido entre Argentina
y Brasil, las maestras se apresuran a preparar la cena.
Los tres se han convertido, sin quererlo, en una familia;
viven en dos pequeños cuartos, propiedad de la comunidad
y situados a unos diez metros de la escuela. Construidos con
ladrillo y con una extensión no mayor de cuatro metros
cuadrados cada uno, las habitaciones hacen las veces de hogar
para los tres. Ahí cocinan en una pequeña estufa
de gas y cuentan además con un lavadero y un sanitario
a donde llega agua de un nacimiento cercano.
En un perchero de hierro acomodan la ropa las mujeres y una
caja de cartón hace las veces de ropero para Gerardo.
Dos hamacas, una cama de pita y tres sillas plásticas
son los únicos muebles que poseen.
La cama es para mí porque no puedo dormir en
hamaca, aclara Beatriz, quien reconoce que a los tres
les hacen falta las comodidades de sus casas. Me hace
mucha falta la televisión, confiesa y sus compañeros
reconocen la misma debilidad por este aparato.
 |
| Muchos
de los alumnos de parvularia cruzan el río Torola,
para llegar a diario hasta la escuela. |
Como no
hay energía eléctrica, los profesores se han
acostumbrado a alumbrarse con velas, y a irse a la cama muy
temprano. Aquí no hay otra cosa que hacer,
justifica Idalia.
Beatriz ya lleva cuatro años en este centro escolar;
Gerardo e Idalia, en cambio, apenas llevan seis meses; sin
embargo ella los ha acogido con igual cariño como el
resto de maestros que han pasado por ahí.
Ellos tienen mejor suerte y consiguen traslados cerca
de sus casas; yo sigo pidiéndole a Dios que me salga
pronto, dice.
La noche acaba entre risas y recuerdos de noches cargadas
de lluvia y hasta de espantos. De los tres, Idalia es la más
alegre, tiene carcajada fácil y un buen ánimo.
De hecho, lo último que se escucha al final de la noche
es su risa, que rompe con el profundo silencio del lugar.
Deslizones y mucha lluvia
¿Cuál es tu mano derecha, María José?,
le pregunta Beatriz a una de sus estudiantes de parvularia
cuando llega el momento de iniciar la clase a las ocho de
la mañana en punto del día siguiente.
Sus alumnos son escasos, apenas cinco, porque el día
amaneció lluvioso, la quebrada crecida y las mamás
prefirieron no enviar a sus pequeños a estudiar.
Pero eso a Beatriz no parece importarle. Uno que viniera
y yo doy la clase, porque les cuesta venir y eso yo lo valoro,
dice convencida mientras canta casi a gritos una canción
de los números.
El invierno es para ella la peor época del año,
no sólo porque les toca soportar fuertes tormentas,
sino porque muchos niños abandonan la escuela, ya sea
por lo crecido de los ríos o por ir a trabajar la tierra.
A veces no viene nadie, pero nosotros esperamos,
dice y luego explica como el invierno también ha hecho
estragos en su salud. Me da gripe seguido y los pies
los tengo hechos pedazos, señala al referirse
a los hongos que lastiman sus pies, producto de la humedad
 |
| La
falta de energía eléctrica no impide que
Beatriz prepare con dedicación el material de sus
clases. |
Mientras
transcurre la mañana, Beatriz entona melodías
con sus estudiantes, juega con ellos y les enseña a
dibujar los números.
En los salones de al lado, sus colegas intentan mantener la
atención de sus inquietos alumnos que se distraen con
la presencia de extraños.
A media
mañana, la lluvia disminuye y Beatriz se entusiasma
de nuevo. Quizá vengan más niños,
comenta esperanzada mientras observa la ventana.
Pronto entendemos que la voluntad de esta mujer por enseñar
va más allá de abrir las puertas de su escuela;
ella está comprometida con lo que hace.
Quizá por eso los tres salones que componen el centro
escolar están nítidos, recién pintados
de azul y blanco y profusamente decorados con animales de
papel, mapas y coloridas figuras de números. No parece
un centro escolar ubicado en un lugar tan inhóspito
y apartado.
Beatriz es, de hecho, la encargada de tan pintoresca decoración.
Aunque el sitio está rodeado de quebradas, abunda el
lodo y la lluvia se cuela por el techo, para ella los 150
alumnos inscritos merecen un sitio así.
Si miran todo así bonito se animan a venir, les
motiva, por eso me esmero y les digo a los compañeros
que es importante adornar las aulas para motivarlos,
expresa mientras observa orgullosa el rótulo de bienvenidos
de su salón.
Y a los alumnos quizá también les motive el
esfuerzo, tanto de Beatriz como de sus compañeros,
por llegar a enseñar a sitios como éste. Tal
vez lo hagan por un salario, pero es sin duda un salario muy
bien merecido.
|