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4
de septiembre
de 2005

Sabanetas,
en el norte de Morazán, es una tierra pródiga,
como pintada por los grandes paisajistas de la edad de oro.
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| El
río Talchigua nace en la cordillera de Nahuaterique. |
Al nomás
ascender por la escarpada carretera y coronar la meseta con
la impresionante montaña de pinares, uno se encuentra
con un paraje de ensueño.
Una comarca maravillosa, llena de verdes y luces multicolores
saliendo y filtrándose en tupidas arboledas.
El agua brota de las propias entrañas de la montaña,
de los paredones rojizos y de las inmensas rocas acumuladas
en las praderas desde tiempos inmemoriales.
En esta Sabanetas inmensa, al pie de la cordillera de Nahuaterique
que se pierde en el horizonte, no existen lagos ni mares con
caminos solemnes, sólo ríos de aguas cristalinas
con nombres sonoros como El Sapo, Negro y Talchigua; cascadas
rodeadas de musgo, líquenes, orquídeas y lirios;
rocas inmensas, bosques de pinos, laureles, conacastes y quebrachos;
abismos profundos y hondonadas que se pierden en la espesura
de los interminables bosques.
Esa inmensidad de naturaleza tan bravía nos causa alegría:
al contemplarla nos provoca emociones encontradas, tan al
arrebato emocional que uno se siente insignificante, como
al estar frente a monumentales catedrales o museos donde el
ingenio humano ha sido capaz de reflejar al máximo
los acontecimientos humanos, históricos y culturales.
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| Capricho
rocoso del río Talchigua. |
Los ojos
no se cansan de aprisionar orgánicamente tanta belleza
natural: los vientos, con ruidos extraños y fantasmales,
repetidos penetran en la montaña.
El ulular es sintomático y nada parecido a las sirenas
o los gritos estridentes de las masas aficionadas a cualquier
deporte de multitudes. El rezago se convierte en una ráfaga
de aire frío.
Ese bramar y ulular del viento, más intenso y helado
cuando caen las sombras de la noche, es un fenómeno
tan físico y natural que hasta llega a acariciar el
oído de los asombrados pobladores de la montaña
de amatista y hasta de los eventuales turistas.
Es una canción legada desde la creación del
universo, una melodía triste cruzando los bosques de
pinos hasta mezclarse con las voces surgidas de las cristalinas
y heladas aguas.
Las voces en penumbras de los seres humanos se ven impotentes
ante estos lamentos permanentes de la naturaleza, al menos
en lo que corresponde a estas llanuras tan vírgenes,
imponentes e inigualables.
Y es que el hombre es tan pequeño, insignificante y
débil perdiéndose por completo en ese tupido
paisaje de verdes, sepias, amarillos, violetas y rojos violentos
del humedecido bosque.
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| Parte
de la vegetación imperante. |
Por eso
es que el amanecer tiene tanto sentido y gracia mirar el alba
y los últimos destellos del lucero de la mañana.
Ese mismo conocido como faro del tiempo por los navegantes
de la inmensa solemnidad de los mares.
Y cuando la mirada pasa de un paraje a otro se confunde con
los haces de blanca luz perforando los tupidos ramajes, el
alma se sobrecoge, hay una sensación de delicia, apenas
perceptible por el coro de aguas cayendo en las tropicales
cascadas, acompañadas del trinar de las aves tan en
su religión y en su santo aposento de las primeras
horas matinales.
Tierra de promisión
Las montañas interminables, las hondonadas y los abismos
profundos fueron creados para agradar a todos los seres vivientes
y a los que desde siempre han pasado en caravanas o solitarios
tránsfugas del tiempo por esas tierras de promisión.
Son jardines naturales inmensos regados por los propios ojos
de agua brotando de las entrañas y por las torrenciales
lluvias huracanadas.
Venados, tigrillos, conejos, tacuacines y otras especies a
punto de extinguirse han brotado ahora luego que por tanto
tiempo los parajes se libraron de la presencia de los depredadores
humanos. En lo profundo de los bosques, en la más intrincada
espesura y aun en planicies y oasis, se ven altivos, descansando
o esperando a la presa que en cadena de supervivencia les
servirá de alimento.
En esos paraísos, los habitats han surgido por generación
espontánea: ahí la cueva en los increíbles
peñascos; los nidos en las ceibas, aceitunos de río
y en los inmensos amarillos; aposentos tan cálidos
en los zarzales protegidos por fuertes aguijones.
Los grandes rumiantes, los felinos medianos, las pequeñas
especies de la fauna viven en una colectividad armoniosa,
pero vigilante por el mismo don de sobrevivencia.
En lo más alto de la cordillera de Nahuaterique, desde
donde se admira la inmensidad azul del Pacífico salvadoreño,
el cielo tendido por encima de los pinares y las hondonadas
parece tan cercano como si desde las primeras expediciones
espaciales se hubiese entregado a los brazos del hombre.
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| Piscinas
naturales del río Talchigua. |
Todo esto
es posible por la riqueza natural de ese rincón tan
sabiamente aprovechado por los vecinos hondureños.
No sólo por la puntual legislación territorial,
el respeto a los designios ambientales y el aprovechamiento
racional de los recursos forestales, sino por la sólida
y eficaz asistencia a los núcleos humanos.
Este cielo de intenso azul está más cerca de
la tierra y de sus pobladores; de cuando en vez sus inmensos
y poderosos hornos termonucleares descargan los fatídicos
rayos, pero luego arrepentido riega toda la comarca, la viste
de multicolores y se abraza amorosamente con todos los vestigios
y huellas vivientes de la fértil y feliz comunidad.
Es uno de los lugares del universo elegidos para protegerlo
para siempre de los males y desgracias que acechan a la humanidad.
Naturaleza pródiga
Durante siete meses del año, de mayo a noviembre, llueve
torrencialmente. Los ríos se tornan caudalosos, las
cascadas aumentan el volumen de sus aguas, las pozas son más
profundas y el verdor es más intenso, lo mismo que
la sepia de los árboles y el multicolor de los lirios
y las orquídeas.
En los meses de junio, julio, agosto y septiembre, los más
antiguos habitantes de la zona recolectan moras, duraznos,
granadillas y fresas.
Plantaciones surgidas en las inmensas llanuras, agradecidas
a la madre naturaleza y a la misma tierra pródiga en
humus y riqueza mineral.
En agosto y septiembre llueve intensamente, a veces hasta
cuatro o cinco días continuos como si el Hacedor de
milagros quisiera llenar todos los mares que reciben infaltablemente
el líquido puntual de sus tributarios.
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| Llano
del Muerto. Los turistas pueden llegar a acampar en este
lugar, donde se encuentra la cascada La olla. |
El sol,
en cambio, durante todo el año alumbra allí
luminoso, con su luz intensamente blanca, fuerte y caliente.
Nunca desaparece, nada más se oculta en las grises
nubes y en aquellas tardes plomizas cuando de repente el arcoiris
tiende su línea para colgarse de los horizontes.
Las fuertes lluvias sí que lo ocultan por días
y entonces la helada cubre la asombrada comarca. Son días
templados, pero hermosos por esa variedad de matices, rocíos
matinales y corretear de animales salvajes en el paisaje natural
de la montaña.
Y es también época precisa para contemplar más
íntimamente la montaña, acelerar las emociones
y acrecentar la imaginación: esas elevaciones están
formadas por una serie de montes, colinas y estribaciones
caprichosas de agrestes pendientes, por las que únicamente
se puede bajar o subir asistido de bordones y machetes para
abrirse camino y eventualmente librarse del peligro de los
animales.
Pero una vez sentados en la corona de la cima se puede presenciar
el espectáculo más grande y hermoso de la naturaleza:
la puesta del sol. Y también la despedida del alba
y el aparecimiento de ese fenómeno físico conocido
como el crepúsculo.
Desde este mirador natural se pueden ver también las
inmensas serpientes bancas y espejeantes de los ríos
Negro, Sapo, Talchigua, Pichigual, Tepemechín y Torola.
Se extienden como un largo listón tomando los colores
del propio paisaje; a veces el cauce es estrecho y otras tantas
muy ancho, dependiendo de las precipitaciones del terreno
boscoso.
Hay lugares impenetrables donde se arrastran lentamente, sobre
todo el Negro, el Sapo y el Pichigual, que en su recorrido
forman cascadas de gran altura; otras, sus corrientes van
más rápidas sobre los lechos de piedra fina
formando a los lados pequeñas pozas y arroyuelos cristalinos,
cuyo murmullo hace soñar dulcemente.
En muchos kilómetros a la redonda de ese mágico
lugar formado por la inmensa cordillera de Nahuaterique, Sabanetas
y El Carrizal todo es sucesión de paisajes multicolores
y por ello pintoresco: los aposentos naturales, los árboles
frondosos, las orillas de los caudalosos ríos de invierno
con sus suaves y arenosas pendientes, los matorrales que bajan
anárquicamente desde las estribaciones hacia la humedad
de las aguas, los profundos cañones de piedras en la
verde montaña, por cuyos fondos corren los afluentes
de los grandes ríos y los bosquecillos de moras y manzanas
pedorras, todo parece hecho y pintado por la mano maestra
de los impresionistas y los grandes paisajistas de la edad
de oro.
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