16 de enero de 2005

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Cada día en Guatemala mueren dos mujeres y lo más alarmante es que tres de cada diez presentan señales de torturas y de violación sexual.
Alcanzar a entender el porqué de estos asesinatos es semejante a tratar de desenredar una enorme madeja de la que no se tiene un hilo de donde comenzar a halar. No sólo porque no existe información clara sobre lo que está ocurriendo, sino además porque nadie tiene respuestas.
Lo que hay en abundancia son señalamientos de organismos de mujeres y de derechos humanos y de la policía. Todos se acusan unos a otros de fomentar la impunidad y hasta de participación en los hechos. Si bien hay pruebas de la participación de policías en los crímenes y escasa investigación, tras las muertes hay cientos de familias que lloran a sus hijas o esposas y que no encuentran respuestas.
Del porqué de este trabajo, personalmente hace unos cuatro meses comencé a leer notas que llegaban desde ese hermano país. De repente me vi inmersa en una investigación de la cual ha salido esta serie de reportajes que hoy llegan a sus manos.
Al hacer este trabajo realicé la entrevista más difícil de mi carrera con una mamá que perdió a su hija y que no paraba de llorar. Por supuesto lloré con ella.
Al intentar desenredar esta madeja, y hacer más de una docena de entrevistas, creo que sólo conseguí enredarla más.
Sin embargo, este trabajo pretende acercarse lo más posible a lo que sucede en ese país y que refleja hechos a los que no podemos ser indiferentes, sobre todo hoy que los alarmantes índices de violencia en Guatemala parecen tocarnos más que nunca antes.



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