10 de julio de 2005

Desde hace dos años, María Bertilia Menjívar de Pérez dirige el tráfico vehicular en una de las calles más concurridas de San Salvador. Para algunos, esta anciana está loca, pero para otros su actividad ayuda mucho.

Orsy Campos
Fotos: César Avilés
Hablemos@elsalvador.com
Doña Bertilia asegura que sólo un conductor de cada 30 no toma en cuenta las indicaciones de tránsito que da.

Convencida de que su labor beneficia a la comunidad, casi todos los días de la semana, doña María Bertilia Menjívar de Pérez, de 66 años, se aposta en una concurrida calle de San Salvador, para dirigir a los automovilistas y evitar que suceda un accidente de tránsito.

Con mucha confianza en sí misma, doña Tila, como es conocida, se coloca entre la 8ª Avenida Norte y la 11ª Calle Oriente, a inmediaciones de El Diario de Hoy, justo donde termina la cuesta que viene del barrio San Miguelito.

En ese lugar, que por cierto es peligroso para los automovilistas, doña Tila hace sonar su gorgorito mientras sus manos hacen la señal de pasar o detenerse, según sea el caso.

Ahí se ubica desde las 7:00 hasta las 8:30 a.m. orientando a los conductores que van de oriente a poniente, para que no choquen con los carros, buses o microbuses de las rutas 10 y 38 que vienen del norte hacia el sur.

De frente al sol, esta mujer de piel blanca termina requemada, pero satisfecha de haber ayudado al prójimo, aunque algunas personas la consideran loca, porque no conciben que una mujer de edad esté dirigiendo el tránsito.

“Me gusta ayudarle a toda la gente y no soy interesada; tengo ese espíritu de servicio sin interés”, menciona doña Tila.

Y es que ese deseo de orientar a los conductores de vehículos nació hace dos años, después de que ella presenciara un accidente de tránsito, justo donde ahora se coloca a dar vía. En esa ocasión chocó un carro con un microbús, y aunque nadie salió con heridas graves, eso la motivó para dar vía al día siguiente, y así evitar otro accidente.

Aunque su actividad no es permanente, procura hacerlo todas las mañanas durante los días de trabajo. Antes lo hacía también en la tarde, “pero no me gusta porque la gente que se queda en la parada de buses me dice que mejor me vaya a moler; me dicen cosas, que estoy loca”, menciona con desconcierto doña Tila.

Mujer muy trabajadora


En un principio, doña Tila comenzó su actividad sin el auxilio de un pito; lo hacía sólo con las manos, el esfuerzo era mayor. Pero varios días después, un panadero le regaló un silbato de plástico.
Ahora ella utiliza un gorgorito de metal, que dice haberle costado diez dólares.

Con mucha risa ella recuerda la vez que un carro se paró, a ella le extrañó, aunque no dejó de dar vía. No obstante, “el conductor del vehículo era un inspector de la policía, de apellido Peraza, y él pidió por radio que llegaran otros agentes de policía para que me quitaran de ahí, porque había una trabazón y a mí me echaba la culpa.

Cuando llegaron los otros policías hasta me rodearon, pero los desafié y les dije que si estaba infringiendo la ley que me llevaran presa... y aquí estoy”, menciona con una risa pícara.

Su familia, aunque no está de acuerdo con lo que hace no tiene más remedio que apoyarla.

Don Narciso Pérez Gutiérrez, quien ha sido su esposo por 32 años, dice: “Ella es muy servicial, pero ahí hay tanto peligro y posiblemente haya un accidente.

Hasta a ella le pueden culpar y meterla presa. Mire, si yo hasta he pasado ahí dándole cinco dólares enrollados y le digo vámonos, pero ella siempre vuelve. Se siente feliz, porque siempre ha sido servicial. Si llegó a ese lugar a dar vía fue por el servicio, no por la necesidad”, menciona don Narciso.

A pesar de eso, doña María menciona que a veces ha logrado recoger hasta 16 dólares de la gente que le da monedas. “Al principio tenía pena agarrarlos, pero ahora ya no. Hasta hubo una vez un señor que me regaló cinco dólares y me dijo: “Esto no es ayuda, es porque usted tiene espíritu de servicio”, afirma.


Siempre alegre, doña Tila es vista dando vía como si fuera un agente de tránsito; hace gritar su silbato con toda fuerza mientras sus manos se agitan con rapidez para que los carros pasen con seguridad.

Por la mañana es vista en ese afán, pero luego va al molino a moler maíz, lava y plancha ropa ajena.
Doña Tila asegura que seguirá con su labor hasta que Dios se lo permita; mientras tanto, ese silbato de metal seguirá alertando a los conductores, quienes con admiración ven a una mujer mayor con la energía de un agente de tránsito.


 



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