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14
de agosto de 2005

Más
de 500 jóvenes han removido la tinta de sus pieles
en la clínica Adiós, tatuajes. Lo
han hecho porque quieren un trabajo, porque ahora saben que
la sociedad asocia sus
manchas con un estílo violento de vida.
Sus vidas se han desenvuelto en sitios distintos, pero hay
un punto en el que sus historias comienzan a parecerse, a
ser terribles y peligrosas (como lo consideran
ellos ahora). Y más aún cuando decidieron huir
de las maras y entendieron que los dibujos adheridos en sus
pieles no son más que una locura.
Son cuatro casos, y los tres pasan por un proceso de eliminación
de sus marcas en la clínica Adiós, tatuajes,
un proyecto de la Fundación Carisma que da una segunda
oportunidad a jóvenes y adultos que al tener tatuado
su cuerpo se han sentido, más de una vez, rechazados
por la sociedad.
Roberto, de 24 años, es originario de Ahuachapán
y tiene su cuello y su frente vendado con gasas.
De esas partes de su cuerpo se está eliminando el alambre
de púas, una telaraña y las letras MS que se
hizo un día, cuando su onda era vivir y
sufrir por las maras.
En la clínica se ha encontrado y hasta ha entablado
amistad con José, de 26 años, un chico sonsonateco
que a los 16, luego de ingresar a una pandilla, se hizo su
primer dibujo en el brazo. Primero fueron nombrecitos de novias,
después se convirtió para él en una manía.
Igual describe Ernesto, de 21, su adicción por los
tatuajes. Llegó a tener 39 y hasta el eighteen
(18) en letras góticas, luego de experimentar con dibujitos
de payasos y de mujeres.
Cada semana me hacía uno nuevo, recuerda
este joven residente en una colonia capitalina.
Por la tarde, Mayra, de 26, llega desde Soyapango para continuar
con su tratamiento.
Su espalda, sus brazos y hasta las manos evidencian los malos
pasos que anduvo en su adolescencia, cuando no
pensaba y hacía locuras. Ah,
¿cómo quisiera retroceder el tiempo?,
refiere mientras espera su turno.
Ellos forman parte de un contingente de más de 500
jóvenes y adultos que se han acercado a la clínica
desde que fue inaugurada el 16 de marzo de este año,
muchos de ellos para decir adiós a su pasado en las
maras.
También hay amas de casa, estudiantes, padres de familia,
integrantes de la Policía Nacional Civil; gente que
jamás se ha cruzado por una pandilla, que se los hicieron
por afición y ahora han descubierto que los empleadores
no quieren saber nada de trabajadores con tatuajes.
Muchos han sido agredidos, y otros saben que una marca
de ésas en estos días puede significar la diferencia
entre la vida y la muerte, señala el doctor Manuel
Morales, encargado del proyecto y además el gestor
junto al padre Jesús Riba.
Cansados del estigma
Durante las mañanas, en las sillas de espera se sientan
los pacientes que acuden a curación, la mayoría
con vendas en los brazos, las manos, el cuello y hasta el
rostro. Por la tarde se ven quienes llegan para hacerse la
primera remoción o continuar con el tratamiento de
aplicaciones (muchos tatuajes requieren más de una).
Y allí sentados, intercambiando pláticas con
ellos, se descubre la razón que los ha llevado a tomar
la decisión de quitárselos. Una joven que aprieta
una mochila sobre sus piernas se lo está removiendo
porque no quiere poner en peligro su trabajo como auxiliar
de enfermería en un hogar presidido por monjas.
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He buscado trabajo,
y me han dicho que no
porque puedo encontrar
problemas. Mi proyecto es quitármelos y
darle un mejor futuro a mi hijo.
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Otro chico,
de 19 años, no pudo renovar su licencia de armas para
seguir trabajando como agente de seguridad privada porque
en sus brazos hay trazos de tinta. Además está
cansado de que todos lo estigmaticen por esa misma razón.
El doctor Morales cree que el proceso de remoción puede
resultar incómodo y doloroso, pero el cambio síquico
y la reinserción social que logran lo minimiza. Es
para ellos como una luz en la oscuridad, como ofrecerles un
mejor futuro, dice.
Mayra sabe que la gente la discrimina por todos lados. Si
me subo al bus y las personas se fijan en mis tatuajes, entonces
esconden o aprietan la cartera, señala. Ellos
no comprenden que podemos salir de las maras y reformar nuestras
vidas, agrega.
Algunos jóvenes, como Ernesto y José, no sólo
quieren encontrar un trabajo. El cariño de sus hijos
y el de sus esposas también los ha llevado a la clínica
Adiós, tatuajes. Quiero darle un
mejor futuro a mi hijo, verlo sano y feliz, comenta
Ernesto.
José no piensa dejarse una sola señal de tinta
en el cuerpo. De los 15 tatuajes prefiere las cicatrices a
que sus hijos crezcan y lo vean un día con el cuerpo
manchado. Primeramente Dios no quiero volver a saber
nada de esto, refiere.
Su amigo Roberto dice lo mismo. ¿Volvería a
tatuarse? Ni que estuviera loco. ¿Y a las
maras? Peor a esa rutina de la calle, de la cárcel,
de maltratos, de drogas, de asaltos.... Cuando decidió
cambiar su rumbo estaba sumido en una depresión, y
ahora espera un mejor porvenir junto a su esposa y a su hijo.
Los cuatro, Mayra, Ernesto, José y Roberto, saben que
por haberse salido de las pandillas y por estarse eliminando
los tatuajes sus vidas se encuentran amenazadas. Una vez les
hicieron saber que estas dos acciones se pagan con el precio
de la muerte.
¿Saben que corren pelígro? Sí, sólo
Dios sabe por qué hasta este momento no nos han hecho
nada. ¿Tienen miedo? Sí, eso nos aflige, pero
todos tenemos la oportunidad de un cambio. Y en ese nuevo
rumbo que ellos están tomando han decidido darle el
adiós a los tatuajes.
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¿Quiere
eliminarse un tatuaje?
- Antes de remover un tatuaje, el personal médico de
la clínica Adiós, tatuajes solicita
la inscripción de los pacientes, quienes tienen que
presentar el DUI y la solvencia de la PNC. Además deben
recibir una orientación donde se les habla del proceso,
del tratamiento y de los cuidados que deben tener luego de
las aplicaciones.
- El costo para removerse un tatuaje es de $10, y por cada
curación los pacientes deben cancelar $0.60 (a veces
se reciben hasta tres sesiones para curación).
- La clínica Adiós, tatuajes se
sitúa en la 79ª Avenida Sur y Calle Padres Aguilar,
Parroquia Corazón de María, colonia Escalón,
teléfono 2263-0638.
Proyecto
regional
- El programa Adiós, tatuajes lleva cinco
meses de funcionamiento en El Salvador. Al principio, el doctor
Manuel Morales y el padre Jesús Riba querían
eliminar tatuajes a los adictos que ingresaban a los hogares
Crea María Auxiliadora, pero después consideraron
útil abrirlo a toda la población.
- El doctor Morales se contactó con el padre David
Labuda, de la congregación Mariknol, en Honduras. En
el 2000 este religioso fue el promotor del programa Adiós,
tatuajes, y hasta el momento se han instalado cinco
clínicas en ese país y otras más en Guatemala,
Nicaragua y Panamá.
- Personal médico de la iniciativa en El Salvador fue
capacitado en Honduras para el uso del equipo llamado fotocoagulador
de rayos infrarrojos. De hecho, con el permiso del padre Labuda,
la clínica adoptó el mismo nombre.
- En 1999, George W. Bush, gobernador de Texas en ese momento,
aprobó la creación de un programa de remoción
de tatuajes, pues se creía que estas marcas estigmatizaban
y limitaban las oportunidades de empleo de los jóvenes.
Edades
y sexo
- El Programa Integral de Remoción de Tatuajes del
Consejo Nacional de Seguridad Pública (CNSP), en coordinación
con Fundasalva, atiende por el momento a 330 jóvenes
que pasan por el proceso de eliminación.
- De los pacientes atendidos, el 81% es hombre y el 19%, del
sexo femenino. El 59% tiene edades entre 26 y 35 años,
mientras que el 30% tiene entre 18 y 25.
- De los casos atendidos, explica la sicóloga del programa,
Carmen Guevara, el 54% no ha pertenecido a maras, frente a
un 46% que sí ha estado involucrado.
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