Edición del 31 al 7 de noviembre de 2004

Su historia se remonta a un aeroplano que transportaba carga y correo en las zonas más escarpadas de Honduras. Ahora la aerolínea TACA se consolida como una de las más grandes en Centroamérica, al contar con 60 aviones que surcan el cielo de 19 países en el continente.

Morena Rivera
Fotos: Arely Umanzor

TACA es ahora una aerolínea histórica y audaz.
73 años desde su fundación.
Una flota pequeña en la décadas de los ochenta.
5 Aviones poseía TACA hace veinticinco años; hoy suman sesenta aparatos.

A inicios de la década de los ochenta, ya cuando la familia Kriete había adquirido el 98% de las acciones, el presidente de TACA en ese entonces, el doctor Borgo Bustamente, fue cuestionado sobre el “kindergarten” que tenía en la junta directiva.

Entre ellos se hallaba Roberto Kriete. A sus 27 años, en pleno escenario de guerra en el país, él ya había dirigido una gran inversión de capital en la compañia, pues cuando muere su padre, en 1977, la familia era dueña sólo del 30% de las acciones.

Para eso, él propone jugarse el todo por el todo. Hipotecan acciones de otras empresas, fincas de café y hasta la casa de su madre. “Eso es idealismo, es asumir riesgos, y la juventud tiene más audacia para hacerlo”, dice Roberto Kriete, sereno y sonriente al recordar sus osadías.

Los antecedentes de la aerolínera TACA están plagados de hombres jóvenes y aventureros; de decisiones audaces, de luchadores incansables que no se han dejado vencer. En fin, no se trata de un imperio forjado de la noche a la mañana, lo que hoy conocemos es el fruto de un largo camino.

Transcurría 1931 cuando el piloto neozelandés Lowell Yerex llega a Tegucigalpa, Honduras, para luchar en la revolución al lado del general hondureño Tiburcio Carías. Allí participa en un ataque aéreo en el puerto de Amapala (Golfo de Fonseca), donde es herido y pierde su ojo derecho.

Como una muestra de agradecimiento, el general Carías le obsequia un avión Stinson monomotor. El regalo permite a este hombre, que antes se había alistado en la Fuerza Aérea canadiense y había participado contra la aviación alemana, fundar Transportes Aéreos Centroamericanos, mundialmente conocido como TACA.

Aquella aerolínea que Lowell Yerex inició con un avión y al principio se limitaba a hacer viajes locales para transportar carga y correo en Honduras, posee ahora una flota de sesenta aviones, cuenta con 6,000 empleados y vuela hacia 35 destinos en 19 países.

A manos de los Kriete

Pero en sus primeros años, los aviones de TACA llegaban sobre todo a las localidades aisladas; a los terrenos escabrosos donde la falta de carreteras no permitía el ingreso del ferrocarril y el transporte de carga y pasajeros resultaba más posible por aire.

En su primer vuelo internacional, en 1933, surca suelo salvadoreño. En los años posteriores, Lowell Yerex funda TACA de El Salvador, S.A. Se abren nuevas rutas hacia Centroamérica, Cuba, Miami y México, hasta que en 1945 el piloto neozelandés deja la compañía y esta se abre al mercado público para la venta de sus acciones.

Estas son adquiridas por Waterman Airlines, subsidiaria de Waterman Steamship Corporation, de Nueva Orleans, Estados Unidos. Por ser una línea aérea con capital norteamericano, pero con bandera salvadoreña, estaba a punto de perder su permiso de operación a finales de los cincuenta.

Ese momento es aprovechado por Ricardo Kriete, estadounidense nacionalizado salvadoreño, que adquiere el 30% de la inversión y de esa forma evita el cierre de TACA.

Ricardo había llegado al país, invitado por un amigo, cuando aún era muy joven. Era un chico aventurero que gozaba de sus travesías por barco y al tocar tierras nacionales decidió radicarse en la zona oriental.

Allí conoce a Blanca Esther Cárdenas, originaria de Alegría, Usulután, con quien contrae matrimonio y luego se radican en Berlín, Santiago de María, en Usulután, y en San Miguel.

Además de incursionar en una línea aérea, Ricardo estaba involucrado en la producción de café, algodón y caña de azúcar. Explotaba la minería y era dueño del hotel Nuevo Mundo, en la capital.

“Mi abuelo asume la dirección en una época de cambios”, refiere Roberto Kriete, uno de los descendientes que ahora lleva el timón de la empresa. En los sesenta se cambian los aviones DC-4 ( cuatro motores) por los “Jet”, que eran de turbina y de hélice.

No todos los pasos de Ricardo fueron acertados. De hecho, las crisis económicas lo hicieron tambalear varias veces. En esos días aciagos, sus dos hijos, Ricardo y Lilian, tuvieron incluso que trasladarse a escuelas públicas.

Decisiones audaces

TACA continuaba operando en Centroamérica, Cuba, México y Nueva Orleans, al tiempo que era reconocida como una de las aerolíneas de carga más grandes del mundo.

En 1969 fallece Ricardo Kriete y la empresa queda en manos del hijo que hasta ese momento había demostrado más inclinación por la agricultura que por los vuelos. “A mi padre no le gustaba administrar cosas complejas; a él le gustaba el monte, la cacería, las fincas...”, rememora Roberto Kriete.

Pero acepta el reto. A pesar de no tener una preparación académica formal mantiene a flote la corporación. Luego de su muerte, en 1977, la dirección recae en Francisco Balzareti, esposo de Lilian, la otra hija de Ricardo Kriete.

Tres años después, Roberto Kriete, de la tercera generación de esta rama de empresarios, con sólo 27 años y sin más experiencia que la misma audacia que llevó a Lowell Yerex a fundar TACA con un avión, empieza el camino en ascenso al tomar las riendas de la empresa junto al doctor Borgo Bustamante.

Las canas y la experiencia del doctor Bustamante le daban la seriedad a la empresa. Y la Junta Directiva, un grupo de jóvenes, entre los que se hallaban Roberto Kriete y Federico Bloch, planeaban las estrategias más audaces.

De hecho, Vicente Enrique Canizález, el más antiguo trabajador de la compañía, cuenta que a partir de entonces se experimentaron los cambios más trascendentales. Se aumentó el número de aviones, de destinos y se invirtió en otras aerolíneas centroamericanas, como AVIATECA, de Guatemala, y SAHSA, de Honduras.

La valentía de Roberto y su equipo gerencial, que él define como “de primera línea a nivel mundial”, los llevó en días recientes a tomar la decisión de reducir las tarifas hacia México y Centroamérica. Su estrategia ya comienza a dar frutos, pues se admite que la afluencia de pasajeros ha aumentado en un 35%.

Entre los más grandes retos que el nieto de Ricardo Kriete ha tenido que afrontar se halla la adquisición del mayor porcentaje de acciones de TACA en 1980, sobrevivir durante los años de la guerra y superar la crisis de 2001, luego de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos.

La base de Aeromantenimiento es uno de sus mayores orgullos. Líneas aéreas estadounidenses contratan sus servicios para la revisión de sus flotas. “Tenemos capacidad técnica para trabajar con aviones modernos de compañías exigentes”, cree Roberto.

Es, además, una de las tres aerolíneas que más ganancia obtienen en Latinoamérica, a la par de COPA de Panamá y LAN de Chile. Pese a ello, Roberto siente que su empresa es “pequeñita”. “Sólo somos grandes en Centroamérica”, subraya.

“El gurú de los bancos de vuelo”

Cuando don Vicente Enrique Canizález llegó a TACA, el 15 de febrero de 1953, todo tenía otro color. Los trabajadores se contaban con los dedos de las manos, funcionaban sólo tres aviones (un DC-4 y dos DC-3) y los pasajeros llevaban sus pertenencias en bolsas de plástico.

Pero todo creció tanto que don Vicente ya no tuvo tiempo de desenamorarse de la compañía. Siempre recibió un trato cordial de sus jefes y ganaba un buen sueldo para la época: 250 colones que equivalían a 100 dólares.
Él ha presenciado las crisis y los días de gloria de la aerolínea. Recuerda como si hubiera sido ayer el día que llevaron los aviones Viscount, con cuatro motores turbo-hélice y con capacidad para 52 pasajeros.

También rememora la expectativa que se experimentó entre los empleados cuando adquirieron los primeros jets BAC-11 Aircraft, cuya capacidad individual sobrepasaba los ochenta pasajeros, y más tarde los Boeing 737-200 y el 767 Wide Body.

Y ahora, a sus 76 años, don Vicente está a punto de presenciar la llegada de tres nuevos “jets”. “Yo ya estoy inventariado”, dice el empleado más antiguo de los 6,000 con que cuenta la empresa.
De sus primeros compañeros ya no queda nadie. Sólo él sigue aferrado a uno de los dos trabajos que ha tenido en toda su vida. Por muchos años fue telegrafista y después se convirtió en auditor de operaciones.

“Yo superviso tráfico, sobrecargos y pilotos para que no haya demoras”, subraya. En ese afán de cada día sube y baja de los aviones, camina desde la puerta 17 hasta donde se halla el último avión, merodea por la pista y a veces se traslada hacia la base de Aeromantenimiento.

Se jubiló en 1995, pero él piensa seguir hasta que TACA se lo permita. Sus compañeros suelen hacerle bromas en alusión a sus años en la empresa. “Aquí le decimos el gurú de los bancos de vuelo (grupo de vuelos que parten y arriban a la misma hora)”, dice su jefe inmediato, Francisco Moscote.

“Si voy pasando comentan que por allí huele a cementerio; otras veces me dicen que los buitres se asoman a la ventana mientras trabajo”, comenta don Vicente, quien cree que el secreto de su fuerza y su espíritu joven se lo debe a TACA.

Las pasiones de Roberto

Roberto Kriete asegura que en su empresa la gente se promueve por el mérito y no por el apellido que tienen. De hecho, la posibilidad de que sus hijos asuman algún día el mando de la compañia, detalla, depende de si tienen la capacidad para la responsabilidad que eso significa.

Sus dos hijos están lejos. El mayor vive en Dubay, uno de los Emiratos Árabes, donde trabaja en una empresa organizadora de ferias y conferencias de negocios. El menor está a punto de finalizar una maestría en la Universidad de Boston.

La vida privada de Roberto Kriete transcurre entre las pláticas con su esposa Celina, la lectura de revistas y libros especializados en aeronáutica y las visitas a su casa del lago de Coatepeque.

También le encanta volar helicópteros y avionetas, así como mezclar sus viajes de negocios con placer. Aunque su trabajo lo asume como una diversión, pues casi siempre hay un nuevo reto que asumir, ya vislumbra el día de su retiro. “Me veo sentado en una mecedora, leyendo un libro frente al lago de Coatepeque”, dice.

Fundador de una gran empresa

El neozelandés Lowell Yerex se graduó como piloto en la Universidad de Valparaíso, Indiana, Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó en la Fuerza Aérea canadiense.

El 5 de septiembre de 1918 su avión fue derribado mientras combatía contra la aviación alemana. Aunque logró salvarse de la muerte fue hecho prisionero y liberado hasta la firma del Armisticio.

Luego trabajó como piloto en México, y la revolución contra el general Tiburcio Carías lo sorprendió en Honduras, donde recibió el regalo que lo convirtió en el fundador de TACA.
(Fuente: libro “San Salvador en las alas del tiempo”).




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