13 de febrero de 2005

El fuego y la fiebre indigenista que siempre ha morado en su estirpe ha sido una corriente que se ha transportado al lienzo.

Enrique S. Castro
Fotos: Arely Umanzor

“El mensaje”.

La pintura de Julio Hernández Alemán no es simplemente un estallido de colores o un efecto de luces, como establece el Impresionismo. Eso y mucho más: la técnica y la composición de formas totalmente emancipadas. Y es porque este artista es consciente de que esas formas son una parte del espacio que le dan integridad y unidad total a toda la obra.

La unidad plástica que comporta formas de origen natural, ya sea la figura humana o los elementos de la realidad cotidiana, en colores o en contrastes, es una tarea esencial en el quehacer de este pintor de años, de renovado espíritu y de una fe inquebrantable en los valores humanos.

Los colores y los claroscuros que se repiten incesantemente, como en su cuadro “Los feligreses en la iglesia”, no hacen más que darle fuerza y equilibrio a su trabajo pictórico. Lo mismo los tonos que, sin ser numerosos, son poderosos y rigurosamente uniformes, mates (luminosos) o brillantes (profundos).

En el dilatado quehacer de este artista, el drama y el triunfo han consistido en lograr lo imposible: convertir siempre el espacio plástico en lugar de formas y colores; en dar más con menos.

Mostrar en el lienzo el poder del color y de la forma, la unidad de todos los elementos que concurren en una pintura. Y es que Hernández Alemán, al dominar la técnica que para mí viene de la emoción, ha logrado acceso a dimensiones superiores.

La composición pura no podía nacer sino mediante préstamos provisorios al espacio real, préstamos que han permitido a sus formas indígenas adquirir expresiones de gran belleza e impacto visual.

El pintor Julio Hernández junto al cuadro

Sus cuadros no son simples objetos, figuras o naturaleza muerta, sino que conllevan una composición pura, una técnica depurada y la emoción misma por su resplandeciente belleza.

Esa fortaleza que muestra la pintura de los mexicanos Orozco, Rivera y Siqueiros, y que produce una especie de éxtasis al contemplarla y empezar a desmenuzar cada detalle, no sólo los murales donde estallan los colores y se expande la vitalidad artística, sino los lienzos donde se sitúan las formas y los colores.

En su obra, la forma sólo existe diferenciada por una cualidad de color, así como éste sólo existe delimitado por una forma. El trazo, que no tiene sino una dimensión, es una ficción. El pintor que no respeta estos valores jamás podrá trascender ni mucho menos graduarse de artista.

El universo viviente

La técnica es necesaria en la realización de un cuadro. Hay muchos de belleza y colorido que no respetan la composición y que, incluso, logran la aceptación de muchos entendidos y, desde luego, de los coleccionistas. En la obra de Hernández Alemán se conjugan todos esos elementos y por ello es duradera.

Cada cuadro suyo es un universo viviente, una realidad contrastante, realzado por un juego armonioso de colores y, por supuesto, acompañado de un dibujo pleno. La deformación de los rasgos humanos y hasta de la misma naturaleza, como esas raíces que como garras se prenden a la tierra, que da a sus cuadros esa parte de la tónica de sus obras que condensan hondos sentimientos, profunda reflexión e investigación.

Si bien es cierto que el trabajo pictórico de Hernández Alemán es constante, ahora requiere de mayor tiempo y meditación. Hace algunos años, los proyectos venían luego de un estudio consciente de la realidad cotidiana, de largos recorridos por los pueblos indígenas de Centroamérica y del impacto del mestizaje.

Eso no lo ha perdido; sólo que en el presente, las figuras que su retina atrapó en el tiempo permanecen en su alacena mental, y salen metódicamente para insertarse en el espacio vital del lienzo.

Los años no transcurren en balde, pero Julio ha aprovechado su experiencia y la solidez de sus conocimientos pictóricos para arribar a una última etapa de su obra colmada ya de suficientes presagios y metas cumplidas.

Y es que esa su última etapa se define por la “modificación” porcentual de sus cuadros, la necesidad de atormentar la coloración que, por lo demás, revela un dominio total del dibujo, de la figura humana, que no es exclusivo, desde luego, de la plástica nacional o latinoamericana, pero sí revelador de la vigencia de grandes muralistas y pintores como Orozco, Rivera, Siqueiros, Tamayo, Guayasamín, Botero, Toledo, Morales y otros que en su momento encendieron de luces, espacios y colores sus históricas creaciones.

Hernández Alemán, fiel a su identidad, con una madurez plena y en el marco de nuestra nacionalidad, también ha seguido esos pasos y superado con creces la intensidad y el indigenismo natural de sus obras.

 



1995 - 2005. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.

elsalvador.com