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04
de diciembre
de 2005
PLÁSTICA
La espiritualidad de pintar
Con la
atractiva vista del lago de Coatepeque, fuente de su inspiración,
Ricardo Aguilar, busca transmitir en sus pinturas las sensaciones
que provocan ese azul que se refleja en el cielo, un azul
lleno de energía y magia.
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| La
riqueza de sus cuadros también se complementa por
lo espontáneo de sus pinceladas, sin las exigencias
del tiempo... Aguilar se entrega a cada cuadro como si
estuviera escribiendo una última novela, un poema
final, la teminación de su obra maestra. |
Atrapado por la belleza de un lago mítico como lo es
Coatepeque, el cual es observado por Ricardo Aguilar en el
momento que quiera desde su casa, este artista trabaja la
pintura en la que refleja esa vivacidad de colores intensos,
los que logran energizar a quienes los ven.
Así es la obra de Aguilar, quien, además de
ser un pintor con una trayectoria reconocida, también
fue el protector de la obra de otro grande, de Salvador Salazar
Arrué (Salarrué).
Cabe destacar que Ricardo Aguilar fue la persona que ayudó
a recuperar los tesoros artísticos de Salarrué,
quien con la autorización de la hija del maestro, Maya,
resguardó las reliquias que aún se podían
recuperar.
Destaca un viejo álbum de recortes en el que Salarrué
colocaba en desorden algunos de los escritos que publicó
en el periódico Patria, el cual dirigió por
un período. Fue en el año 1993 cuando Ricardo
Aguilar recuperó el legado de Salarrué, que
se deterioraba en la misma casa del creador de Cuentos de
cipotes.
Pero aparte de esa buena intención de proteger la herencia
artística de Salarrué, el pintor Aguilar también
ha trazado su propia ruta artística, y ha sido en la
plástica, donde ha podido reflejar toda su experiencia
de vida, de viajes, de un estilo de habitar este mundo de
forma diferente a la de los comunes de los mortales.
A sus 64 años, este pintor sigue realizando sus trazos
finos y delicados de temas que nacen de su propia imaginación,
de las percepciones que muchas veces tuvo cuando vivió
una vida hippie, influenciado por ese estilo que
rompió esquemas sociales y artísticos.
Obras hechas con el eterno óleo, que muy pocas veces
se quedan aquí, porque buena parte de su trabajo emigra,
tal como lo hace una parte de la población, para buscar
mejores oportunidades, pero que en el caso de Aguilar es para
buscar mejores posibilidades de venta.
Él ha sido un trotamundo, ha viajado por el viejo continente
y ha recorrido parte del nuevo, ha estado en los lugares donde
el frío despierta la imaginación y el calor
la seduce con el sopor.
Evocación etérea
Ricardo Aguilar es un creador que derrocha una fuerte energía
artística, cargada de esa espiritualidad que siempre
lo ha acompañado. Las imágenes de sus obras,
que en muchas se alejan de lo figurativo, reflejan esa evocación
que existe en su mente y que logra plasmar con su arte.
Y dependiendo su estado de ánimo así es el resultado
de sus obras, profundas con tonalidades oscuras y fuertes
trazos; o por lo contrario cercanas con matices alegres, llenos
de vitaliad.
Lograr estas imágenes es parte de una disciplina que
ha obtenido Aguilar con el paso de los años; su búsqueda
interior, existencial, por qué no decirlo sus exploraciones
por lo inmaterial, lo ha llevado a una creación donde
predomina la variación de su quehacer pictórico.
Algo que se puede destacar es que en ese proceso de búsqueda,
Aguilar ha sabido plasmar sus sentimientos en cada trazo,
en cada línea y en cada figura que muchas veces se
pierde en la abstracción.
En sus cuadros hay contrastes de luz, hay contraste de sentimientos,
hay rompimientos de esquemas, y los puntos de fuga se abalanzan
hacia el espectador. Es un acercamiento a lo que hay dentro
de la mente de este artista que ha quedado hechizado con la
imagen de Coatepeque, donde el azul contrasta con lo verde
de las zonas arbóreas y los cafés de las partes
deforestadas.
En los cuadros donde la figura humana aparece tiene la imagen
incorpórea, como cuando alguien se acerca a una persona
que está entre dormida y despierta; son representaciones
etéreas, como el ánima del que viene del más
allá.
Sus cuadros tienen una atracción inexplicable, de aquellas
bellezas que atrapan y que no dejan que se vea para otro lado.
Se ve la técnica y el estilo depurado, una experiencia
dada por los más de 40 años de actividad artística,
en la que hasta tuvo el privilegio de exponer su obra a la
par de Salarrué; otro personaje de lo místico,
que pudo trasladar al lienzo ese remolino de imágenes
que revoloteaban en su mente.
Aunque su pintura pareciera que es un trabajo sencillo, en
realidad hay una labor con mucha dedicación; hay una
composición donde los colores hacen la magia de crear
los planos, de dar esa sensación aplastante en un solo
plano a veces, tridimensional en otras.
La riqueza de sus cuadros también se complementa por
lo espontáneo de sus pinceladas, sin las exigencias
del tiempo, aunque sus obras podrían tener ya un nuevo
propietario. No obstante, Aguilar se entrega a cada cuadro
como si estuviera escribiendo una última novela, un
poema final, la teminación de su obra maestra.
Algo que hay que tener muy claro es que en las obras de Roberto
Aguilar están encerrados sus pensamientos, sentimientos,
emociones y deseos más íntimos; su vida entera
está consagrada en cada pintura; pero claro que como
cualquier artista, como cualquier ser humano, debe sostenerse
en lo material, por lo que debe dedicar su tiempo a crear
obras para la venta, para satisfacer la materia; en claras
palabras, para subsistir.
Hay que recalcar que la emotividad que presentan sus cuadros
contrasta con el semblante nostálgico que tiene este
Aguilar. Una tristeza que le embarga en los momentos de transformar
el lienzo en una obra de arte, en algo duradero que no tiene
comparación; es, en esencia, una obra de arte que nace
de la posibilidad de estar frente a una fuente de agua que
embruja, que tiene las reminiscencias de un pasado misterioso.
Aguilar es así: un ser lleno de un hechizo que crea
y recrea lo que hay en su mente, algo que en definitiva no
se podría ver si no fuera porque el mismo Aguilar así
lo desea.
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