11 de septiembre de 2005

Los iraníes, hambrientos del contacto con extranjeros, acogen al turista con una amabilidad que de inmediato se torna familiar.

María Luz Climent Mascarell
DPA

Hablemos


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Son pocas las imágenes positivas que llegan a occidente de este olvidado país de Oriente Medio. Mujeres tapadas como bultos con un chador (capa negra con la que cubren todo su cuerpo, que apenas deja un espacio libre para su rostro) u hombres de espesa barba morena que mantienen en público las distancias con personas del otro sexo.

Pero sobre todo, en el imaginario sigue planeando la mirada severa y la cara de pocos amigos del gran líder religioso, el ayatolá Jomeini, que ya lleva muerto 16 años, aunque su legado sigue reivindicándose por algunos.

La imagen de estricto cumplimiento de las disposiciones religiosas sigue asociando Irán con la intolerancia, país cuya población nada tiene que ver con esta cascada de negativos clichés y que, en la actualidad, es una de las naciones de Oriente Medio más seguras para el viajero occidental.

Una nota positiva (para el extranjero) de este Estado teocrático, que constituye una verdadera joya para gente con ganas explorar territorios ajenos al turismo convencional, es que no existe la violencia sectaria, a diferencia de lo que ocurre en casi todos varios países de la región.

Además, los iraníes, hambrientos del contacto con extranjeros, acogen al turista con una amabilidad que de inmediato se torna familiar. Rara es la ocasión en la que incluso no le abren las puertas de su casa para compartir una comida o un sencillo té, la bebida por excelencia del país.

Flores en el desierto

Sorprende además que Irán sea el país de las flores y la poesía. Resulta curioso cómo esta nación, en gran parte desértica, rinde verdadero culto a la flor.

En uno de los pocos lugares públicos de entretenimiento de Irán, las Chai jané (teterías), apenas suele haber un lugar para las mujeres.

A la llegada al aeropuerto internacional de Teherán, lo primero que salta a la vista no es la indumentaria de las mujeres, sino que casi todo el mundo espera a la persona que va a recibir con un ramo de flores y, a la salida de la terminal, hay un gran kiosco de flores. En la capital resulta fácil encontrar floristerías que abren las 24 horas del día.

Además de su pasión por las flores, los iraníes destacan por su amor a la poesía, un género literario que ya era considerado un arte floreciente en el siglo IX. Los cuatro grandes poetas nacionales Ferdosi (s. X), Omar Jayyam (1047-1123), Saadi (1207-1291) y Hafez (s. XIV) son considerados como héroes nacionales y sus mausoleos son lugares muy visitados.

El mausoleo de Hafez, por ejemplo, está situado en Shiraz. Allí acude mucha gente de todas las edades a tomar un té, leer poesía o sencillamente a dar un paseo por la zona ajardinada que rodea la tumba del poeta.

“Hombres de religión”

Uno de los aspectos que gravita y define actualmente Irán es el islam, sobre todo desde que hace un cuarto de siglo el gran ayatolá Jomeini encabezase una revolución para acabar con las desigualdades y la corrupción que se vivía con el último sha de Persia, Reza Palevi, y abrazar lo que los clérigos definieron como valores tradicionales persas fundamentados en el chiismo, la rama del Islam que impera en el país desde hace cinco siglos.

El chiismo, que según las estadísticas oficiales comparte el 90 por ciento de los más de 65 millones de iraníes, considera que su comunidad de creyentes sólo puede ser dirigida por un descendiente del profeta Mahoma que, como autoridad religiosa, deberá continuar su misión profética. De este modo, estima necesaria la presencia de “hombres de religión” (clérigos) en la vida política que controlan e influyen en la vida pública en base a los textos religiosos.

Esta es la razón por la que ex presidente Mohammad Jatami apenas ha conseguido imponer las reformas prometidas y que esperanzaron a los iraníes deseosos de un cambio hace ocho años, ya que la última palabra la tiene el ayatolá Ali Jamenei, y su cohorte de clérigos conservadores del Consejo de Guardianes, que están provocando un gran cisma en la sociedad actual.

“Los reformistas no pueden hacer nada. Tienen las manos atadas por los conservadores”, afirma Shermila sin tapujos en uno de los pocos cafés de Teherán donde se ha acondicionado bien una sala para mujeres.

Ella es azafata y quiere entrar a trabajar en una línea aérea extranjera y marcharse a vivir fuera del país, aspiración que se ha convertido en meta de vida para miles de compatriotas, hartos, principalmente, de las presiones y convenciones sociales.

Son precisamente esas disposiciones las que hacen que la sociedad iraní muestre dos caras, ya que la puerta del hogar divide dos mundos. Dentro se puede hacer todo lo que se les prohíbe fuera, como escuchar música occidental o beber alcohol.

Ellas, por su parte, pueden lucir un escote o una minifalda o liberar el cabello del tedioso pañuelo. Pero en la calle las normas se acatan.

Hombres adelante, mujeres atrás

Presentadora de los informativos del canal estatal iraní.

Los iraníes lucharon contra las desigualdades bajo el régimen del Shah, pero ahora, aunque no son fácilmente detectables a primera vista, esas contradicciones sociales sí se reflejan en diferentes ámbitos, si bien es cierto que la pobreza se da unos niveles inferiores a los de países vecinos. Apenas se ve miseria en las calles de Teherán, aunque sí es posible ver a mucha gente humilde.

Con la revolución (1979), muchas mujeres decidieron enfundarse el chador para ser tratadas de igual. Entonces las autoridades religiosas intentaron imponer los valores de la maternidad y alentaron la presencia de la mujer en el hogar.

En la vida pública se separaron los sexos y, de este modo, en el transporte público los hombres se sientan en la parte delantera y las mujeres en la parte trasera de un bus. Utilizan diferentes puertas de acceso en los edificios públicos y las mujeres necesitan en muchos trámites la compañía o el permiso de un familiar varón.

Las mujeres prácticamente están desterradas de la vida social y en uno de los pocos lugares públicos de entretenimiento, las Chai jané (teterías), apenas suele haber un lugar para ellas y, de haberlo, suele estar en la mayoría de las ocasiones peor acondicionado.

Mujeres tapadas como bultos con un chador pasean por las calles de Teherán.

Con la revolución aumentó la alfabetización y hasta las familias más tradicionales permitieron a sus hijas cursar estudios secundarios y hoy constituyen la mitad de los matriculados en las universidades.

Por ello, la verdadera “revolución” en Irán la están llevando a cabo silenciosamente las mujeres. Así, el chador esconde una realidad totalmente diferente a la imagen de mujer sumisa. Existe una gran cantidad de mujeres que trabajan y lo que han conseguido en los últimos 10 años es formidable, sobre todo teniendo en cuenta la gran cantidad de obstáculos que han tenido que superar por su género.

En las grandes ciudades, como la capitalina Teherán (donde viven unos 12 millones de habitantes) o Shiraz (la segunda ciudad más grande del país), aunque jamás se ve a una mujer con su cabeza descubierta, son muchas las que desafían las normas colocando el pañuelo de manera que se pueda ver parte del pelo, así como cubriendo el rostro con un maquillaje exhaustivo.

Muchas han aparcado el chador negro y lucen vistosos pañuelos de colores y en vez de cubrirse una prenda ancha que disimule las formas del cuerpo, las más atrevidas lucen una suerte de gabardina ceñidas por encima de la rodilla, que usualmente suele ser negra, pero también de otros colores oscuros.

Ansias de libertad

Los tiempos han cambiado, y también la realidad demográfica, ya que muchos de los jóvenes menores de 25 años, que constituyen más de la mitad de la población, nacieron cuando se forjó la revolución y han crecido con el código social estricto impuesto. Pero aunque guardan las formas, no pueden entender por qué tienen que seguirlo.

Sus ansias de libertad se evidencian en sus sueños de emigrar, sobre todo cuando a través de dos atractivas ventanas al mundo exterior (internet y de las numerosas antenas parabólicas) pueden ver otros estilos de vida.

Además, aunque el fervor religioso sigue ampliamente extendido, tampoco se sienten tan ligados a la fe como podrían desear las autoridades.

 

 

 


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