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13 de noviembre
2005
Megaciudades se vacían
Pese a sus millones de habitantes, metrópolis como
Río de Janeiro y Sao Paulo perdieron densidad poblacional
y calidad de vida.
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| Río
de Janeiro. Es una de las megaciudades que tienen una
declinante densidad de población. |
Cuesta
creer que metrópolis brasileñas como Río
de Janeiro y Sao Paulo, con millones de habitantes y calles
congestionadas por los vehículos, tengan una declinante
densidad de población, que agrava sus problemas y dificulta
las soluciones.
Pero eso es lo que aseguran urbanistas preocupados en invertir
una tendencia poblacional centrífuga que acumula desequilibrios,
contaminación, violencia e irracionalidades en las
grandes ciudades brasileñas.
La meridional Río de Janeiro es un caso grave de pérdida
de densidad de población desde 1960, lo que amenaza
la sustentabilidad urbana, por el deterioro de los servicios
y la calidad de vida, según Sergio Magalhaes, arquitecto
que ejerció importantes funciones en la alcaldía
local y es conocido por haber impulsado en los años
90 el programa favela-barrio, para urbanizar esos asentamientos
precarios.
En el periodo de 75 años terminado en 1955, la entonces
capital de Brasil expandió su área urbana seis
veces, pero sus habitantes se multiplicaron por diez, llegando
a tres millones. Desde los años 60, sin embargo, la
mancha ocupada por la ciudad creció más del
triple, pero la población no alcanzó a duplicarse.
El vaciamiento de Río, que ahora tiene
seis millones de habitantes, se debió a un conjunto
de factores, empezando por los vehículos sobre ruedas
y una ley de 1942 que fomentó la construcción
de la casa propia familiar, donde antes predominaban
viviendas de alquiler, observó Magalhaes a Tierramérica.
Sin crédito para construir en áreas urbanizadas
y caras, la población se fue alejando del centro. Las
familias, cada día menos numerosas pero ocupando la
misma residencia, y la doctrina de la ciudad extendida también
contribuyeron a reducir la densidad.
La expansión hacia el oeste, lejos de la bella Bahía
de Guanabara en torno a la cual se había estructurado
la ciudad y la región metropolitana, encareció
la infraestructura y los servicios públicos (pavimentación,
transporte, agua y saneamiento, electricidad y redes telefónicas),
justamente cuando Río perdía su pujanza económica
a manos de Sao Paulo, y su condición de capital nacional,
con la fundación de Brasilia en 1960.
En esas condiciones se volvió imposible mantener la
oferta de equipamiento y servicios urbanos para todos, según
el arquitecto y urbanista.
La sureña Sao Paulo tuvo una mayor densidad poblacional
en la década de 1930, cuando contaba con un centro
bien definido y estructurado, alrededor del cual se concentraba
la población.
En las dos décadas siguientes ocurrió una fuerte
dispersión, ante la transición del transporte
por trenes y tranvías a los automóviles y autobuses,
dijo a Tierramérica el urbanista del no gubernamental
Instituto Polis, Renato Cymbalista.
La posibilidad de desplazarse a cualquier lugar lejano
en vehículos sobre neumáticos hizo viable la
marcha hacia la periferia, en busca de tierras más
baratas para construir. Esa opción por el modelo
de ciudad pavimentada y el empobrecimiento de la población
son los dos principales factores de la dispersión urbana,
según el experto.
El resultado es una ciudad de 10,8 millones de habitantes
desequilibrada, con mayor concentración
humana donde hay menos empleo y menos escuelas, hospitales
y centros de salud, lo que amplía la desigualdad social
y la necesidad de transporte de larga distancia, acotó.
La solución es aplicar el Estatuto de la Ciudad e impulsar
el transporte colectivo, por tren subterráneo y autobuses
en calles exclusivas, opinó el urbanista. El Estatuto,
aprobado en 2001, estimula la planificación con participación
popular y la recuperación de la densidad urbana a través
de medidas que gravan los terrenos ociosos, impiden la expansión
sin infraestructura y permiten imponer la edificación
compulsiva.
En Río de Janeiro, el desplazamiento de una parte de
la clase media en ascenso hacia Barra da Tijuca, un barrio
playero del oeste, preocupa a Magalhaes. Además de
vaciar la ciudad, forma parte de un movimiento para descalificar
el núcleo histórico y sus símbolos, amenazando
la identidad urbana, con la pretensión de constituir
un nuevo centro.
La Barra se construyó en las tres últimas décadas
siguiendo la doctrina urbanística del modernismo, de
rechazo a las viejas ciudades, en favor de nuevas con edificios
altos y aislados que preservan el paisaje del aire agreste.
No por casualidad su plan inicial fue de Lúcio Costa
(1902-1998), el urbanista que diseñó Brasilia.
El mito a destruir es que el nuevo barrio sea
el futuro de la ciudad, sentenció Magalhaes,
porque se trata de un movimiento perverso, que
favorece a una minoría que atrae el grueso de las inversiones
públicas y privadas en detrimento de la zona norte,
donde vive la mayoría de la población pobre.
Río es una metrópolis amenazada porque perdió
peso económico y dejó de ser capital. Para salvarse,
debe recuperar calidad de vida y democratizarse,
ampliando la infraestructura y el crédito habitacional,
sostuvo Magalhaes.
El autor es corresponsal de Inter Press Service (IPS)
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