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6
de noviembre de 2005
Cuento
La palabra
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| Ilustración Eduardo
Calacin |
Uno suele
olvidar alguna palabra de vez en cuando. La tenemos en la
punta de la lengua como dicen y no la recordamos.
¿Cuál era? Me frustró la laguna mental,
aunque no era importante.
Mientras me esforzaba por recordarla continué con mi
trabajo. La había escuchado con insistencia minutos
antes, y sin embargo nada; mi memoria me había traicionado.
Seguí deslizando el cuchillo entre la carne, pero no
pude concentrarme en la faena por el olvido. Eso también,
porque me preocupaba aquello de la sarna en los puercos que
descubrió Arturo, el delegado de salud.
Me advirtió que cerraría la porqueriza si no
tomaba las medidas para eliminar el parásito, aun cuando
los análisis no eran concluyentes.
Era para que yo sucumbiera ante el pánico, pues había
invertido todos mis ahorros en este negocio. Cerrar significaba
la miseria.
Pero ocurre a veces que el raciocinio sucumbe ante la obsesión.
Solté el cuchillo, disgustado, y me senté en
el taburete tratando de recordar la maldita palabra. ¿Cómo
era que la había olvidado?
La sangre bajaba por las patas de la mesa de destace y goteaba
también desde los bordes. Ocurría además
que me había enfadado con Arturo, mi gran amigo de
la infancia.
Crecimos haciendo travesuras en el barrio y fuimos cómplices
en muchas pilladas, como la de quebrar los bombillos del almacén
de don Javier, ese español que imponía la moda
en el pueblo.
Arturo llegó con un papel de sanidad en la mano y me
dijo que mis cerdos estaban enfermos. Me enfureció
su forma de decirlo.
¿Cómo osaba dudar de mi porqueriza con un examen
que debía de confirmar? ¿Dónde quedaba
entonces la amistad de años? Estaba decidido a demostrar
que mi carne era tan buena como la del viejo Enrique.
Días antes había sospechado que ese anciano
me había contagiado con un semental que le compré
para ampliar mi granja.
Me llenaba de rabia meditar que yo tan inocente caí
en su trampa, cuando llegó aquella tarde para ofrecerme
el animal.
Yo nunca lo miré como una competencia. ¡Éramos
colegas! Además, las dos únicas porquerizas
en el lugar la suya y la mía no cubrían
la demanda de carne.
Pero, en fin, me levanté del taburete, terminé
de cortar y colgué la carne en los ganchos; estaba
seguro de que el ministerio me daría el aval... pero
la maldita palabra no lograba recordarla.
La obsesión, como dije, vence al raciocinio. ¡Mi
porqueriza no desaparecerá! había jurado,
pues dediqué mucho de mi esfuerzo en levantarla y meses
después, mi carne sobrepasaba en calidad a la del viejo
Enrique.
No podía cerrarla sólo porque a Arturo le enviaron
del ministerio un papel en el que decían que mi carne
era sospechosa.
Podría ser incluso una confusión; quizá
la muestra infectada no era la de mi granja, sino la de ese
viejo. Él mismo, con Arturo temí,
las habrían cambiado en complicidad. Un poco de plata
hace mover voluntades.
¡Ah!, ese Enrique era todo un zorro cuando se trataba
de dinero. No le importaba pasar sobre los demás, sobre
los débiles, para conseguir unas cuantas monedas.
Yo, al contrario, siempre lo traté con respeto, a pesar
de que en el fondo me chocaba su mezquindad; por eso era que
estaba seguro de que él me había contagiado
de esa peste sólo para sacarme del mercado. Y no fue
una obsesión superflua como ocurría con la palabra
que no lograba recordar.
¡No! Estuve en lo correcto cuando sospeché de
él. Pero ahora ya me sentía compensado, excepto
por aquello de la palabreja que me intrigaba. Le eché
un último vistazo a los tasajos que colgaban dentro
del cuarto frío y me fui a dormir.
A la mañana siguiente Arturo llegó temprano
con su impecable gabacha blanca y guantes de hule, y tomó
el trozo de carne que le ofrecí, para llevarlo al ministerio.
Una segunda prueba era necesaria si quería continuar
con el negocio. Yo le entregué uno de los mejores cortes
de la carne fresca del día anterior y sonreí
confiado, pues había hecho todo lo que estuvo a mi
alcance para subsanar el problema.
Sabía que pasaría la prueba... y de pronto,
de nuevo, se me vino la duda del día anterior: la palabra.
¿Por qué no la recordaba?
Arturo, intentando reconstruir la amistad que había
destruido con sus sospechas, me comentó que el viejo
Enrique no lo atendió esa mañana, cuando quiso
tomar la muestra de su carnicería. Que llamó
a la puerta con insistencia, pero nadie atendió.
Me dijo que el viejo a lo mejor sintió temor de que
su producto estuviese infectado y fingió no estar.
Y que le gritó desde la calle: ¡No tendré
piedad de usted, si su carne no pasa la prueba! Entonces la
recordé.
¡Piedad! Eso fue lo que gimió el viejo sobre
la mesa de destace.
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