| Edición
del 30 al 5 de junio de 2004

Modesto
Rivas recorrió el mundo a bordo de gigantescas y novedosas
ciudades en el mar. Por 18 años formó parte
de la tripulación que
atendía a los turistas que viajaban en barcos de lujo.
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Las noches
francesas, el dulce canto de los violiones durante las cenas,
los enormes comedores donde se acomodaban hasta mil comensales
de una sola sentada, su trabajo como catador de vinos y las
metrópolis que robaban sus miradas en cada puerto han
quedado ancladas en su memoria.
Modesto Rivas Aguirre, de 53 años, también guarda
vestigios materiales de esos tiempos.
Por lo menos seis álbumes esconden las fotografías
que grabaron cada uno de esos acontecimientos, y un improvisado
bar, con botellas de vino y cerveza vacíos, le rememora
los momentos en que servía las más prestigiosas
bebidas a los turistas.
Han pasado diez años ya desde que dejó de sentir
el vaivén de las olas, que con el paso del tiempo llegó
a parecerle imperceptible. A veces canta y toca una de las
seis guitarras que cuelgan de una de las paredes de su casa,
situada en la colonia Los Ángeles, en la capital, y
entre tonada y tonada va hilando cada uno de los recuerdos.
Tenía 26 años el día que partió
de El Salvador rumbo a Florida, Estados Unidos, luego de ser
contratado por la empresa Norwegian Caribbean Lines a través
del Ministerio de Trabajo. En su equipaje pesaban más
los sueños que los dos pantalones, las dos camisas
blancas, un traje y el par de zapatos que llevaba.
En las playas de esta península lo esperaba el impresionante
“Nordic Prince”. A la entrada lo recibieron el
capitán y el segundo capitán, un protocolo que
según él vivenció más tarde se
fue perdiendo con el paso del tiempo.
Los primeros días en el buque, donde se desempeñaba
como catador de vinos, Modesto los resume como horribles.
El no conocer a nadie, los mareos producidos por el ir y venir
de la marea y el salir a tierra y ver que todo se mueve fueron
sus enemigos efímeros en la primera experiencia.

Puente de ingreso al barco “Mardi Grass”,
junto a una cubana y una irlandesa.
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Junto a dos tripulantes del “Starward”,
a quienes les brindó un curso sobre vinos.
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En su casa guarda los recuerdos de sus travesías.
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De
puerto en puerto
Modesto laboró por lo menos en 20 buques de turismo.
Por lo general eran los barcos quienes lo contactaban,
pues su fama como catador de vinos se había extendido
por los puertos; a veces lo contrataban para brindar cursos
a algunos empleados.
Los nombres de algunos barcos se le escapan entre los
recuerdos, pero entre esos se destacan los siguientes:
“Nordic Prince”, “Queen Elizabeth 2”,
“Bahama Star”, “Sunward 2”, “Starward”,
“Skywar”, “Norway”, “Southward”,
“SS Royal”, “Festivale”, “Song
of Norway”, y “Mardi Grass”. |
Pero contactar
con los tripulantes de diferentes nacionalidades y apreciar
las bellezas de las primeras islas donde ancló el “Nordic
Prince”: Puerto Rico, Bahamas, Saint Martin, Aruba y
Curacao le dieron la bienvenida a un mundo soñado.
Por seis meses desembarcó y zarpó desde puertos
de todo el mundo. Ciudades de Grecia, Europa, Noruega, Asia,
América, Medio Oriente y todos los países que
alguien se pueda imaginar él los recorría en
su bicicleta cuando no tenía que trabajar.
Días de gloria
En los años siguientes, Modesto laboró en barcos
como el “Queen Elizabeth 2”, el “Bahama
Star”, el “Song of Norway”, el “Mardi
Grass”, el “Festivale”, el “Norway”
y el “Starward”. En algunos fue subjefe del departamento
de bebidas y alimentos y en otros caminaba por el salón
comedor y el restaurante con su tacita catadora colgada del
cuello.
Además de estar a cargo de la bodega de vinos, donde
se guardaban botellas de diferentes procedencias, Modesto
—conocido como el señor Rivas en el submundo
de los cruceros— había desarrollado el olfato,
la vista y el paladar como probador de esta bebida de los
dioses.
Durante el día usaba su uniforme blanco y por la noche
vestía su traje formal. En los ratos libres podía
caminar y asistir a todos los sitios públicos del barco,
que para él era como una ciudad, pero no debía
entrar en confianza con los turistas. “A pesar de eso,
nos las arreglábamos para charlar con ellos”,
relata.
Casi siempre viajaban 2,000 tripulantes en un barco, entre
pasajeros y trabajadores. Era costumbre celebrar las noches
dedicadas a diferentes países, pues había a
bordo de los barcos gente de por lo menos cuarenta nacionalidades.
Nuestro personaje habla de la noche italiana, la francesa,
del Caribe y la del capitán que tenía lugar
un día después de zarpar y un día antes
de atracar en los puertos. En esas ocasiones se ofrecía
música, comida y bebidas características de
esas naciones.
Modesto tuvo la oportunidad de conocer artistas que viajaban
en los barcos. Entre ellos recuerda a Verónica Castro,
la “Chilindrina”, Clint Eastwood, reconocido actor
norteamericano, y a los cantantes Kenny Rogers y Whitney Houston,
quienes cambiaban los papeles y solían pedir autógrafos
a los empleados del buque.
Mar le roba la familia
Los momentos de zozobra en alta mar no estuvieron ausentes.
Una madrugada de 1977, mientras trabajaba en el “Bahama
Star”, se apagaron los generadores de energía
y en medio de la confusión, sólo con unas luces
de emergencia, fueron a parar a Cuba cuando iban para Las
Bahamas.
Doce años más tarde, viniendo de Alemania hacia
la Florida, un fuerte huracán sorprendió la
calma que reinaba en el “Norway”. “Se oía
que todo tronaba, tatatata... y volvía a caer el motor”,
revive Modesto. Todo: los platos, las máquinas tragamonedas
y la gente terminó en el suelo, pero el barco no se
hundió.
A pesar de esas grandes experiencias, él se sentía
doblegado cuando tenía que dejar a sus tres hijos.
Al principio laboraba seis meses y pasaba seis con su familia
en El Salvador. Sin embargo, el trabajo fue exigiéndole
más, tanto así que sólo le quedaban tres
meses para estar en tierra.
“Cuando sentí, mis hijos crecieron y no los vi
crecer”, subraya. Reconoce que el esfuerzo fue por ellos,
para darles estudio y sacarlos adelante. “Pensé
que el poco tiempo que les daba era de calidad, pero ahora
me han dejado solo”, dice con tal tristeza que armoniza
a la perfección con la oscuridad que reina en su casa.
Un día de agosto de 1993 tomó la decisión
de no volver más al océano. Ahora vive junto
a su sobrina Katy, de diez años, una niña especial
que él protege y lleva cada tarde a sesiones de rehabilitación.
A veces, durante las noches, suele soñar que viaja
en un crucero, como antes.
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