6 de noviembre de 2005

Plástica
Historia narrada en la pintura

El movimiento de sus creaciones se expresa en el trabajo tan sugestivo de las líneas onduladas, suave pero continuo, como es flujo y reflujo de las olas en mares tranquilos.

Enriqeue S. Castro
DPA
Hablemos


El año 1955 fue decisivo para la carrera de Ernesto “San Avilés”. Había concluido cuatro años de estudio (1950-1954) en la academia del maestro Valero Lecha y sentía la necesidad de perfeccionar y avanzar en sus conocimientos de pintura.

Envió una carta al entonces presidente de la República, coronel Óscar Osorio, solicitándole una oportunidad para seguir estudios en Europa. El mandatario escuchó su petición y le otorgó una beca para la Real Academia de San Fernando, en Madrid, España.

Fueron un poco más de tres años (1956-1959) los que convivió en esa famosa escuela de pintura, para luego pasar a la Academia Julein de París y concluir en la Stamperia Dello Strato en Roma, Italia.

Un espíritu inquieto, aventurero, en el sentido menos estricto de la palabra, no podía estar conforme.

San Avilés quería llegar a la raíz de las más diversas técnicas pictóricas, conocer los aposentos, los nichos de las bellas artes en donde se nutrieron los grandes artistas de las escuelas gótica, del arte bizantino, los sabios del renacimiento, los flamencos, los románticos o los realistas. Madrid, París y Roma lo marcaron por siempre y esa impronta la llevaría en su corazón por el resto de su prodigiosa vida.

Las técnicas del carboncillo, lápiz de grafito, lápices de colores, pastel graso y seco, acuarela, plumilla, tinta china negra y aguada, dibujos iluminados en papel de color, bolígrafo, técnica mixta, pintura al huevo sobre tabla, lienzo, acrílico sobre cartón y lienzo fueron investigados y practicadas por este artista tan conocido en Europa y tan poco apreciado en El Salvador.

San Avilés también hizo estudios informales de grabado al agua fuerte y talle dulce en Alemania. La encáustica (pintura preparada con cera para preservar de la humedad la piedra o la madera), la pintura al temple y la geología relacionada con la composición de gemas y rocas para obtener ingredientes y conocer las técnicas utilizadas por los grandes pintores del Renacimiento, sobre todo en el temple y el fresco, tampoco escaparon a su curiosidad y a esa urgente necesidad de investigación tan característica y normal en los auténticos artistas.

Un amigo”, Así se titula esta obra de “San” Avilés.

Cuando ya la teoría del color, la composición, la profunda investigación de la mayoría de técnicas y temáticas estaban atesoradas en su alacena biológica, además de comprender que la experiencia de la vida es la mejor escuela para la comprensión del arte, Avilés se dispuso de manera metódica, planificada, a la más intensa aventura pictórica llevada a cabo jamás por un artista centroamericano.

Pintor realista


Los entendidos en política y materia económica afirman que la revolución industrial marcó el inicio del desarrollo acelerado de la humanidad.

La evolución fue tan dramática y violenta que los terrestres tardaron en asimilarlo. Surgieron las máquinas y se produjo el primer enfrentamiento con los seres humanos simplemente desplazados de tareas tan pesadas.

Era el supuesto periodo de la abundancia; pero también de esos males tan globalizados del desempleo, la miseria, la marginación. No sólo se modificó la estructura económica y las relaciones de trabajo, también se sintió el impacto en hábitos, creencias y actitudes. Hubo tensiones y enfrentamientos y de hecho se generó una nueva clase.

En el ámbito de las bellas artes, de las artes plásticas, la tesis romántica de libertad, sentimiento e imaginación ya no era aceptable para interpretar y concebir los agitados tiempos que vivió la vieja Europa de los años 30 del siglo XIX. Entonces surgió el realismo, un movimiento que se oponía a cualquier tipo de arte ideal y concentraba su atención en la vida, necesidades, sufrimientos, ambiciones de campesinos, trabajadores, hombres y mujeres comunes y corrientes.

Cuando San Avilés llegó por primera vez a París, “la Ciudad Luz”, 150 años más tarde, se encontró de lleno con todos esos postulados: más de un siglo transcurrido desde esa revolución industrial; pero todavía discutiéndose en los grandes convivios y tertulias intelectuales, como no podía ser de otra manera en el hogar de Víctor Hugo, Alejandro Dumas y toda esa sabiduría concentrada en los enciclopedistas. Y por supuesto de los grandes pintores como Eugene Delacroix, Ingres y los impresionistas.

Participó de grandes discusiones y fue comprendiendo como aquellas grandes épocas del Renacimiento, el gótico, el barroco, el romanticismo y otras importantes escuelas, no es que fueran superadas, pero estaban siendo cuestionadas por la influencia y la realidad de los nuevos tiempos.

Con sus conocimientos y la facilidad para adquirir más y novedosos recursos lingüísticos sintió la necesidad y una especie de “compromiso ineludible” del verdadero artista, de seguir cultivando las técnicas ya dominadas, pero superándose en temáticas como el abstraccionismo, el cientismo, el surrealismo, el hiperrealismo, el miniaturismo; además de adelantar cambios en escuelas tan históricas y clásicas como el Renacimiento.

El impacto causado en el artista por todos esos movimientos: la agitada política que se vivía en ese momento con los graves errores cometidos por la IV República francesa culminando con la salida de Argelia y la humillante derrota militar y política en Vietnam, hasta la histórica revuelta de mayo de 1968 que supuso el final de la era gaullista, estalló en ese proceso realista y cualitativo de su rigurosa obra.

Pinturas llenas de iconografía y un multifacético simbolismo.

Era el avance incontenible de las izquierdas. Así como en los agitados tiempos de los años 30 del siglo XIX, en la gran efervescencia que vivía la Francia de los 60 en el siglo XX, en el campo de la pintura, la tesis romántica de la libertad, sentimiento e imaginación, ya no era válida en San Avilés para interpretar esos caldeados tiempos.

Por eso su inclinación a la escuela del realismo, un movimiento opuesto a cualquier tipo de arte ideal, fuerte, agudizado y llevado hasta el extremo por las propias creencias e inclinaciones políticas e ideológicas de los artistas. El máximo exponente de esta corriente, Gustave Courbet (1819-1877), un rebelde sistemático, se opuso al romanticismo y proclamó que sólo el realismo era verdaderamente democrático. A él se le atribuye la famosa oración “Muéstreme un ángel y pintaré un cuadro religioso”.

Si bien Ernesto “San” Avilés, ingresó de lleno al realismo debemos mencionar los aportes precisos hechos valiéndose de una poderosa imaginación y de esa actitud tan clara que tenía de las corrientes filosóficas y de la misma evolución de la humanidad. No sólo se trata de ver sus pinturas colmadas de iconografía (no necesariamente religiosa), sino de un multifacético simbolismo, más universal que latinoamericano, como esa serie del suplicio de San Sebastián o de las vírgenes sin rostro, más cerca de la naturaleza humana que de una celestial eternidad muy ajena a sus creencias y postulados.

Estas figuras mencionadas, con excepción de las vírgenes, tienen ropajes muy simples, con ciertos pliegues, para fundamentar el valioso antecedente del preciso dibujante y consumado pintor. Sus figuras entonces tienen relieve y ocupan primeros planos, pero también espacio y profundidad y no necesariamente descansando sobre un terreno preconcebido.

Hay entonces más diferencias con los puritanos de la escuela del realismo y quizás más cerca del gran Giotto por esa apasionada entrega a la forma plástica.

Al igual que este pintor, italiano de la escuela toscaza, Avilés busca la forma plástica porque “le apasiona la estructura”. Debemos aclarar que en pintura la palabra estructura “tiene un significado metafórico” y, sin embargo, el efecto estructural es la apariencia de la construcción de la imagen.

En la serie de San Sebastián, más allá de la belleza estructural del cuerpo, del color suave tan puro y de la luz frontal, debe señalarse la composición y el simbolismo de las flechas, la manzana y la ausencia del dolor. El torso, la espalda, se abren más a la visión y a la imaginación del espectador.

La composición en esta serie, como en la de las vírgenes, adapta las figuras a una arquitectura exterior indicada por los planos y sin fondo aparente. Si se reflexiona y se observa detenidamente su obra, se comprenderá que su dibujo es la base de toda la composición, desde luego haciendo la aclaración que se trata de un trazo interior a la mejor manera del gran Giotto.

La obra de San Avilés ha sido muy discutida, tanto más que su persona; pero él conociendo sus grandes valores pictóricos siguió trabajando e investigando como si cada hora y día fueran el último de su vida. Si bien incursionó en otros movimientos como el cientismo, el abstracto, el surrealismo y otros, su máxima atención estuvo centrada en el figurativo, donde sus diversos modelos, para llamarlos de algún modo, no son estáticos, no en movimiento, pero sí de suprema energía. Y como ya lo dijo Arnold Hauser, hablar de movimiento en pintura es metafórico.

Lo vehemente en San Avilés es la belleza de sus figuras, pero tan fuertes como rigurosas en la estética. El movimiento de sus creaciones se expresa en el trabajo tan sugestivo de las líneas onduladas, suave pero continuo, como es flujo y reflujo de las olas en mares tranquilos.

 


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