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15
de mayo de 2005

Un
nuevo proyecto turístico ha transformado la vida de
una familia en Berlín, Usulután. Ellos han abierto
las puertas de su casa y han dejado que los visitantes se
adentren en sus recuerdos.
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Algunas
veces la vida cambia, y cambia sin saber por qué, o
por qué cambia no se sabe..., comenta Ramón
Rivera al hablar de la metamorfosis que ha experimentado su
vida, su casa, el relicario que hace décadas fue forjado
por su padre.
Un día, la familia Rivera se encontró sin el
patrimonio que por años los había identificado
en Berlín, Usulután.
Se hallaron sin ganado, sin la siembra de cereales, sin el
cultivo de frutales y sin el dulce de tapa que
se hacía en sus moliendas.
Les quedaba la finca Miramar y una casona de pueblo,
esta última de inmensas paredes, numerosos salones
y adornada con cada detalle antiguo, como los aparejos que
se colocaban sobre las mulas, los cántaros donde se
llevaba la mantequilla y los peroles donde se hervía
la miel de caña.
También estaba la maquina Singer que perteneció
a la abuela, un piano que fue comprado en 1926, una máquina
de escribir que data de 1929, una refrigeradora de más
de ochenta años, un reloj antiguo que el padre, médico
de profesión, mantenía colgado en la sala de
espera...
Entonces abrieron las puertas de sus recuerdos y decidieron
llamar a ese recinto La casa mía. Un hostal
donde los turistas, explica Ramón Rivera, suelen setirse
como en casa, en ambiente de hogar.
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El sitio
no ha dejado de ser la casa de la estirpe Rivera, esa que
el padre construyó a inicios de la década de
los treinta, según los recuerdos de Socorro, la otra
descendiente de esta familia.
Las cinco salas de estar siguen siendo familiares, las fotografías
de los antecesores están colgadas de las paredas y
los retratos de las nuevas generaciones, los hijos de Ramón
y Socorro, aún se exhiben en algún estante de
la casa.
Los visitantes toman el almuerzo en los dos comedores donde,
a veces, también lo hacen los de la casa; el olor de
la comida casera los asalta cuando caminan por los jardines
y duermen en las habitaciones donde un día lo hacía
la familia.
Nada ha cambiado para recibir a los foráneos; quizás
el rótulo que se ha colocado en la entrada principal
para anunciar el nuevo proyecto turístico, y la vida
de quienes siguen habitando la casa, que ya no es igual.
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| Mi
amor, ¿qué va a llevar? y
venga corazón son frases que dicen
a menudo las comerciantes. |
Cambio
de vida
Socorro, una señora parlanchina de 93 años;
Ramón y su esposa Norma siguen viviendo en La
casa mía. A veces también los visitan
los hijos y los nietos.
La única diferencia es que abrieron su corazón
a una nueva vida. Ha dejado de ser privada, porque
ahora tenemos las puertas abiertas de par en par,
comenta Ramón.
Que cómo han asumido esa nueva etapa. Pues aunque
no se puede negar que la privacidad se ha perdido un poquito,
se sienten felices al entregar sus recuerdos para que
otros los disfruten, pues un corazón sin recuerdos
es un corazón solitario, cree Ramón.
Los turistas conocen datos históricos y curiosos
de la familia. Cada una de las habitaciones está
rotulada con sobrenombres extraños como Pájara
pinta, Coneja risueña, Nube
gris, Halcón soñador,
Gallina dorada y Toro sentado.
Años antes, Ramón había bautizado
con esos sobrenombres a a sus hijos y a su esposa, que
según él, corresponden a indios norteamericanos,
de los que él se siente admirador.
En algún momento de la estancia, los turistas se
encuentran con la Cotorra ligera, sobrenombre
que Ramón dio a Socorro. Ella es imparable cuando
habla de su Berlín de antaño y de cómo
su padre emigró de Alegría a Berlín
en 1923.
Ahora ella está presente cuando la familia hace
planes sobre el nuevo proyecto turístico, que ya
es visitado por salvadoreños y alguno que otro
extranjero. Como la japonesa que hace una investigación
en la zona y ha escogido La casa mía
para hospedarse.
Ellos hacen un ofrecimiento. La quietud del pueblo, el
canto de los pájaros al amanecer, un ambiente familiar
en la casa y caminatas a la hacienda Miramar,
desde donde se observa la Bahía de Jiquilisco. |
Para
contactarlos
Si usted quiere visitar La
casa mía puede contactarse con la agencia
Amazingtour al teléfono 2219-3312, o hacer reservaciones
con Norma de Rivera al 2663-2027. |
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