16 de octubre de 2005

Caruso Historia de un perro amor

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MarÍa Erlinda Villanueva
Hablemos


No creo que Caruso sea el nombre adecuado para un perro; mas así se llama el personaje o mejor dicho el animalaje de mi historia.

No era un perro hermoso físicamente; mas bien era un perro callejero, pulgoso y hasta un poco feo.

Recuerdo su cara larga y triste, con unos pocos dientes en su vieja boca. Su poco pelaje amarillo y negro, simulaba a un tigrillo en extinción.

Siempre me llamaron la atención esos grandes ojos profundos color miel, como si quisieran decirme algo.

Rafael Pacheco, el borrachito más famoso del pueblo, lo recogió en la calle una noche de frío invierno y lo llevó a su descuidado rancho, y jamás se separó de él.

Parecía que se había establecido entre hombre y perro un vínculo de eterna amistad y gratitud con la promesa: “Hasta que la muerte nos separe”.

Aquel noble perro acompañaba a Rafael cada paso que daba; era su perro guardián. Era su perro amigo y fiel, con quien compartía la pobreza y la abundancia.

“Rafa”, como lo llamaban cariñosamente sus amigos de parranda, era un hombre “pobre, pero trabajador”, según se describía él; pero a veces tomaba sus largas vacaciones, alegando filosóficamente “que el trabajo era su peor enemigo y que Dios lo dejó como castigo”.

Permanecía semanas completas en la acera de aquella famosa cantina del pueblo, ingiriendo licor sin parar; “fondeado en su vicio”, en aquellas interminables “zumbas”, que concluían con aquel “delirius tremens”, visitando frecuentemente el hospital al final de esas merecidas vacaciones.

Mientras tanto, Caruso permanecía a su lado, sin pronunciar palabra, sin jamás renegar; lo cuidaba de cualquier atrevido que quisiera acercársele. No dormía aquel perro, no comía; estaba ahí, no importando el frío, o el hambre, sin reclamar nada a cambio.

Al regresar el hombre a sus labores diarias, el perro estaba ahí, junto a él, moviendo alegremente su cola; dispuesto a acompañarlo donde fuera: a cortar café, algodón, caña de azúcar, oficios en que era experto Rafael.

Dicen que jamás hubo un gesto de reclamo, de desprecio, de protesta de parte de aquel perro.
Lamía las heridas de su amo con compasión, mientras esperaba muchas veces la hora de aquella lejana comida, que no parecía llegar.

Cierto día, Rafael enfermó; aquel animalito lo cuidó, permaneció fiel a su lado; si salía a la calle era para sus necesidades fisiológicas o para cazar conejos, aves, liebres, tacuacines, y los cuales llevaba a las vecinas,
cargándolos en su hocico, para que los cocinaran para su amo, tratando de explicar la situación con ladridos desesperados.

Cuando Rafael se levantaba, también Caruso parecía feliz. Visitaba al vecindario, moviendo su cola alegremente y abriendo su hocico; casi sonreía, mostrando su húmeda lengua, como gesto de agradecimiento.

Un trágico día de tantos, Rafael, en sus grandes tomatas y crudas, bebió aquel alcohol etílico, que lo llevó hasta el hospital.

Caruso, aquel perro viejo, recorrió cientos de kilómetros tras la ambulancia que conducía a Rafael. Llegó cansado con la lengua de fuera, las pezuñas en el suelo y la cola entre las patas.

Esperó cerca del nosocomio, día y noche, mientras Rafa se recuperaba. Pero Rafael agonizaba desesperadamente.

Caruso arañaba las paredes frías, tratando de alcanzar la ventana del cuarto que era testigo del sufrimiento de su amo.
Mas una noche fría y oscura, sin luna, la muerte rondaba el lugar. Caruso empezó a aullar desesperadamente.

Rafael no ganó la batalla; su hígado y su estómago no resistieron la cruel intoxicación.
La procesión fúnebre recorrió las empedradas calles del pueblo de Rafael.

Aunque usted, amigo lector, no lo crea, ahí iba Caruso entre la multitud. Los sentimientos parecían aflorar en su triste mirada del animal.

Aquel noble perro había enflaquecido tanto, tanto que sus patas se cruzaban débilmente, su piel se pegaba a sus huesos, dándole un aspecto esquelético lamentable.

Llegó el cortejo fúnebre hasta el descuidado cementerio local. La lluvia empezó a caer; eran las tres de la tarde.

Los sepultureros, apurados, introdujeron el sencillo ataúd de madera en la fosa de seis pies de profundidad.

La tierra húmeda y las piedras cayeron precipitadamente sobre el cajón, haciendo un ruido ensordecedor.
La tormenta continuó.

Las viejas rezadoras dejaron a la mitad sus cantos y plegarias, y abrazándose se despidieron.
Cada quien corrió a su refugio.

Los sepultureros, profesionales del mismo ramo que Rafa, corrieron rápidamente a su segunda casa: la cantina, a consolar su pena, su sentimiento de pérdida, no olvidándose de aconsejarse de que no volverían a tomar alcohol.
Todos se fueron.

Sólo quedó ahí Caruso, acompañando a su amo; con los ojos húmedos y tristes, echado sobre la tumba. No importaba la lluvia, la soledad, la oscuridad de la noche. Se le oyó aullar de dolor toda esa noche y las noches que siguieron.

Un día lo encontraron sin vida, semienterrado en el mismo lugar donde yacía su amo. No se separó de aquel lugar.
El encargado del cementerio lo sepultó en la misma fosa de Rafael.

¡He aquí, señores lectores, una historia real de uno de esos amores perros que se dan en la vida!

 

 


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