|

6 de febrero de 2005

Ricardo
Aguilar aún era un joven pintor cuando Salarrué
comenzó a inspirarlo en el espíritu. Del escritor
recuerda su sosiego y su calma, y nos acerca a sus pláticas,
a su hija Maya, a su pobreza, a su legado.
La
mañana en que Ricardo Aguilar subió al estudio
de Salvador Salazar Arrué, después de deiciocho
años de su muerte, sintió ganas de llorar.
Discúlpame le dijo a Maya, la segunda hija
de Salarrué, pero esto que está pasando
no puede ser.
Todo su legado: sus poemarios, sus cartas y sus obras inéditas
se estaban pudriendo.
Algunos papeles se hallaban deshechos, húmedos y hasta
llenos de lodo.
El escritorio donde el escritor guardaba sus papeles importantes
también estaba corroído.
Yo ya no puedo hacer nada le dijo Maya. Ella sabía
que le quedaba muy poco tiempo de vida. ¿Y vos
que querés?, le preguntó a Ricardo.
El pintor sentía que se trataba de cuidar la obra del
artista más grande de este país,
algo que hasta ese momento, en 1993, nadie había tenido
la sensibilidad de hacer.
A partir de ahí se ligó tanto a la familia Salarrué
que bien pudiera hablar un día completo, sin interrupciones
y sin caer en la monotonía, del hombre que le ayudó
a descubrir caminos espirituales y de la hija que años
más tarde lo acercó a su legado.
¿Cómo fue el primer encuentro con Salarrué?
Fue a principios de los años sesenta. Yo tomaba clases
de escultura con el maestro Valentín Estrada, a donde
él llegaba para trabajar unas piezas de escultura.
Al principio eran saludos, encuentros breves, nada especial
sabe. Me parecía una persona lejana, no se cultivó
ninguna amistad.
 |
| Ricardo
creó la Fundación Salarrué en 1995. |
¿Cuándo
comienza a relacionarse más estrechamente con él?
En 1962 yo me marcho a Estados Unidos y regreso cinco años
después. Ese año se nos ocurre montar exposiciones
con el grupo Mancha Nueva. Ahí estaba Antonio
García Ponce, Miguel Ángel Polanco y Guillermo
Hueso, todos pintores jóvenes de la escuela de Valero
Lecha.
Lo hacemos en el parque Balboa, en Los Planes de Renderos,
y para nuestra sorpresa, en la tarde, Salarrué llegó
para ver la exposicion. Él nos dijo que podíamos
guardar las pinturas en su casa y que si le permitíamos
exponer sus obras junto a las de nosotros.
Luego de eso empecé a visitarlo seguido, pero nuestras
conversaciones no se centraban en el arte, pues en ese tiempo
yo andaba con varias inquietudes espirituales.
¿De qué solían hablar?
Nuestros temas trataban sobre la búsqueda del espíritu,
para llegar a conocerse uno mismo, saber quién es,
de dónde viene y para dónde va. Conversábamos
sobre chamanismo, de la teosofía, de la magia occidental
y del mundo tibetano. Es decir, quién mejor que Salarrué
para que me sirviera como una especie de guía, aunque
a él no le gustaba hacerle de maestro.
¿Cómo lo recuerda, cómo se lo imagina
cada vez que piensa en él?
De él recuerdo su gran sosiego, su gran calma y una
modestía que no permitía que uno lo tomara como
maestro en nada. Era un amigo más. Siempre miraba a
los ojos y daba la mano muy fuerte, que era por el tema de
la energía.
Sus vacíos y pobrezas
 |
| El
pintor aún se siente conectado con el espíritu
de la familia Salarrué. |
|
|
|
| Salarrué
nunca tuvo inclinación por ninguna corriente política.
|
Casa
de Sonsonate donde el escritor vivió parte de sus
76 años de vida. |
Son
los señores del fuego que te llaman, recuerda
Ricardo que le dijo Salarrué, luego de que un día
le confesara su intenso deseo de hacer un recorrido por Suramérica
para encontrarse con la cultura inca.
Para entonces, en 1971, ya habían cultivado una gran
amistad, dice ahora el pintor. Quizás por eso habla
con propiedad de los últimos respiros de vida del escritor.
Del vacío intenso que dejó en el alma de Salarrué
la muerte de su esposa, Zelie, y la de su gran amiga, Claudia
Lars. De la miseria, que lo obligaba a pagar las consultas
médicas con sus cuadros y de su inclinación
por la verdad y no por la izquierda ni la derecha.
¿Cómo experimentó él la pérdida
de estos dos seres queridos?
El doctor Toruño, el médico de la familia, dice
que el cáncer de páncreas en Salarrué
fue producto del vacío que dejaron estos seres en su
vida. Él tenía 76 años cuando murió.
¿Cómo fue su situación económica
durante los últimos años de vida?
El doctor Toruño lo llegaba a atender y no le cobraba
porque no tenía un centavo, o le pagaba con cuadros,
igual las consultas de Zelie.
Allí yo caigo en que después de su muerte aparece
un montón de gente diciendo que fueron sus amigos,
y cuando él estaba en vida o enfermo no se dignaron
a darle un vaso de agua. Murió y no había con
qué enterrarlo, pues él vivía de vender
un cuadro.
¿Por qué cree que Salarrué nunca se
lucró de sus virtudes como artista?
Salarrué vivió así toda su vida. Aunque
él tenía la oportunidad, el carisma, la capacidad
artística, la personalidad adecuada y el físico,
porque era muy guapo, como para haber conseguido muchas cosas
en el mundo. Pero fue un ser que optó por la verdad,
y se apartó desde muy joven de una izquierda que dominaba
la crítica intelectual en el país y lo consideró
un tonto toda la vida, y de una derecha que nunca le importó
la cultura. No perteneció a ningún partido,
sólo fue un buscador y encontró mucho.
¿Cómo fue el acontecimiento de su muerte?
Tanto el velorio como el funeral de Salarrué se volvieron
un evento social, y él nunca quiso un evento social
de su muerte. Pero los amigos de él ayudaron para velarlo
en la funeraria María Auxiliadora.
Sus familiares estaban fuera y Maya, que era la única
que estaba con él cuidándolo, no tenía
un centavo.
¿Por
qué el legado de Salarrué va a parar a sus manos?
Yo salgo del país y regreso cuando Salarrué
tenía dieciocho años de muerto, en 1993. De
inmediato me surgió el deseo de visitar la casa de
la familia Salarrué. Un día subo a Los Planes
de Renderos y decido pasar frente a la casa. Vi a Maya, una
mujer que había sido monja y era reconocida por su
carácter fuerte.
No me imaginé que ella se acordara ya de mí,
pero cuando la saludé desde la calle ella me llamó.
Debe haberse confundido, pensé.
Platicamos como si hubiésemos sido grandes amigos y
fui descubriendo en Maya a otro Salarrué. Con una gran
capacidad para contar cuentos y una erudita en el estudio
bíblico. Había aprendido cursos elementales
en ruso y en latín para leer la Biblia. Llevábamos
dos horas hablando cuándo le pregunté: Mirá
¿y allá arriba en el estudio de tu papá
ya no hay nada?
No, me contestó, ahí está todo, pero
es un gran desorden. Yo tengo artritis en las piernas y ni
siquiera puedo subir. Pero si vos queres subir te abro.
¿Cuál fue su primera impresión al
ver el estado en que se hallaba el legado de Salarrué?
Me dieron ganas de llorar, de ver como el legado del artista
más grande de este país estaba pudriéndose,
y nadie había tenido la sensibilidad de pensar en eso.
Sobre el escritorio donde estaban sus papeles más preciados
caía una catarata de agua, había lodo, todo
estaba mojado y el ambiente estaba impregnado de un olor a
humedad.
Maya me preguntó qué quería de todo eso.
Nada, le dije yo. Lo querés todo, volvió a decirme
ella. Claro, le respondí.
Era todo un tesoro, me imagino que pronto le surgió
la curiosidad por leer todos los escritos.
Sí, había poemarios, artículos, cuentos
y una novela en inglés inéditos, y un libro
sobre el hombre primitivo en El Salvador. Yo alquilé
un cuarto para guardarlos y los sacaba todos los días
al sol.
El primer año pasamos, junto a la escultora Verónica
Vides, sumergidos en Salarrué: leyendo, viendo, hablando
y volviendo a leer. Había cada sorpresa ahí.
Más tarde, Olga, la otra hija de Salarrué, le
cede los derechos de autor.
Sí, y entonces yo comienzo a protestar y a caerle mal
a Concultura, pues hasta ese momento ninguna editorial había
respetado los derechos de autor. Consigo los primeros derechos
de Cuentos de cipotes y ese dinero se usa para
el pago de la hospitalización de Aída, la hija
menor, quien muere dos días después en México.
¿Por qué decide donar ese legado al Museo
de la Palabra y de la Imagen?
Empecé a pensar que el tener el legado bajo mi propiedad
no tenía ningún sentido, pues era un legado
que le pertenecía a la humanidad. Además el
trabajo en la Fundación llegó a agotarme y nunca
recibí apoyo de nadie.
¿Dónde están ahora los descendientes
de Salarrué?
Dos nietas, las hijas de Aída, son pintoras y viven
en México. Y los dos hijos de Olga son abogados y viven
en Nueva Jersey.
Ellos aún guardan pinturas de Salarrué y un
vídeo donde aparece el escritor. Son ellos quienes
tienen ahora los derechos de autor, pues les fueron concedidos
cuando muere Olga.
|
Un recuerdo
especial
|
Ricardo
entregó el legado de Salarrué al Museo de
la Palabra y de la Imagen (MUPI), pero dejó para
él algo que tenía un gran significado para
el mundo espiritual del escritor.
Se trata de una vértebra de pez y una estrella
cuidadosamente guardadas en una cajita.
La vértebra era para Salarrué como
la columna vertebral por donde sube la energía
hacia la cabeza, y la estrella de cinco puntos representaba
los cinco sentidos, explica Ricardo. |
|
| Las
cartas que Salarrué enviaba a Leonora estaban escritas
sobre papel azul. |
Janet
Gold, profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad
de Hampshire, Estados Unidos, escribió un libro
sobre la relación amorosa que Salarrué sostuvo
con Leonora en los años en que vivió en
Nueva York.
Ricardo Aguilar puso en manos de la profesora las cartas
que el escritor enviaba a su esposa Zelie y a Leonora.
El periódico estadounidense Los Ángeles
Times escribió el pasado 12 de enero un artículo
titulado Una luz literaria brilla de nuevo en El
Salvador.
Ahí se dice que que probablemente nunca ha existido
en Centroamérica un escritor más grande
que Salarrué. |
Ricardo
y su etapa de azules
 |
| La
amistad que según Ricardo nació entre él
y Salarrué fue gracias a sus pinturas.
|
La vida
artística de Ricardo Aguilar, de 64 años, sigue
siendo tan itinerante como lo fue en tiempos pasados. A los
20 años solía montar exposiciones en los pueblos,
y en una de esas ocasiones exhibió sus obras junto
a las de Salarrué.
El escritor Manlio Argueta lo percibe como un hombre
de mundo. Una madrugada, cuenta, él se encontraba
en el aeropuerto de Madrid, España, cuando vio venir
a un hombre vestido de blanco con un ataché del mismo
color.
Se fue acercando y caí en que era Ricardo, tenía
15 años de no verlo, dice Manlio. Ahora
me dedico a vender petróleo en África,
recuerda que le comentó esa vez.
Qué irónico, antes de eso había sido
uno de los primeros en adoptar el movimiento hippie
en El Salvador.
Ahora Ricardo vive rodeado de azules. Azul es el lago de Coatepeque
que tiene a los pies de su casa, y azules son las pinturas
abstractas que marcan esta etapa artística de su vida.
Con ellas no busca dar un mensaje, pues considera que esa
es labor de los filósofos, de los políticos
y de los literatos.
Busco que mis pinturas gusten a la gente porque sí,
y al verlas experimenten sensaciones, refiere, mientras
pasa sus manos sobre un lienzo azul, que sin premeditarlo
bien parece una franja del lago de Coatepeque bajo los nubarrones
de una tarde de invierno.
Él dice diferenciar las dos formas en que expone sus
pinturas. Las lleva a Francia, Perú y Estados Unidos
con el propósito de vender. Es más comercial
y no un aporte al arte, reconoce.
Aunque otras veces sí lo hace por compartir, ha montado
exposiciones hasta en el hospital Siquiátrico.
|