16 de octubre de 2005

El agua no les llevó la fe

Les llevó su esfuerzo, sus años de trabajo. Y los dejó más pobres. Pero tan pronto alumbró el sol, los pobladores del bajo Lempa, en Usulután, volvieron a planear su forma de subsistencia.

Morena Rivera
Fotos: René Estrada

Hablemos@elsalvador.com

Cuando el agua comenzó a despejar la calle de acceso y el lago se fue convirtiendo en charcos en los patios de sus casas, cuando las plantaciones de maíz seguían húmedas y en el bosque de la vera del camino quedaban al descubierto los árboles derribados, las comunidades del Bajo Lempa volvieron a cobrar vida.

Quienes se quedaron en sus casas, a pesar de las inundaciones ocasionadas por el desbordamiento del río Lempa, salieron a la calle para recibir a quienes regresaban de los albergues; llevaban sacos con ropa y algunos víveres para paliar las primeras necesidades de su retorno.

Llegaban para limpiar sus viviendas. Para remover las cuatro o cinco pulgadas de lodo que cubría sus pisos, para descubrir que “el tele” no estaba; que del ropero y de la grabadora que con sacrificios habían comprado no quedaban más que pedazos.

Al igual que los humanos, las manadas de ganado se dirigían a las partes bajas, de donde sus dueños los sacaron por temor a que murieran ahogados. Los primeros vehículos en transitar por allí hundían sus llantas en el fango que había dejado “la llena”.

Hombres y niños tiraban la atarraya para atrapar los peces zambo que habían salido con la correntada y ahora quedaban en los vestigios de agua. Eran para comer el almuerzo, pues los pocos alimentos que tenían en sus casas se los llevó el río y por más de una semana no ganaron un solo centavo.

La bocana que se forma antes de la desembocadura del Lempa, en el sector de La Pita, había vuelto a su cauce. Algunos lugareños ya se animaban a surcar esas aguas en sus cayucos, y el murmullo de las aves parecía suave, triste.

Cada vez más pobres

Es momento de empezar de nuevo para unas 20 comunidades asentadas en los 21 kilómetros que hay de la carretera Litoral hasta la desembocaura del río Lempa. Igual como les sucedió en 1998, cuando el huracán “Mitch” arrasó sus siembras, sus casas y su ganado.

Cada vez han quedado más pobres, o cuando ya parecían recuperarse el agua los ha traicionado de nuevo. Antes del “Mitch”, Gregorio Galindo, de 58 años, residente en Santa Marta, tenía un “pick up”, diez cabezas de ganado y varias manzanas sembradas de maíz.

Nada pudo recuperar entonces. Siete años después había logrado comprar dos motosierras en cinco mil colones cada una. “Las ocupaba para picar leña y vender”, dice. También había cultivado dos manzanas de milpa y media de ajonjolí.

De los cultivos no recuperó nada y de sus motosierras quedaron sólo los fragmentos. “Cada vez es más duro recuperarse. Imagínese, ahora tuviera unas 30 cabezas de ganado”, comenta, durante una de las últimas noches que estuvo en el albergue instalado en la parroquia San Nicolás Lempa.

lEl agua había despejado sus viviendas, pero aún era difícil accesar a la calle sin mojarse o sin abordar un cayuco.

Uno de sus vecinos se halla tirado en el suelo, sobre un plástico negro que le sirve de cama. Desde la tragedia del “Mitch” quedó sordo, quizás del trauma que le ocasionó perder el ganado que en invierno le daba 250 botellas de leche. Esta vez la tormenta tropical “Stan” sólo le encontró dos caballos.

Sin embargo, en medio de las lamentaciones; de quienes tuvieron que vender sus cuches en las terceras partes de sus precios por miedo a que se les ahogaran, olvidarse que tienen maíz para el consumo o para vender y pagar los créditos, aún tienen alientos para levantarse.

No sabe de dónde ni cómo, a lo mejor si el gobierno les diera el apoyo, pero Galindo piensa pagar la deuda que tiene con el banco y luego hacer otro préstamo.

Con este dinero excavaría un pozo, le adaptaría una bomba para extraer agua y regaría las extensiones de hortalizas que quisiera sembrar en adelante.

Las últimas noches que Galindo estuvo en el albergue, junto a su hijo, su nuera y su nieta, fueron de insomnio, a veces en el suelo y otras sentado en una silla de plástico. “Pensando en lo que he perdido, y en cómo salir de ésta, porque todavía nos queda un mañana”, dice.


“Hay que pensar en el mañana”

Las circunstancias lo han obligado a dormir en el suelo, frente al patrono San Nicolás, en la parroquia del mismo nombre. Cruzado de brazos, descalzo porque perdió hasta los zapatos, con el cabello desaliñado y la camisa desabotonada, Gregorio Galindo cree que no todo está perdido.

¿En qué está pensando ahora?
(Son las nueve de la noche, y está sentado esperando para acostarse). En las cosas que hemos perdido.

¿Y qué ha perdido?
Dos manzanas de milpa, media de ajonjolí, dos motosierras que ocupaba para picar leña, un televisor y una grabadora.

¿Es duro perder cosas materiales?
Dígame usted si no.

¿Pero es peor perder la vida?
Sí, pero cuesta volver a hacer las cosas. Salir hasta sin zapatos es duro, aunque aquí no nos ha faltado la comida y la ropita.

¿Es también difícil estar en un albergue?
Sí, no estamos acostumbrados a dormir en el suelo. (Padre William, regáleme una colchoneta, le dice al párroco de la iglesia).

¿Y ha tenido que desvelarse?
Todas las noches me da insomnio. A veces mejor paso sentado en esta silla. (Padre, vuelve a gritarle).

¿Y qué piensa hacer ahora?
Hay que pensar en el mañana., ver si nos dan crédito y sembrar hortalizas.

¿Cree que será fácil volver a levantarse?
Si apoya el gobierno creo que sí. Aunque él no tiene la culpa de esta tragedia.

¿Había solicitado crédito para sembrar el maíz?
Sí, pero ya sólo debo 60 dólares. (Es padre, pero es tacaño, dice, antes de que el religioso le lleve una colchoneta).

¿Y tiene tierras?

No, para sembrar arriendo tierras. Todos los años pago 300 colones por manzana.

 

 

“Me gusta meterme en sus problemas”

“Padrecito, cuénteme un chiste”, le pedían los niños. Y el padre William Menjívar se escurría entre la muchedumbre.
Mientras su templo dejó de estar solo y él estuvo a cargo del albergue, se reunía por las tardes con los niños, les daba galletas y les contaba chistes. “Para que lo vivido no les quede grabado”, señala.

lEl padre cree que parte de su misión es involucrarse en las dificultades de la gente

Quienes lo veían por vez primera no imaginaban que es sacerdote. De hecho, quienes llegaban para llevar donativos —cuenta— no dejaban de mostrarse incrédulos y más de alguno decía: “¿Y ese muchacho es el padre?”.

Más parecía un joven voluntario. De 25 años, vestido de forma desenfadada (“blue jeans”, camiseta, chaleco, sombrero), de estatura media y cuerpo delgado.

Desde que inició la emergencia, el pasado 3 de octubre, él ayudo a evacuar a los pobladores y por más de una semana terminó con su pantalón salpicado de lodo hasta las rodillas, yendo de la cocina a la iglesia y llevando víveres a los lugareños que no quisieron salir de sus casas.

Se iba a la cama a la medianoche, luego de apagar las luces y de recorrer las zonas oscuras alumbrando con una lámpara. “Van a hacerme falta. Alguna vez lloraré porque voy a sentirme solo”, expresa.

Originario de Zacatecoluca y con tres meses de ser el vicario de la parroquia San Nicolás Lempa, el padre William también ayudó en la zona durante la tragedia del “Mitch”, tiempo en que aún era seminarista.

Su misión no se limita a celebrar la eucaristía ni sólo a apoyar al padre Ricardo Cortés, el otro parroco de la iglesia. De martes a jueves se convierte en profesor voluntario al dar clases de valores morales y cívica en varias escuelas del bajo Lempa.

“Yo no serviría sólo para dar misa”, dice. “Me gusta meterme en los problemas de la gente, es duro, pero satisfactorio”.


Durmiendo en la casa de San Nicolás

Hasta el presbiterio de la iglesia San Nicolás, allí donde los padres Ricardo y William se colocan para oficiar las misas, fue ocupado para albergar a 420, de los 2,999 evacuados del bajo Lempa.

lSector de La Pita, donde el Lempa desemboca sus aguas en el océano.

Por una semana durmieron acompañados del santo. Estaban además entre las flores del altar y un Cristo crucificado en el frente.

A las nueve de la noche, algunos niños dormían, y los adultos susurraban entre ellos. “Tal vez mañana da punto, y comienzan a espesarse las nubes”, en alusión al cambio de clima.

El padre William Menjívar irrumpió el aburrimiento de los damnificados al entrar con unas colchonetas. “Padrecito, isch..., déme una para la niña”.

Tuvieron lo necesario

Luego de repartirlas, el sacerdote les pidió silencio. “Voy a apagar la luz. Aún no se sabe si mañana van a regresar a sus casas”, y el ambiente se quedó a oscuras.

Se escuchaban ronquidos y sollozos de niños que despertaban sobresaltados. Algunos trataban de matarse los zancudos que les rondaban por los oídos, otros preferían levantarse y esperar el sueño sentados afuera del templo.

Con el alba se despertó el ajetreo. Las jóvenes corrían a darse un baño, las madres tendían la ropa que habían lavado el día anterior y los hombres (agricultores de piel aceitunada) salían para ver el cielo y presagiar la salida del sol.

Un borracho se cruzó por el templo para saludar a sus conocidos. “Si no hubiera guaro ya estaría muerto. Me echo un traguito y allí ando”, le comentaba a unos agentes de policía, encargados de prestar seguridad al albergue.

En el desayuno se sirvieron frijoles fritos, queso, pan y café. Aún sin la ayuda gubernamental, sólo con el aporte de gente altruista, los albergados habían tenido lo necesario.

 

 



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