4
de septiembre
de 2005

El
consulado de El Salvador en Milán estima que unos
34 mil salvadoreños han cruzado el Atlántico
para comenzar una nueva vida en Italia, la península
que les ha ofrecido oportunidades, pero también les
ha despertado la nostalgia por su tierra.
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| El
Divino Salvador del mundo es exhibido en una de las calles
de Milán, como parte de las fiestas patronales
en honor a este patrono de San Salvador. Los acompañantes
son connacionales. |
Cada vez
que puede reunirse con los demás miembros de la Comunidad
de Salvadoreños en Milán, Vicky Reyes vive la
impresión de estar en El Salvador.
Entonces se le olvida que está en una península
europea rodeada de los mares Mediterráneo y Adriático.
Que allí la vida es más frenética, que
el frío del invierno la hace extrañar la calidez
de su país y que debe hablar su segundo idioma para
no parecer una extraña entre la sociedad italiana.
En cambio, puede comunicarse en español, escuchar y
bailar música salvadoreña, degustar unas pupusas
en lugar de un panino (pan con jamón y queso) y hasta
ver a la gente con una charamusca o una bolsita
con pepino y limón en sus manos.
Ana Concepción Castillo, la presidenta de la Comunidad
de Salvadoreños en Milán, considera que estar
organizados les ayuda a sobrellevar la nostalgia que se acentúa
cuando se está tan lejos de las raíces.
Encontrarte y reunirte con los tuyos te ayuda a no perder
tu identidad, cree Castillo, una chalateca con diez
años de haber emigrado a Italia, un mundo que ella
percibe avanzado, ajetreado y donde todo está programado.
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| Vicky
fue elegida reina de las fiestas patronales de San Salvador,
en Milán. |
Para la
mayoría, el despertador se oye temprano. El desayuno
se toma a la carrera, quizás en una cafetería
típica italiana, en donde los transeúntes comen
su pan y toman su café estando de pie porque ni siquiera
hay sillas para sentarse.
Después hay que perderse en el mar de gente que viaja
a sus empleos en los buses, en el tranvía o en la metropolitana
(el metro). Al mediodía otra vez el apuro. Quienes
van de un trabajo a otro se detienen en algún bar para
pedir un panino y cumplir el almuerzo.
Un submundo salvadoreño
Quienes son ilegales, y además no han tenido tiempo
de ir a una escuela para aprender el idioma, ni siquiera pueden
rentar un apartamento o aspirar a un trabajo más que
el doméstico y el cuido de niños, de enfermos
o de adultos mayores.
La integración es más que difícil,
antes hay que pasar por mucha soledad y luego cargar con la
añoranza, expresa Castillo, quien logró
legalizar su estatus migratorio y conseguir un trabajo como
profesora de kinder después de cinco años de
residir en Milán.
Pero es quizás la distancia la que mantiene unidos
y organizados en la comunidad a por lo menos 260 salvadoreños
instalados en Milán y sus alrededores. Si la
gente se aísla y se aleja tiende a crear un entorno
muy parecido al de su nación, detalla Ernesto
Nosthas, director general de Comunidades en el Exterior del
Ministerio de Relaciones Exteriores.
Ellos han logrado crear un submundo salvadoreño
en Milán, agrega Nosthas. El centro Cardenal
Schuster es para ellos El Salvador en Italia. Allí
se reúnen cada agosto entre 300 y 400 personas para
celebrar las fiestas patronales en honor del Divino Salvador
del Mundo.
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| Los
nacionales en Milán también han formado
grupos de música folclórica salvadoreña.
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El 15
de septiembre el encuentro es más numeroso: entre mil
y mil doscientos connacionales. Desde hace cinco años,
el grupo católico juvenil Monseñor Romero
también conmemora allí el martirio de este religioso
salvadoreño.
Todos los domingos, la capilla del Centro Schuster además
es frecuentada por 100 ó 150 salvadoreños que
llegan para presenciar la homilía. Esta iglesia es
la sede de los grupos de trabajo pastoral también integrados
por salvadoreños.
Grupos como el Monseñor Romero, fundado
y coordinado por Castillo, organizan las tardes alegres y
los días feriados, con el fin de recolectar fondos
y luego enviarlos para el apoyo de proyectos en El Salvador
(ver recuadro).
Sólo esa convivencia entre hermanos, aun estando en
latititudes tan distantes, hace que algunos salvadoreños
sigan identificándose con las costumbres de su pueblo.
Al ser parte de la comunidad siento que no he perdido
mi contacto con El Salvador, argumenta Vicky Reyes.
La
más grande de Europa
- Según
el Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador, unos
50 mil salvadoreños se hallan regados en España,
Francia, Alemania, Suecia e Italia. En este último
es donde se ha concentrado el mayor número de connacionales.
- El consulado de El Salvador en Milán estima que unos
29 mil salvadoreños se han establecido al norte de
Italia, en las regiones de Piamonte y Lombardía.
- De ellos, unos nueve mil viven en Milán, la capital
de Lombardía. Otros nueve mil residen en otras ciudades
de esa región como Brescia,
Varese, Bergamo y Como.
- El resto, unos 11 mil, se ubica en Turín, capital
de Piamonte, y en las regiones de Veneto, Emilia, Toscana,
Trieste y Trento.
- La comunidad salvadoreña en el centro y el sur del
país está conformada por 4,130 personas. En
total, unos 34 mil connacionales viven a lo largo de Italia.
- De los 29 mil que viven al norte de la Península,
unos nueve mil han legalizado su estatus migratorio, mientras
que de las 4,130 personas que habitan en el sur y en el centro
sólo la mitad ha logrado hacerlo.
- Se estima que los primeros salvadoreños llegaron
a Italia a finales de los 60, entre ellas algunas mujeres
como Deidamia Morán, Silvia Tovar y Thelma Grande.
Fueron ellas las que comenzaron a organizar a los compatriotas
a principios de los 80.
Solidarios
con El Salvador
El
grupo juvenil Monseñor Romero, integrado
por veinticinco jóvenes, cumple una misión social
en El Salvador. Veintiséis niños del cantón
El Cedro, en Panchimalco, asisten a un kinder gracias a la
cooperación de estos salvadoreños en Italia.
Ellos pagan la mensualidad de la maestra y el material didáctico
que los estudiantes necesitan en el aula, con los fondos que
obtienen durante las actividades religiosas que desarrollan
en el Centro Schuster, en Milán.
Sor Lidia Cruz, directora del Centro de Capacitación
San Vicente de Paúl y comedor infantil la Casa del
Cipote, lugar donde funciona la iniciativa, dice que estos
niños proceden de familias pobres y la lejanía
en que se hayan sus viviendas no les permite asistir a la
escuela de la zona.
Allí los pequeños han aprendido el abecedario,
a colorear y a bailar, entre otras cosas. Pero lo más
importante es que se les está enseñando a socializar
entre ellos, dice sor Lidia.
Los misioneros establecidos en Italia también han otorgado
becas escolares a cinco niños del cantón El
Cedro, que por las carencias económicas de sus familias
no pueden financiarse los estudios.
Promoción
Cultural
- El Salvador
cuenta con cinco sedes diplomáticas en Italia: la embajada
en Roma; la embajada ante la Santa Sede y la Soberana Orden
de Malta, en ciudad del Vaticano; y los consulados de Roma
y de Milán.
- Ernesto Nosthas dice que para el próximo año
la Dirección de Comunidades en el Exterior desarrollará
actividades en Milán, como la presentación de
un mapa nacional interactivo y una feria de productos latinoamericanos.
- Además, es probable que la viceministra, Margarita
Escobar, visite esa nación europea con el fin de fomentar
el arraigo con la cultura salvadoreña que aún
se mantiene en muchos nacionales viviendo en Italia.
Conchy
desafía la nostalgia
Estando
lejos de El Salvador, Ana Concepción Castillo, o Conchy,
como es conocida entre la Comunidad de Salvadoreños
en Milán, ha descubierto que aun cuando en El Salvador
hay más pobreza, también hay una riqueza humana;
de tiempo, de espacio, de diálogo.
Antes de los 18 años, Conchy, originaria de Concepción
Quezaltepeque, en Chalatenango, tuvo una vida llana, alejada
del arrebato de las ciudades industriales. Sólo la
austera economía de su familia la hacía soñar
con más ansias en la posibilidad de seguir una carrera
universitaria.
Pero fue más fácil emprender camino para Italia,
donde ya se hallaban dos de sus siete hermanos. Cinco años
fue ilegal, y como la mayoría de mujeres salvadoreñas
que llegan a ese país no podía aspirar a otro
trabajo que el de doméstica.
Los primeros días debía comunicarse a señas
con sus empleadores porque no sabía una sola palabra
del idioma. Por eso lloró, y también porque
se sentía sola, lejos de su país, viviendo en
la casa de sus patronos.
En muchos trabajos fue rechazada porque le decían que
aún era una niña. Así consideran las
leyes italianas a una persona que no ha pasado de los dieciocho
años. Fue niñera y cuidó adultos mayores
antes de legalizar su estatus migratorio y de ingresar a una
escuela.
Tuvo que repetir el bachillerato y, al graduarse, además
de cuidar una niña por las tardes, pudo emplearse como
maestra de un kinder privado. Aún así, dice
Conchy, su integración a la sociedad italiana ha sido
tan difícil como el olvidar los recuerdos de su pueblo.
Manteniendo la identidad
Vivir en Milán es hacer todo a la carrera, todo
programado, cuenta ella. Las mañanas son estresantes
y en invierno el frío las vuelve más agotadoras.
A esa hora todos corren al trabajo; quienes tienen poco tiempo
toman el desayuno de pie, tras los barrotes de la típica
cafetería italiana.
Después de diez años aquí (en Italia)
puedo decir que ha sido una experiencia positiva, admite
Conchy. Pero no se puede borrar la parte trágica
de la llegada, y sobre todo la nostalgia que nos embarga,
agrega.
Quizás por eso en el 2000 ingresó a la Comunidad
y pudo entender la importancia que tiene en otro país
juntarse y encontrarse. Eso ayuda, dice, a mantener la cultura
y la identidad propia que en ningún momento ella ha
querido perder.
Su trabajo social en el grupo juvenil Monseñor
Romero ha sido reconocido por sus compatriotas en ese
país. El año pasado, Conchy, de 28 años,
fue elegida presidenta de la Comunidad y, desde entonces,
ha trabajado por integrar a sus hermanos en la sociedad italiana.
Todavía queda mucho camino por andar, cree.
Junto a la Comunidad quiere fundar una casa de la cultura
en Milán y desarrollar proyectos de alfabetización
porque hay muchos connacionales allá que no saben leer
ni escribir.
Conchy se imagina una comunidad de salvadoreños compactada,
que pueda abrirse espacios en esa nación europea. Todos
hemos tenido oportunidades en Italia; es sólo que el
guante debe meterse en el momento justo, si no se te escapa
la pelota y te meten carrera. Lo mismo es en la vida,
dice.
Sigue
sintiéndose una foránea
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| El
día de su coronación, Vicky repartió
dulces a los hijos de salvadoreños. |
Tenía
siete años el día que arribó a Italia.
En 15 más, Vicky Reyes aprendió el idioma, estudió
hasta llegar a la universidad donde ahora cursa computación,
ha viajado a África como voluntaria y ha trabajado
escribiendo manuales de aplicación de software.
Tiene amigos italianos, novio italiano y se ha habituado a
la vida frenética de Milán. Está
logrando todo en la vida, dirían muchos. Pero
aun con todo eso, Vicky extraña la sencillez de su
gente. Después de tanto tiempo aquí, todavía
me siento una extranjera, detalla.
Ser parte de la Comunidad de Salvadoreños en Milán
y del grupo juvenil Monseñor Romero le
ha ayudado a que la añoranza sea menos intensa. En
julio pasado fue elegida reina de las fiestas patronales en
honor del Divino Salvador del Mundo, celebradas en Milán.
¿Fue un cambio drástico para una niña
de siete años desenvolverse en otra cultura, otro ambiente?
Sí, llegué un día de noviembre y había
caído mucha nieve. Al bajar del avión me prometí
regresar pronto a mi país. Después de dos días
comencé el segundo grado en la escuela; la primera
jornada fue muy larga, tenía que estar allí
hasta las cuatro de la tarde.
Al principio no hablaba con nadie, no entendía lo que
me decían y me pasaba el día leyendo en un rinconcito.
Poco a poco aprendí el idioma y a jugar con mis compañeros.
¿Sigues extrañando El Salvador?
Sí, mucho, por eso comencé la búsqueda
de algún salvadoreño que estuviera en Italia,
para hablar de mi país y conocerlo un poco más
a través de los recuerdos de los demás.
¿Desde cuándo tuviste contacto con la Comunidad
de Salvadoreños en Milán?
Hace tres años, es decir después de 12 años
de estar en Italia. Rápido me integré al grupo
de jóvenes Monseñor Romero. Me tardé
tanto en encontrarlos porque vivo a media hora de Milán.
¿Al ser miembro de la comunidad sientes que has
recobrado la cultura salvadoreña?
Sí, cuando me reúno con la comunidad me parece
estar en El Salvador, por el hecho de que se habla español,
se escucha música y se saborean platillos típicos
del país.
¿Crees que en El Salvador hubieras tenido las mismas
oportunidades que en Italia?
Siempre me lo he preguntado y no logro encontrar una respuesta.
Probablemente hubiera estudiado, pues siempre me ha encantado
hacerlo, pero no sé si hubiera viajado. Puede ser que
en El Salvador también se me presentaran ocasiones
inimaginables, nunca lo sabré.
¿Te gustaría regresar alguna vez a El Salvador?
Es mi sueño desde hace 15 años, y nunca he dejado
de creer en él. Me gustaría graduarme y regresar
en un año. Quisiera estudiar una maestría en
desarrollo local y trabajar para ayudar a las personas más
necesitadas de mi país.
Me gusta Italia, tengo muchos amigos aquí; sin embargo,
me hace falta la sencillez de mi gente. Una puede ser parte
de un país, pero seguir sintiéndose un extranjero.
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