|


Nancy
Karina Peralta 30 años Estudiante de cuarto año
de Economía, Universidad de San Carlos.
Asesinada de 48 puñaladas. Móvil: desconocido.
 |
| Han
pasado casi tres años desde el asesinato. Madre
y hermana continúan luchando por que se aclare
el caso. |
Nancy
Karina era una joven trigueña con largo cabello ondulado.
Su familia no le conocía novio, su vida era trabajar
y ayudar económicamente en la casa. Tenía 30
años y estudiaba cuarto año de economía;
soñaba con especializarse en auditoría.
La bondad que emanaba Nancy es el rasgo que más
recuerda su padre, un electricista de 54 años, quien
rememora como su hija mayor esperaba todas las noches a una
anciana vecina para ayudarla a llegar segura hasta su vivienda.
Asimismo trabajaba como voluntaria en un centro para niños
discapacitados y visitaba a menudo el Hogar para Niños
Huérfanos donde labora su madre. Para estos pequeños
ella era una Tía que se preocupaba por
enviarles 50 quetzales mensuales para los gastos.
Doña María, su madre, dice que la relación
con su primogénita era muy estrecha.
Gustaba leer libros de economía y de motivación
personal y era amante del pastel de chocolate. Precisamente
un día antes de que la asesinaran su madre le compró
una porción de su postre preferido que decidió
guardar para el día suguiente sin imaginar que no llegaría
a comerlo.
El viernes
1 de febrero de 2002 salió de su casa como todas las
mañanas para dirigirse a la empresa de servicios automotores
donde laboraba como secretaria desde hacía dos años.
Esta chica ya se va, acostumbraba a decir como
despedida a su mamá mientras se paraba frente a la
modesta vivienda de la familia, ubicada en una populosa colonia
de la zona 18. Esa fue la última frase que su madre
escuchó de ella.
A doña María, una mujer menuda y hasta tímida,
parece que el dolor aún la consume por dentro; ya sufrió
un infarto y tiene una tos persistente que no le da tregua.
Sin embargo, todavía le quedan fuerzas para luchar
por que se aclare el caso de su hija. Acompañada de
María Elena, su segunda hija, recorren desde el 2002
todas las delegaciones policiales en busca de respuestas.
La familia presume que Nancy Karina fue raptada de la Universidad
de San Carlos la noche del 1 de febrero de 2002. María
Elena logró verificar que el día que desapareció
asistió a clases. Algunos de sus compañeros
afirmaron verla llegar.
Luego de eso nadie volvió a saber de ella sino hasta
que fue encontrada en un predio baldío de la zona 21
asesinada de 48 puñaladas. A más de dos años
de su muerte, las autoridades no han logrado esclarecer lo
que sucedió.
Por la justicia
Desde el día de su muerte, madre y hermana no han parado
en la búsqueda de justicia. Ya consiguieron la copia
del expediente médico y aunque es ilegible en algunos
párrafos, ellas lo guardan celosamente.
Guardan también todos aquellos papeles donde se comprueba
que Nancy era una universitaria: el informe de Toxicología
donde se demuestra que Nancy no presentaba ninguna señal
de haber ingrerido alcohol o consumido drogas antes de morir;
el informe forense que especifica que Nancy a sus 30 años
era aún virgen y no había sido víctima
de violación.
 |
| La
vida de Nancy era sencilla: trabajar y estudiar. |
El robo
se descarta como el móvil del crimen, porque lo único
que le arrancaron fueron unos pequeños aretes de plata.
María Elena ha tratado de que se haga una foto-robot
(retrato hablado) del hombre que manejaba el carro que se
llevó a su hermana y que un universitario señaló
al principio de la investigación, pero tampoco se ha
hecho.
Lo que más molesta a su hermana es que cuando visita
la delegación de la policía para hablar de los
hallazgos que ha encontrado, los investigadores escriben las
notas en pedazos sueltos de papel sin darle mucha importancia.
Sin embargo, la familia sigue luchando. Ya denunciaron el
caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos y están
a la espera de respuestas.
Yo voy a parar de investigar hasta que capturen a los
hechores. Esa gente salvaje no puede andar en la calle libre.
¿Cómo es posible que nadie haga nada?,
reclama la hermana.
Vivir en carne propia la burocracia del estado al investigar
el asesinato de su hermana ha hecho que María Elena,
quien trabaja como enfermera en un hospital público,
decida estudiar derecho.
Yo tengo deseos de superarme, porque he visto cómo
tratan a la gente que va a preguntar cómo van sus casos.
No tienen apoyo de nadie, hay mucha gente humilde que tiene
casos igual al nuestro y sin respuesta, dice esta joven
que ya lleva un año de carrera. La familia exige pena
de muerte para los culpables.

Rosa
Franco ha pasado los últimos tres años buscando
justicia para su hija, asesinada, violada y torturada el 16
de diciembre de 2001. Esta es la historia de la lucha de una
madre que todavía no encuentra respuestas.
 |
| María
Isabel a sus quince años. No logró cumplir
16. |
La
casa de esquina, de ladrillo y cemento, ubicada atrás
de las numerosas cantinas de la zona quince (territorio conocido
por los asaltos nocturnos) es el hogar de doña Rosa
Franco y de sus dos hijos.
Una rústica mesa de madera con dos ángeles de
barro cocido y la imagen del Sagrado Corazón de Jesús
presiden la sala de la casa, oscura y húmeda.
¡Busquen al Señor, esto será su
fuerza. Busquen su cara sin cesar! se lee en el salmo
105 de la gastada Biblia que permanece abierta mezclada con
otra citas biblicas, flores ya marchitas y postales de piolín,
y en medio, la foto de una quinceañera con su sonrisa
fresca e inocente. Murió escasamente once meses después
de que le tomaran esa fotografía
Estudiaba tercero básico (noveno grado) y por primera
vez había conseguido un empleo en una boutique
en la zona 1, en pleno centro de la capital guatemalteca.
Coqueta como era, quería trabajar para comprarse su
estreno de Navidad, el que nunca compró, ya que desapareció
a los quince días de comenzar a trabajar.
Su cuerpo apareció en un predio baldío de la
colonia San Cristóbal, en la zona ocho de Mixco, a
unas dos horas de su lugar de trabajo. Había sido violada,
le destrozaron el cráneo con un hacha, la ataron de
pies y manos con alambre de púas y en su cuello presentaba
señales de haber sido estrangulada con un lazo.
Su frágil cuerpo de apenas 1.55 de estatura mostraba
golpes en el rostro, quemaduras de cigarrillo en los brazos,
las uñas cortadas al ras y curiosamente restos de comida
en la boca. Las autoridades presumen que murió mientras
comía o que sufrió de vomitos mientras era asesinada.
Dolor y desesperanza
Desde la muerte de María Isabel, hace tres años,
su madre, secretaria de la Universidad de San Carlos, marcada
por el dolor y la desesperación, busca incansablemente
a los responsables del hecho.
Su hija era una patoja tranquila, dice. Le gustaba
maquillarse y vestirse a la moda. Alta y bonita, María
aparentaba 22 años. Tenía muchos amigos, pero
ningún enemigo. Sí algunos enamorados, pero
su familia no le conocía novio.
Quería entrar a la escuela de aviación, le encantaba
bailar y estaba aprendiendo karate. Su madre no alcanza a
comprender los motivos por los que la mataron; por eso sigue
indagando.
| Correo
a manos llenas |
|
*
Rosa ha enviado cartas a más de un centenar de
instituciones y organismos internacionales. La Comisión
Interamericana de Derechos Humanos sí le respondió
prometiéndole intervenir en la investigación.
* El presidente de Estados Unidos, George Bush, también
le respondió, a través de uno de sus secretarios,
sugiriéndole sitios en internet donde podría
obtener ayuda.
* Todavía espera la respuesta de Óscar
Berger, presidente de su país, y de la Premio
Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú.
* Curiosamente, la mayoría de respuestas solidarias
fue de organismos internacionales.
|
María
Isabel Veliz Franco
15 años, estudiante de tercer año básico
Asesinada, violada y torturada
Móvil: desconocido |
En
su búsqueda ha visitado cuanta comisaría (delegación)
de la policía ha podido, ha ido al Ministerio Público
y a cuanta organización de derechos humanos y de mujeres
conoce.
Ha escrito más de un centenar de cartas, tantas que
las copias de las mismas ya no le caben en el gastado cartapacio
amarillo donde las guarda. Las ha dirigido a la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, a los consulados de Canadá,
México y Estados Unidos, ACNUR, Amnistía Internacional,
la ONU, la OEA, el Banco Mundial, la Comunidad Económica
Europea, UNICEF y tantas otras organizaciones.
El presidente de Guatemala; Rigoberta Menchú, Premio
Nobel de la Paz; el Procurador de Derechos Humanos, el arzobispo
y hasta el presidente de los Estados Unidos, George Bush,
han recibido cartas suyas clamando por justicia.
Ella misma se ha encargado desde hace tres años de
realizar las investigaciones en torno al asesinato de María.
Su caso es más que emblemático, al reflejar
la escasa voluntad del Ministerio Público en valorar
las pruebas que ella ha presentado.
Estas van desde un retrato hablado del hombre que supuestamente
se llevó a su hija (hecho por un compañero de
su trabajo en base a declaraciones de testigos) y la identificación
de un vehículo Mazda 323 año 2001 que apareció
la noche que asesinaron a María en el mismo sitio donde
el cadáver fue encontrado.
Rosa también obtuvo de una compañía de
teléfonos la lista de las últimas llamadas que
se hicieron desde el celular de su hija, previo al asesinato
y tres días después de que éste ocurrió.
A nada de lo que ha presentado, las autoridades le han seguido
las pistas. La escasez de respuestas ha hecho que sus fuerzas
comiencen a flaquear.
Ya estoy cansada de luchar contra la corriente,
dice esta mujer mientras abraza uno de los últimos
retratos de María.
Rosa está segura de que en el caso de su hija hace
falta voluntad para dar con los hechores. Las autoridades
miran la muerte de una mujer como cualquier cosa, y si uno
es pobre, menos que investigan, dice Rosa.
No sabía qué era llorar tanto
Desde la muerte de María Isabel, su primogénita
y única hija mujer, la vida de Rosa ha sido un calvario,
no sólo porque no ha sido escuchada, sino además
porque hasta ahora no se tiene ni un indicio de lo que le
pasó a su hija.
Desde que murió visto de negro porque así
está mi corazón, dice esta mujer que ya
sufrió un infarto y que hasta el día de hoy
aún tiene pesadillas.
 |
| Doña
Rosa viste de negro desde la muerte de su hija. Así
está mi corazón , dice. |
Me
viene a la mente la imagen de María Isabel sufriendo.
Yo misma la reconocí en la morgue y no puedo dejar
de pensar todo lo que sufrió sin que yo pudiera estar
ahí para salvarla, expresa con la voz entrecortada.
Yo no sabía qué era llorar tanto. Hace
dos años murió mi hermano y lloré, pero
no sabía qué era este dolor. No se compara con
nada, añade y oculta su rostro entre los papeles
que muestran toda su investigación.
Ese dolor es lo que la impulsa a seguir buscando donde sea.
A pesar de los pocos resultados, su lucha comienza a dar frutos,
la relatora especial de la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos, la peruana Susana Villarán, que
visitó Guatemala en septiembre pasado no sólo
escuchó de su caso, sino que además le prometió
resultados en poco tiempo.
La relatora me dijo que ya le dieron un plazo de tres
meses al Estado para que les informe a ellos sobre el caso
y se investigue y responda, explica Rosa, a quien le
sobreviven dos hijos varones, Leonel, de 17 años, y
José, de 13.
De lo contrario, el Estado deberá indemnizarla por
una suma no determinada, pero ella no quiere el dinero, dice,
sino a los culpables del asesinato en la cárcel.
Yo he luchado aún sintiéndome defraudada.
Cómo es que posible que no logre justicia para mi propia
hija. Tengo que lograrlo, sólo así voy a estar
en paz, dice convencida.
Las
autoridades miran la muerte de una mujer como cualquier cosa,
y si uno es pobre, menos que investigan, dice Rosa.
|