5 de junio de 2005

Gilberto Arriaza ha cultivado el proceso pictórico, así como el trabajo en cerámica, escultura y otras actividades con paciencia y conciencia.

Texto y fotos: Enrique S. Castro

“Persuadiendo a la justicia”, tinta y yeso pastel sobre kraft.

El universo de Gilberto Arriaza está hecho de sueños, ilusiones y esperanzas; pero también de esos elementos naturales como la tierra, el fuego y el agua convergiendo en una mezcla germinal llena de fantasía y de esa espiritualidad tan característica en los auténticos creadores de imágenes y metáforas.

Por sus avanzados estudios académicos es muy docto y apegado a los principios originales del arte. Esto en la cotidianidad se puede ver plasmado en esas permanentes exposiciones de témperas, crayolas, tintas, acuarelas y lápiz de sus niños alumnos colgando en las paredes de su casa-academia “El caracol azul”.

Arriaza es un pintor devoto de sus particulares visiones. Con todo hay una urgente liberación de la academia, de los maestros, de esas tradiciones y etnias de la Chalchuapa de sus ancestros, de las corrientes dominantes de su tiempo; “esa juventud que se conquista en la madurez”, en Gilberto culminó con seguridad admirable.

El consumado dibujante pronto comprendió que el cuadro no tuviera otra finalidad que la de ser pintura: sus dos obsesiones: el dibujo (ahora de gran formato) y lo pictórico.

Sus antecedentes lo evidencian: desde edad temprana era un plástico, aunque semejara partir siempre de una idea poética o literaria. El dominio del dibujo fue parte esencial en su vocación, algo anecdótico años más tarde cuando cursaba estudios de artes plásticas en La Plata: sus compañeros argentinos admiraban profundamente la facilidad del salvadoreño para dibujar y hacer caricaturas de lo cotidiano.

Y es que Gilberto Arriaza, a quien desde pequeño le gustaba reproducir “los niños” de Camilo Minero, que aparecían en los calendarios, usando yeso y materiales de barro, vivió los momentos estelares de nuestra historia contemporánea, cuando recién a sus 15 años estudiaba pintura en la vetusta casona donde funcionaba el Centro Nacional de Artes en el barrio San Jacinto.

Su vocación se manifestó a temprana edad cuando literalmente tapizaba de rótulos, dibujos y pinturas las paredes de la escuelita urbana de Chalchuapa, donde cursó su educación primaria. De esos tiempos románticos, de crepúsculos inequívocos e ilusiones tardías, se inicia la retrospectiva de su vida, que no había de parar hasta su plena madurez, cuando encontró un justo equilibrio a su espíritu nómada y aventurero.

“Puerta del diablo”.

“La vida de un pintor —decía Jean Bazaine— es al revés que se desenvuelve: el pintor nace viejo”. Arriaza maduró como persona y como artista con rapidez. Los fantasmas y los mitos de su temprana adolescencia lo vigilaron siempre, la naturaleza y los años cargados de ira de esta telúrica nación lo alcanzaron hasta descorazonarlo.

Es su total gratitud a la vida lo que lo mantiene, lo perfila y lo conduce por los senderos de las artes plásticas.

Fue feliz con el dibujo, todavía lo es, y recuerda con nostalgia las miniaturas y pequeños formatos en páginas amarillentas del pasado.

Hoy sus grandes formatos se contrastan con la violencia de nuestra época. Tributos de agradecimiento a la madre naturaleza. Trazos ligeros y liberados con la agilidad y la pureza del dibujo.

Su crónica pictórica

Su personalidad y su pasión pictórica son fascinantes, como complejo y transparente es a la vez su amor por el arte, los conglomerados humanos y la música, al conjuro de la cual hace estallar los colores; pero no sólo por ello, sino porque sabe cultivar el huerto de la amistad, hace traslucir sus sentimientos y emociones, mismas virtudes que se pueden observar en su dilatada crónica pictórica.

Al establecer, desde su más corta edad, lo que sería su profesión y entregarse por completo a ella, con la sabiduría adquirida en los viajes por el mundo y al contacto con otras culturas y civilizaciones, la teoría del color, la historia del arte y el aprendizaje directo de sus valiosos mentores.

Arriaza se gradúa de artista, y no permite dobleces, dudas ni suspicacias sobre su quehacer plástico. Esa línea inevitable, como el cordón umbilical, que une su humilde, pero feliz niñez, con el presente de una personalidad fraguada en el crisol de las más puras exigencias: la retrospectiva de su vida.

De hecho, su viaje a Suramérica para estudiar y graduarse de licenciado en Artes Plásticas, orientación Pintura, así como de profesor en esa misma rama, de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina; así como posteriores viajes a Europa y otros países donde ha visitado museos, centros de arte y ha conocido diversas corrientes pictóricas le permitieron una formación profunda, estable y duradera como hombre y como artista. Y precisamente en ese inventario pictórico que arranca desde 1977 se pueden apreciar sus singulares características.

Pintor Gilberto Arriaza.

Es una rigurosa muestra de historia y testimonio serio, de un fuerte espíritu, de su talento y disciplina. Con la precisión de sus catálogos, de sus pinturas, de dibujos, grabados, acuarelas y de su cerámica se descubren sus dictámenes. Se pueden ver y acariciar, impelidos por la aguda, la lozana y honda imaginación de este artista forjado en los claustros universitarios; pero también en los escenarios de la vida, en el conocimiento y cambio de experiencias con pobladores de esas antiquísimas civilizaciones como esos del altiplano boliviano, de la cultura amerindia, los aymará, quechuas y guaraníes, donde ciertamente se adquiere la más alta y legítima graduación como artista y como ser humano.

El realismo mágico

Arriaza es un pintor serio, muy profesional, preocupado por la agenda social del país, pero también interesado en el tratamiento de los temas, reuniendo los influjos de las más cercanas técnicas europeas con la herencia prehispánica (una temática tan recurrente en Guayasamín y Tamayo) para plasmar una obra valedera que profundiza en lo salvadoreño sin negar esa urgente necesidad de comunicación con todos los hombres y mujeres.

Por eso se hablaba de esa similitud con el trabajo de Guayasamín que a su nacimiento ecuatorial reúne lo amerindio con el mestizaje y la etnia auténtica que obliga a ver como natural la simplicidad con que la anarquía germina en su obra, dentro de las influencias del realismo latinoamericano y el surrealismo universal; pero más ligado al realismo mágico, para mostrarnos un mundo vegetal, de la campiña y mágico muy particular.

Por derecho propio es seguidor de Dalí y del surrealismo tardío de Francia, porque propone la importancia del contenido representado en la obra de arte más que de las formas pictóricas. Ese contenido que propusieron los surrealistas fue el de la imaginación, fantasía, sueño e inconsciente del hombre. Las técnicas surrealistas son múltiples, pero siempre atentas a dar la idea más exacta del contenido mental del hombre, en todas sus dimensiones.

La pintura de Arriaza asume esos postulados, pero respirando los aires genuinos del latinoamericanismo porque juega con sensaciones y objetos típicos del continente, muy cercano a lo literario y poético.

Por eso sus acuarelas, óleos, acrílicos y dibujos pictóricos muestran un mundo de sensaciones gelatinosas dentro de lo que muchos entendidos en artes plásticas pudieran encajonar en el más ortodoxo estilo surrealista.

Sin embargo, por el aporte de una especie de espesura colorística de materias desgajadas que van de la amargura al dramatismo y hasta el humor, como ya lo han experimentado el chileno Roberto Matta y el colombiano Alejandro Obregón, nosotros lo ubicamos en el realismo mágico.

“Desnudo”, acrílico sobre fondo azul.


En una etapa anterior, Arriaza se dedicó a recrear escenas típicas de la campiña donde sobresalían pequeñas estribaciones montañosas, cercos de madrecacao con alambre de púas, peñascos y caminos rurales mostrados a través de una desmesurada colorística que a primera vista, por lo arbitrario de la composición de sus colores, parece abstracta, pero que siempre se sujeta al surrealismo mágico.

El paisaje siempre ha sido una constante en sus acuarelas, óleos y acrílicos; pero en el presente ha logrado un dominio del color y de la composición surgida no sólo por el conocimiento del balance con planos y diagonales, sino por el dibujante perfecto que subyace en todas sus creaciones.

El proceso pictórico, así como el trabajo en cerámica, escultura y otras actividades artísticas, lo ha cultivado Arriaza con paciencia y conciencia.

En fin, Gilberto con el trayecto recorrido apenas muestra un “jirón” de su vida, una cadena de sentimientos, emociones, recuerdos y etapas de un proceso que no termina, porque el auténtico creador, el artista, siempre está aprendiendo. Sin embargo, hay pausas y tiempos para meditar y reflexionar sobre lo hecho y también sobre lo que viene



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