4 de septiembre de 2005

Sabanetas, en el norte de Morazán, es una tierra pródiga, como pintada por los grandes paisajistas de la edad de oro.

Enrique S. Castro
Fotos: Julio R. Varela

Hablemos


El río Talchigua nace en la cordillera de Nahuaterique.

Al nomás ascender por la escarpada carretera y coronar la meseta con la impresionante montaña de pinares, uno se encuentra con un paraje de ensueño.

Una comarca maravillosa, llena de verdes y luces multicolores saliendo y filtrándose en tupidas arboledas.

El agua brota de las propias entrañas de la montaña, de los paredones rojizos y de las inmensas rocas acumuladas en las praderas desde tiempos inmemoriales.

En esta Sabanetas inmensa, al pie de la cordillera de Nahuaterique que se pierde en el horizonte, no existen lagos ni mares con caminos solemnes, sólo ríos de aguas cristalinas con nombres sonoros como El Sapo, Negro y Talchigua; cascadas rodeadas de musgo, líquenes, orquídeas y lirios; rocas inmensas, bosques de pinos, laureles, conacastes y quebrachos; abismos profundos y hondonadas que se pierden en la espesura de los interminables bosques.

Esa inmensidad de naturaleza tan bravía nos causa alegría: al contemplarla nos provoca emociones encontradas, tan al arrebato emocional que uno se siente insignificante, como al estar frente a monumentales catedrales o museos donde el ingenio humano ha sido capaz de reflejar al máximo los acontecimientos humanos, históricos y culturales.

Capricho rocoso del río Talchigua.

Los ojos no se cansan de aprisionar orgánicamente tanta belleza natural: los vientos, con ruidos extraños y fantasmales, repetidos penetran en la montaña.

El ulular es sintomático y nada parecido a las sirenas o los gritos estridentes de las masas aficionadas a cualquier deporte de multitudes. El rezago se convierte en una ráfaga de aire frío.

Ese bramar y ulular del viento, más intenso y helado cuando caen las sombras de la noche, es un fenómeno tan físico y natural que hasta llega a acariciar el oído de los asombrados pobladores de la montaña de amatista y hasta de los eventuales turistas.

Es una canción legada desde la creación del universo, una melodía triste cruzando los bosques de pinos hasta mezclarse con las voces surgidas de las cristalinas y heladas aguas.

Las voces en penumbras de los seres humanos se ven impotentes ante estos lamentos permanentes de la naturaleza, al menos en lo que corresponde a estas llanuras tan vírgenes, imponentes e inigualables.

Y es que el hombre es tan pequeño, insignificante y débil perdiéndose por completo en ese tupido paisaje de verdes, sepias, amarillos, violetas y rojos violentos del humedecido bosque.

Parte de la vegetación imperante.

Por eso es que el amanecer tiene tanto sentido y gracia mirar el alba y los últimos destellos del lucero de la mañana. Ese mismo conocido como faro del tiempo por los navegantes de la inmensa solemnidad de los mares.

Y cuando la mirada pasa de un paraje a otro se confunde con los haces de blanca luz perforando los tupidos ramajes, el alma se sobrecoge, hay una sensación de delicia, apenas perceptible por el coro de aguas cayendo en las tropicales cascadas, acompañadas del trinar de las aves tan en su religión y en su santo aposento de las primeras horas matinales.

Tierra de promisión


Las montañas interminables, las hondonadas y los abismos profundos fueron creados para agradar a todos los seres vivientes y a los que desde siempre han pasado en caravanas o solitarios tránsfugas del tiempo por esas tierras de promisión. Son jardines naturales inmensos regados por los propios ojos de agua brotando de las entrañas y por las torrenciales lluvias huracanadas.

Venados, tigrillos, conejos, tacuacines y otras especies a punto de extinguirse han brotado ahora luego que por tanto tiempo los parajes se libraron de la presencia de los depredadores humanos. En lo profundo de los bosques, en la más intrincada espesura y aun en planicies y oasis, se ven altivos, descansando o esperando a la presa que en cadena de supervivencia les servirá de alimento.

En esos paraísos, los habitats han surgido por generación espontánea: ahí la cueva en los increíbles peñascos; los nidos en las ceibas, aceitunos de río y en los inmensos amarillos; aposentos tan cálidos en los zarzales protegidos por fuertes aguijones.

Los grandes rumiantes, los felinos medianos, las pequeñas especies de la fauna viven en una colectividad armoniosa, pero vigilante por el mismo don de sobrevivencia.

En lo más alto de la cordillera de Nahuaterique, desde donde se admira la inmensidad azul del Pacífico salvadoreño, el cielo tendido por encima de los pinares y las hondonadas parece tan cercano como si desde las primeras expediciones espaciales se hubiese entregado a los brazos del hombre.

Piscinas naturales del río Talchigua.

Todo esto es posible por la riqueza natural de ese rincón tan sabiamente aprovechado por los vecinos hondureños. No sólo por la puntual legislación territorial, el respeto a los designios ambientales y el aprovechamiento racional de los recursos forestales, sino por la sólida y eficaz asistencia a los núcleos humanos.

Este cielo de intenso azul está más cerca de la tierra y de sus pobladores; de cuando en vez sus inmensos y poderosos hornos termonucleares descargan los fatídicos rayos, pero luego arrepentido riega toda la comarca, la viste de multicolores y se abraza amorosamente con todos los vestigios y huellas vivientes de la fértil y feliz comunidad. Es uno de los lugares del universo elegidos para protegerlo para siempre de los males y desgracias que acechan a la humanidad.

Naturaleza pródiga

Durante siete meses del año, de mayo a noviembre, llueve torrencialmente. Los ríos se tornan caudalosos, las cascadas aumentan el volumen de sus aguas, las pozas son más profundas y el verdor es más intenso, lo mismo que la sepia de los árboles y el multicolor de los lirios y las orquídeas.

En los meses de junio, julio, agosto y septiembre, los más antiguos habitantes de la zona recolectan moras, duraznos, granadillas y fresas.

Plantaciones surgidas en las inmensas llanuras, agradecidas a la madre naturaleza y a la misma tierra pródiga en humus y riqueza mineral.

En agosto y septiembre llueve intensamente, a veces hasta cuatro o cinco días continuos como si el Hacedor de milagros quisiera llenar todos los mares que reciben infaltablemente el líquido puntual de sus tributarios.

Llano del Muerto. Los turistas pueden llegar a acampar en este lugar, donde se encuentra la cascada “La olla”.

El sol, en cambio, durante todo el año alumbra allí luminoso, con su luz intensamente blanca, fuerte y caliente. Nunca desaparece, nada más se oculta en las grises nubes y en aquellas tardes plomizas cuando de repente el arcoiris tiende su línea para colgarse de los horizontes.

Las fuertes lluvias sí que lo ocultan por días y entonces la helada cubre la asombrada comarca. Son días templados, pero hermosos por esa variedad de matices, rocíos matinales y corretear de animales salvajes en el paisaje natural de la montaña.

Y es también época precisa para contemplar más íntimamente la montaña, acelerar las emociones y acrecentar la imaginación: esas elevaciones están formadas por una serie de montes, colinas y estribaciones caprichosas de agrestes pendientes, por las que únicamente se puede bajar o subir asistido de bordones y machetes para abrirse camino y eventualmente librarse del peligro de los animales.

Pero una vez sentados en la corona de la cima se puede presenciar el espectáculo más grande y hermoso de la naturaleza: la puesta del sol. Y también la despedida del alba y el aparecimiento de ese fenómeno físico conocido como el crepúsculo.

Desde este mirador natural se pueden ver también las inmensas serpientes bancas y espejeantes de los ríos Negro, Sapo, Talchigua, Pichigual, Tepemechín y Torola. Se extienden como un largo listón tomando los colores del propio paisaje; a veces el cauce es estrecho y otras tantas muy ancho, dependiendo de las precipitaciones del terreno boscoso.

Hay lugares impenetrables donde se arrastran lentamente, sobre todo el Negro, el Sapo y el Pichigual, que en su recorrido forman cascadas de gran altura; otras, sus corrientes van más rápidas sobre los lechos de piedra fina formando a los lados pequeñas pozas y arroyuelos cristalinos, cuyo murmullo hace soñar dulcemente.

En muchos kilómetros a la redonda de ese mágico lugar formado por la inmensa cordillera de Nahuaterique, Sabanetas y El Carrizal todo es sucesión de paisajes multicolores y por ello pintoresco: los aposentos naturales, los árboles frondosos, las orillas de los caudalosos ríos de invierno con sus suaves y arenosas pendientes, los matorrales que bajan anárquicamente desde las estribaciones hacia la humedad de las aguas, los profundos cañones de piedras en la verde montaña, por cuyos fondos corren los afluentes de los grandes ríos y los bosquecillos de moras y manzanas pedorras, todo parece hecho y pintado por la mano maestra de los impresionistas y los grandes paisajistas de la edad de oro.

 


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