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10
de julio de 2005

Douglas
Sánchez es un salvadoreño que emigró
a Estados Unidos en busca de éxito y fortuna. Veinticinco
años después de aquel viaje comienza a saborear
lo que muchos llaman el sueño americano.
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Especialista en
comida gourmet, vinos y una enorme variedad de quesos
de distintas partes del mundo, Douglas Sánchez
ha visto en estos platillos y el servicio de banquetes
una oportunidad de experimentar el sueño
americano.
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En 1980,
miles de compatriotas, sobre todo hombres, abandonaron el
país huyendo de la guerra y de los reclutamientos forzosos.
Douglas Sánchez originario de San Salvador
estuvo entre quienes dejaron atrás familia y amigos,
para sobrevivir en un país que les era ajeno.
Sus padres, un locutor de radio y una ama de casa, lo enviaron
donde unos parientes en San Antonio Texas, al sur de Estados
Unidos, buscando protegerlo.
Ahora, 25 años más tarde, este salvadoreño,
propietario de una próspera empresa de servicio de
banquetes, reflexiona sobre aquella época.
Sentado en una de las salas del Departamento de Agricultura
de Texas, uno de sus muchos clientes, él asegura que
sus padres le salvaron la vida.
Cuando ellos me sacaron del país, yo era un muchacho
bien vago, no andaba en drogas ni nada, pero me gustaba la
calle y el país vivía una situación tan
difícil que quién sabe si habría sobrevivido,
dice.
Sin embargo, llegar a Estados Unidos, sin conocer ni el idioma
ni la gente y con escasos 16 años, tampoco fue fácil.
Se alojó donde unos tíos y comenzó a
estudiar bachillerato en una escuela pública, al mismo
tiempo obtuvo trabajo operando juegos mecánicos en
un parque de diversiones, empleo por el que recibía
$0.75 por hora.
Tanto se empeñó en salir adelante que rápido
cosechó éxitos; lo nombraron subgerente del
parque y le duplicaron el sueldo a menos de un año
de haber sido empleado.
Cuando a los 18 decidió renunciar para buscar una mejor
posición, su salario en el parque había subido
a $5 dólares por hora, mucho más de lo que muchos
jóvenes de su edad soñaban en aquella época.
Comenzó entonces a trabajar como empacador en HEB,
una de las cadenas de supermercados más grandes de
San Antonio, con 38 sucursales.
Dos meses más tarde y tras ascenderlo le permitieron
escoger el departamento donde trabajaría. Escogió
el de comida. ¿Por qué? Ni él mismo lo
sabe.
El gerente de la tienda me puso varias opciones y yo
dije que quería aprender algo nuevo, recuerda.
Douglas reconoce que no sabía nada de alimentos; sin
embargo, convencido de que era una buena oportunidad, se empeñó
en aprender todo lo necesario.
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La apertura
del café fracasó; sin embargo, aprendió
la experiencia y probó otro negocio.
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La
tienda estaba en una vecindad de personas que tenían
mucho dinero. Muchos europeos que pedían comida gourmet,
sobre todo quesos.
El gerente me dejó encargado de cumplir las demandas
y me empapé tanto del tema que llegué a ser
un experto, añade con orgullo.
En
busca del sueño
Durante quince años, Douglas laboró para la
cadena de supermercados hasta que un día decidió
renunciar convencido de que era el momento de cumplir su sueño
americano.
Yo me había hecho muchas promesas de jovencito,
que iba a comprar una casa y la compré a los 26 años,
y que iba a trabajar para mí sólo y también
lo conseguí..., dice y sus ojos brillan por el
orgullo alcanzado.
Había ahorrado por casi dos décadas y se sintió
preparado para abrir un negocio, donde vendía café
(de todo el mundo, incluso de El Salvador) y emparedados importados.
Lo traté de hacer al estilo europeo, un lugar
limpio y bonito, pero al estilo gourmet, y San
Antonio está acostumbrado a otras comidas. Fui sacando
la inversión, pero no tenía ganancias,
recuerda con desilusión.
Si bien aquella primera empresa fracasó, Douglas no
se dejó vencer y aquel primer negocio le abrió
las puertas para la próspera empresa de la que hoy
es propietario.
Mi
café estaba cerca de un centro médico y llegaban
clientes que me pedían platos de comida de jamones
o quesos, lasaña, etc.
Llegó un momento que estaba más ocupado en el
servicio de banquetes que atendiendo mis clientes, entonces
entendí que tenía que cambiar mi estrategia
de negocios, dice.
Y así
lo hizo; hoy no sólo ofrece servicio de banquetes y
comida gourmet para fiestas o eventos de empresas
privadas o estatales, también tiene contrato fijo con
varias instituciones como La Casa Misión de los
Metodistas, una escuela luterana de San Antonio, Volunteer
of America, que trabajan con muchachos adictos a las
drogas, y una fundación que atiende a niños
sordomudos, entre otras organizaciones que le garantizan ingresos
por un largo período.
Aunque él reconoce que por ahora el trabajo es excesivo,
no tiene horarios y le toca administrar el negocio, coordinar
a sus cuatro empleados y preparar los deliciosos platillos,
dice que todo esfuerzo vale la pena.
Sus ingresos no son millonarios (275,000 dólares durante
el 2004); sin embargo, está convencido de que con entusiasmo
y trabajo logrará saborear a futuro muchos más
éxitos.
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